Cuba, 19 de enero de 2016

Algunos fragmentos de un inexistente diario

Imposible dar cuenta de la felicidad que me provoca poder leer a la orilla del mar durante todo el día. Es un privilegio que me hace soñar siempre con otras vidas; con vidas paralelas en las que hay silencio, tranquilidad y una playa en la que sopla un viento fresco. Qué suerte que a la gente de la Casa de las Américas se le ocurrió traernos a un lugar como Cienfuegos para que nos concentremos en los manuscritos que tenemos que leer. Creo que en mi caso, termino concentrándome más en el sueño de las vidas paralelas –y los múltiples caminos que se me ocurren para lograrlas- que en la lectura. Pero ése es una secreto.

Hoy además tuve, en este sentido, una mañana productiva porque entre los varios ensayos que leí, uno me gustó especialmente. Algo tiene que ver con disidencias sexuales (término que usa el autor para politizar el “edulcorado” concepto de “diversidades sexuales”. Estoy más que de acuerdo con la propuesta!). Por ahora no puedo contar más. Ése es otro secreto.

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Me contaron una historia: el director del Programa de Culturas Originarias de América es un chico joven que estudió teatro, se llama Jaime, es rubio, de ojos claros y usa pelo largo amarrado en una colita. Le hubiera gustado estudiar antropología, pero en Cuba no existe la carrera. “¿No existe la carrera?”, preguntamos todos los que estamos en la mesa del almuerzo escuchándolo. Una historiadora chilena comenta “¡Pero si de aquí era Fernando Ortiz, uno de los antropólogos más importantes de América Latina!” Claro, quién no ha leído El contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, o por lo menos ha escuchado hablar de él y conoce sus derivaciones en la teoría cultural del continente. “La Revolución cerró la carrera de antropología”, nos explica Jaime. “En eso seguimos el modelo soviético, y con las tensiones entre las diferentes nacionalidades de la URSS, el objetivo allá era homogeneizar y no estudiar las diferencias. Por eso no había antropología como disciplina. Hoy sabemos que de todos modos esas diferencias estallaron. Y nosotros nos quedamos sin poder convertirnos en antropólogos”, termina, mientras sigue pensando a qué lugar del mundo se irá a hacer un doctorado…

En la mañana salí a caminar y encontré varios grupos de adolescentes haciendo deporte. O debería decir mejor que estaban entrenando: dos grupos de patinadores dando veloces vueltas alrededor de una pista, y otros grupos haciendo remo. Muchos de los chicos que vi eran negros. No pude dejar de pensar en una de las historias sobre Brasil que me han contado en los últimos días acerca del número brutal de asesinatos de jóvenes negros en aquel país. Sólo eso. Cada uno que piense lo que quiera.

En la tarde fuimos a conocer el centro de Cienfuegos, una ciudad fundada por colonos franceses en el siglo XIX y que ha sido declarada patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO. Es como un pequeñísimo Nueva Orleans. Entramos a la casa de gobierno, recorrimos la hermosa plaza y cruzamos al teatro. Un teatro en el que han estado algunos grandes de la escena; cantantes, actores, bailarines… Desde Enrico Caruso en adelante, es prestigioso pasar por el teatro de esta ciudad de provincia, cuyo público –se sabe- es implacable en su juicio. El fundador, Tomás Terry, decidió invertir parte de su riqueza en la cultura de la ciudad. ¿De dónde venía su riqueza? Del tráfico de esclavos. Hoy la familia sigue mandando dinero desde Francia.

Yo preferiría que la estatua de don Terry no estuviera en el lobby del teatro.

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