Cuba, 17 de enero de 2016

1.
Escribo desde el avión de Interjet vuelo 2900 que me lleva a La Habana. Hace unos cinco meses me llegó la invitación a participar como jurado en el Premio Casa de las Américas. En ese momento traté de recordar la última vez que había estado en Cuba. ¿Fue en 2002, 2003? Un verano en pleno “periodo especial”. Antes había estado allí unas tres veces para participar en los congresos sobre literatura y mujeres que Luisa Campuzano organizaba en la Casa. Los congresos eran un buen pretexto para ver a mis primos: los tres hijos de Rina Menna, desaparecida y asesinada por la dictadura militar argentina, que crecían en la isla con sus abuelos maternos. Dejo para otro momento la historia de esos abuelos italianos cuyos dos hijos fueron asesinados por los militares (Rina y Domingo, “Mingo”, conocido dirigente del ERP) y que pasaron sus últimos años amparados por el gobierno cubano. Ir a Cuba entonces era un modo de recuperar la relación con esos primos chicos y queridos con los que la vida había sido especialmente cruel. Hace años ya que dos de ellos se casaron con dos cubanas encantadoras y que viven en Argentina, tienen hijos argentino-cubanos y son de mis personas favoritas en la vida.

Pero en el verano de 2003 ellos ya no estaban en La Habana. Quien sí estaba era Laura Alonso, la hija de Alicia Alonso, y su escuela de ballet. Mariana mi hija por esos años de la adolescencia era una fanática del ballet y llevaba varios años formándose como bailarina. Al pensar en un curso de verano, se me ocurrió que uno de los mejores lugares para que fuera sería sin duda Cuba, y hacia allá fuimos. Como la historia de los Menna, la de Mariana durante ese verano merecería un capítulo aparte. Por ahora cuento que su obsesiva y aprehensiva madre –léase: yo misma- fue a dejarla, la instaló en la casa de una compañerita de la escuela de ballet, y se la encargó a los amigos de Casa de las Américas. Un mes después fui a buscarla, y la encontré más flaca, morena por el sol, feliz con la experiencia y sintiéndose casi una adulta. Me instalé en el Hotel Nacional con ella y con otra chiquita mexicana de la que se había hecho muy amiga, Ceci, e intenté disimular mi cara de horror y de culpa cuando las dos dijeron “¡Por fin nos podemos bañar con agua caliente!”. ¿Se me habría pasado la mano con la experiencia “formativa” que yo quería que ella viviera? Ahí, con ellas dos, en el bar del hotel, casi en la intimidad, escuchamos una noche a Compay Segundo. Un regalo de la vida.

En todo esto pensé de manera tan caótica como lo estoy contando, cuando recibí la invitación a regresar ahora, casi quince años después.

Qué voy a encontrar hoy en la isla es imposible saberlo. La apertura de la economía, acompañada de la presencia de Estados Unidos a través –entre otras cosas- de su Embajada, no parecen deparar el futuro soñado. Después de casi sesenta años de revolución, tampoco sé si alguien recuerda ese sueño. ¿Alguien aún sueña con un mundo diferente?

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2.
Llegada a La Habana: vuelo perfecto, al llegar –a pesar de los anuncios de tormenta- nos toca un día apenas nublado, y casi 25 grados de temperatura. Me doy cuenta de que en el avión vienen otros compañeros mexicanos: Consuelo Ramírez, discípula de Valquiria Wey, que viene como jurado para literatura en portugués; Alejandro Román, dramaturgo, y un señor mayor, Natalio, escritor náhuatl, viene como jurado de literatura en lenguas indígenas. En el aeropuerto nos recibe maravillosamente bien una chica que se llama Mar; pasamos rápidamente migración y entramos a un salón a esperar la llegada de Julio Ramos. ¡Terminamos estando ahí más de dos horas! Finalmente una combi intenta traernos al hotel pero nos dicen que se “botó” el mar y el agua rodea al Presidente. Decidimos sacarnos los zapatos, arremangarnos los pantalones y caminar por el agua. No sucede como en la Biblia que las aguas se abren a nuestro paso, así que nos mojamos, pero estamos muy divertidos. Es un magnífico modo de quitarle seriedad al viaje, a la convivencia, la complicidad de la risa nos pone a todos de buen humor a pesar de no haber comido y de lo incómodo de la situación.

Aquí están ya Idelber Avelar, Claudia Zapata de Chile, Jorge Fornet de Casa de las Américas, acompañado por Claudia e Inés, nuestros dos ángeles de la guarda, y luego llegó Fátima, una dramaturga de Santiago de Cuba, negra, risueña y con una mirada inteligéntísima, que dijo una de esas frases que van ordenando las miles de ideas que van surgiendo dentro de mí durante el viaje: “Los principios son irrenunciables”, al referirse el futuro de Cuba. “Nosotros sabemos lo que hay que defender”, dice. “Sabemos qué lo importante es la esencia. Y no perdemos esa esencia”. Ella trabaja haciendo teatro en las comunidades. Quisiera abrazarla, y junto a ella vuelvo a pensar que quizás la utopía sí sea posible. Y que en este país hay mucha gente maravillosa.

La cena (nuestra única comida del día) se va entre charlas sobre el trabajo teatral en México y en Cuba, la historia del padre de Natalio como “sacerdote” náhuatl, relatos sobre el Chapo y la violencia en México, los relatos atroces de Idelber sobre el extermino de indígenas en Brasil (los datos son espeluznantes. Me regala un libro sobre eso que pienso leer apenas tenga un momento, en el que suma también historias sobre Palestina). Me invita a que demos juntos un curso sobre memoria y violencia en Palestina, y de pronto siento –como me pasa tantas veces- que quizás se esté equivocando de persona, que por qué me invitaría a mí.

Las charlas siguen con un mojito en la bellísima terraza del hotel, que parece de una película de los años 50.

No quiero sacar una moraleja cada día, pero sí puedo decir que estoy conmovida de estar aquí. Me conmueven esos carteles de apoyo a la revolución, que se ven a lo largo de todo el camino desde el aeropuerto hasta el Vedado; me conmueve la convicción de Fátima y de la gente como ella. Me conmueve escucharla hablar en contra del bloqueo, del modo en que los santiagueros enfrentaron el ciclón que destruyó más del 70% de viviendas de la ciudad hace algunos años, de la preparación solidaria que tienen para enfrentar situaciones de riesgo como ésa…

La revolución y yo tenemos la misma edad, y yo me niego a sentirme vieja.

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