Colegio Madrid

Colegio Madrid

Presentación Revista Transatlántica

Sandra Lorenzano – 20 de septiembre de 2016

A Rafael Ferragut, porque al irse se llevó con él

un pedacito amado de nuestra memoria

A la memoria del maestro Rogelio Díaz

 

Antes que nada quisiera agradecer la invitación a estar hoy aquí con ustedes en la presentación de la revista Transatlántica de Educación. Gracias a la Embajada de España en México, al señor Embajador, Luis Fernández-Cid de las Alas Pumariño, a la Consejería de Educación, a Enrique Cortés de Abajo y a Luis Cerdán, y especialmente gracias al Colegio, a su directora, Rosa Mary Catalá, a Ernesto Rico, a los miembros de la Junta de Gobierno, a Jaime del Río, a Alicia Martínez, y en especial a María Luisa Capella; a los amigos queridos que pueblan este espacio, a quienes fueron mis maestros, a quienes fueron mis compañeros. Aquí, entre ustedes, está parte de mi historia, y es por eso que este agradecimiento tiene más de entrañable complicidad que de protocolo. Hablar del Madrid para mí convoca, como para todos los que colaboraron en la revista, de manera ineludible a la primera persona. Les pido una disculpa entonces porque estas páginas que deberían ser quizás las observaciones y comentarios objetivos de una escritora, o de una académica, son también una confesión. Y empiezo entonces con unos versos que me conmueven especialmente, y que dicen:

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

Lo que tiré, como un anillo, al agua,

Si he perdido la voz en la maleza,

Me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo

 lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra. 

Porque sí, es la palabra lo que nos queda hoy en este mundo desgarrado e injusto en el que vivimos; en este mundo que a la vez amamos tantos. Es la palabra y su capacidad de diálogo, de encuentro con los otros, su capacidad de convertirse en caricia, en cuidado, en herramienta de construcción, pero también de lucha, de compromiso… y sin duda: de memoria. La palabra es la herencia más valiosa que hemos recibido, el puente con nuestra historia, con la íntima y personal, pero también –como hoy- con la de la comunidad de la que formamos parte.

Escribió Pablo Neruda es sus maravillosas memorias, Confieso que he vivido, refiriéndose a la conquista de América: “Se llevaron el oro y nos dejaron el oro. Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.”

Esas palabras de las que hablaba Blas de Otero: “Si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”.

Mucho antes de que estos versos se volvieran canción, mucho antes de que a Paco Ibáñez se le ocurriera musicalizarlos, mi madre ya me los decía para arrullarme. Así era ella. O cantábamos todos juntos, a los gritos y desafinadamente, claro, en el auto cuando salíamos de viaje: El Ejército del Ebro rumba la rumba la rumba ba

Y el Ay Carmela se nos mezclaba con algún tango y con el Bella Ciao, y quizás soy la última generación que, sin haber pisado aún el Madrid, cantaba el Himno de Riego y la Internacional: Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan. Y siempre las palabras.

Y no, ni mi madre ni mi padre eran españoles, ni hijos, ni nietos de españoles. No eran, como Antonio Torres Heredia, ni hijos ni nietos de Camborios, ¿Quién te ha quitado la vida cerca del Guadalquivir?, escribió García Lorca.

Eran algo que hoy es difícil explicar –salvo en este colegio y en unos pocos espacios más-, eran solidarios, comprometidos, éticos. Es decir, creían que aquello que le afecta, que lastima, que hiere a un solo ser humano por un sistema injusto y desigual, nos afecta también a cada uno de nosotros. “Puedo no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo.” Así crecimos.

Sé que de haber nacido no en 1937, como nacieron, sino en 1917 quizás, hubieran ido a luchar a las brigadas internacionales con el ejército de la República. No fueron a España, pero se quedaron luchando en esta América nuestra, y eso definió parte de mi historia y la trenzó finalmente con la de todos ustedes.

Casi como si me estuvieran preparando para el encuentro con el Colegio que llegaría años después, a los trece años no sólo me regalaron las poesías completas de García Lorca en esa bellísima edición que en papel biblia publicó editorial Aguilar, sino también, y como yo decía que quería ser maestra, el libro de Vicente Ferrer Guardia, La escuela moderna. De él escribió Anatole France, a raíz de su ejecución en 1909 (y esto lo cuento sobre todo para los más jóvenes):

«Su crimen es el de ser republicano, socialista, librepensador; su crimen es haber creado la enseñanza laica en Barcelona, instruido a millares de niños en la moral independiente, su crimen es haber fundado escuelas»

Y ustedes se preguntarán, con toda razón, que por qué viene todo esto a cuento cuando de lo que se trata es de que hable de la revista Transatlántica y del Colegio Madrid.

La enseñanza laica, la moral independiente, la solidaridad, los valores de la República, los exilios, ¿no les parece acaso que ya he empezado a hablar del Colegio? Bien lo dice el señor Embajador, Luis Fernández-Cid, en su presentación: éste es un espacio vivo “porque en el Colegio todavía se respira el espíritu y se practica la pedagogía de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), que constituyó un modelo pionero de educación abierta y librepensadora a principios del siglo XX en España”.

Muchos de los artículos de la revista retoman esa idea, y hablan de la influencia de Francisco Giner de los Ríos, de Bartolomé Cossío… y vinculan la historia de la República y la Guerra Civil, con la generosidad de México expresada en la figura del presidente Lázaro Cárdenas, y con el proyecto educativo y pedagógico del Colegio. En cierto sentido el Madrid y las palabras de cada uno de los que participan en la publicación, son ese puente del que hablábamos entre esa historia y el hoy.

Para saber quiénes somos y hacia dónde vamos es importante saber de dónde venimos, cuáles son nuestras raíces, cuál es nuestra historia. Y en el caso del Madrid eso parece más importante tal vez que en otros espacios: porque nuestro origen es nuestra marca y nuestro orgullo. Porque ser hijos de uno de los proyectos sociales y políticos más libertarios, democráticos y solidarios del siglo XX, es una bandera que se lleva con la frente en alto, una bandera que nos hace siempre mejores.

Por eso la memoria es un eje que recorre cada una de las páginas de Transatlántica: la memoria de aquella República cuyos principios aún nos sorprenden, de aquellos proyectos educativos que marcaron a unas pocas generaciones en España, pero a decenas y decenas de ellas en nuestra América, y especialmente en nuestro país, a través del Colegio, pero también de la UNAM, del Colegio de México y de cada una de las instituciones en las que el exilio republicano sembró su semilla. Otro sería nuestro México sin el aporte de aquellas mujeres y hombres que llegaron derrotados, pero aún así cargados de sueños, de proyectos, de esperanzas. Ellos sabían que, como decía el poeta:

si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra 

Y la palabra fue lo más importante que trajeron en el equipaje. Las palabras, las ideas. Somos herederos de esa historia, de esa memoria.

Son esa memoria y esa historia, y su transformación en una propuesta educativa, el eje de las páginas de la revista. Cómo el espíritu crítico, la libertad, el diálogo, la solidaridad, están presentes en todas las acciones que guían el quehacer del Colegio: eso lo cuenta cada uno de los artículos desde su propia perspectiva: Rosa Mary Catalá como Directora General y especialista en ciencias, la querida Lourdes Aguilar Salas destacando la formación humanista del Colegio.

El artículo de Ernesto Rico que nos permite entender la forma en que fue gestándose y creciendo ese puente: el antes, el durante y el después, con especial énfasis en el proyecto pedagógico.

Nina Cervantes y Laura Huéramo, relatando la experiencia en la primaria.

María Eugenia Colsa Gómez y Aura Zarauz López de la secundaria.

Ana Jiménez Aparicio como directora del bachillerato.

Laura Fronjosá, una de las maestras más queridas de mi época en el Madrid, gracias a la cual no tenemos dudas de las formación ética que recibimos. Sin embargo, ella es una de mis deudas: nunca pude ir a su clase. ¿Me dejarías entrar ahora, Laura?

Y ni se diga lo que he disfrutado con los artículos de los más jóvenes. Son realmente deliciosos: desde las palabras de Pedro Martín Aguilar empapadas de amor a la poesía y a la herencia literaria, pasando por las de Jorge Alberto Trujillo Limones y su reflexión sobre la enseñanza de las artes visuales, y su generosidad al citar a muchos de sus compañeros, al divertidísimo de Antonio Rosique Cedillo sobre futbol, sin duda uno de los rasgos de identidad del Madrid.

Me gustaron mucho también los textos de los hermanos Arnal, Rocío y Ariel, mis amigos, pequeños exiliados chilenos en aquella época, en busca de su identidad.

Y el de Sabrina Baños Poo yErandi González Kañetas, sobre la formación que relaciona la memoria con la ética y la ciudadanía en el Colegio. En un momento como el que estamos viviendo me parece un elemento clave que distingue a quienes pasan por las aulas del Madrid.

Sin duda hay que destacar las bellísimas ilustraciones de Juan Palomino y el cuidadísimo trabajo de edición de Karina Torres.

María Luisa Capella, por su parte, recupera los valores de la República como fundamento del Colegio, aunados a algo que yo tampoco me canso de repetir: la enorme generosidad de México con todos los exilios. Y cuenta una de las historias más conmovedoras que conozco: la de la bandera protegiendo a los perseguidos. En su relato María Luisa une, una vez más, al exilio español con el exilio latinoamericano:

Recordemos que Luis I. Rodríguez, “como representante personal del presidente Lázaro Cárdenas,
asistió al presidente Manuel Azaña y a su familia en los más duros momentos […] hasta el momento mismo de su muerte. Antes de encabezar el cortejo fúnebre se enfrentó a las autoridades francesas que no autorizaban la
presencia masiva de españoles que querían acompañar al presidente
Azaña hasta su última morada, (ni autorizaban) la solicitud de
 colocar sobre el féretro la bandera de la República Española…”, “Pierda cuidado señor prefecto –les respondió- no insisto más
sobre el caso. Lo cubrirá con orgullo la bandera de México, para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza y para ustedes una dolorosa lección”. Por su parte, don Luis I. Rodríguez fue enterrado en México en 1973 cubierto con la bandera republicana.

La bandera con la que enterraron a Azaña es la que Gilberto Bosques puso en las puertas de los castillos en las afueras de Marsella convirtiéndolos en territorio mexicano para poder acoger a todos los españoles, hombres, mujeres y niños que huían del fascismo, salvándolos de la indignidad y la muerte en los campos franceses de concentración, donde había un 98% de mortalidad infantil.

Y esa misma bandera es la que utilizó el embajador mexicano en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá, para cubrir con ella al bajar del coche a una pareja de chilenos que intentaba introducir a la Embajada de México en Chile. “Están envueltos en la bandera mexicana. ¡No se atrevan a tocarlos! –les dijo a los carabineros que los rodeaban en el espacio que quedaba entre el auto y la entrada a la Embajada.

¿Cómo no estar agradecidos con este país?

Ahora que cometemos tantas atrocidades en nuestra frontera sur, que sabemos que los migrantes centroamericanos sufren violaciones permanentes a los derechos humanos, es momento de recordar estas historias, y de recordárselas a nuestras autoridades.

Hoy también España sabe que aquí está parte de su historia. Por eso este número de la revista de educación que publica a través de su Ministerio de Educación, Cultura y Deporte está dedicado a los 75 AÑOS DEL COLEGIO MADRID DE MÉXICO: SU HISTORIA Y LEGADO PEDAGÓGICO Y CULTURAL.

Esa historia que es también la mía:

A principios de 1976 pisé por primera vez el Colegio. Sí, hace cuarenta años, ¡quién lo iba a decir! Hacía apenas un mes y tantos que mi familia y yo habíamos llegado de Argentina, asustados, dolidos, sorprendidos también. No es fácil ver desmoronarse el propio hogar. No es fácil perder familia y amigos.

Alguna otra familia exiliada le dijo a mis padres, “Inscriban a los chicos en el Madrid. Es el colegio que fundaron los refugiados españoles”. Que fundaron los refugiados españoles. Ése fue el santo y seña que hizo que mis padres supieran que en ningún otro sitio entenderían mejor por lo que estábamos pasando.

Eran las épocas de Mixcoac, claro. Mi hermano Pablo y yo llevábamos a los dos más chicos de la mano y caminábamos por Molinos hasta el mercado, después tomábamos Revolución. ¡Revolución! ¿Se dan cuenta? Vivíamos en una ciudad que tenía calles con nombres como Revolución. Sólo por pronunciar la palabra había gente desaparecida en la Argentina. Entre los libros que mis padres escondieron durante años y que finalmente tuvieron que quemar o tirar al río para salvar la vida, estaba, entre otros, uno pequeñito que se llamaba así de sencillo: Breve historia de la Revolución Mexicana, lo había escrito un tal Jesús Silva Herzog, el mismo que da nombre a la biblioteca del Colegio; lo escribió él y lo ocultó durante años mi padre.

Aquí las calles se llamaban Insurgentes o Revolución, Marx nos miraba desde los murales de Palacio Nacional, y Frida había sido enterrada con la bandera roja con la hoz y el martillo. Yo que venía de una patria de libros escondidos, de palabras nunca pronunciadas más que en susurros, donde tener una abuela rusa, judía y comunista fue uno de los secretos que mejor guardé en mi infancia (¿acaso no eran los rusos los peores enemigos en todas las series de televisión ?), que sabía que “Liberté”, el poema de Paul Éluard que mis jovencísimos padres tenían como afiche colgado en casa, era una declaración de principios irrenunciable pero clandestina, me vi una tarde bajo el sol del Zócalo (antes de que tuviera el asta bandera gigante) agradeciéndole a la vida que ahí hubiera habido un nopal sobre el que se paró un águila devorando una serpiente, y que hubiera habido quienes leyeran en esa imagen la escena fundacional de un nuevo reino. Ese centro del universo, ese ombligo de la luna (“Metztli”: luna, “xictli”: ombligo), se convirtió también en mi nuevo e íntimo reino.

En esas primeras caminatas al Colegio, aprendimos que el mercado de Mixcoac olía a barbacoa a las siete y media de la mañana. El olor a barbacoa y al café quemado de Revolución y Molinos. Qué cosa la nostalgia. Tiene su parte un poco cursi, un poco cutre.

Y en esa nostalgia entra el primer día en el Madrid. Recuerden que venía de una dictadura, ¿de acuerdo? Recuerden que aun sin dictadura la escuela pública argentina era de un autoritarismo que ustedes difícilmente puedan imaginar. El disciplinamiento y no la libertad era la regla. El silencio, la imposición de las decisiones. Y el miedo. Lo que tiene uno dentro frente al poder autoritario es miedo, mucho miedo. Cuando entré al Colegio, aquel primer día a fines de agosto de 1976, vi en ese patio que tanto amé algo que nunca hubiera imaginado que podía suceder en una escuela: los chavos estaban vestidos como les daba la gana, fumaban, tocaban la guitarra, o se besaban. Y en las clases discutíamos, teorizábamos, imaginábamos caminos cada semana distintos para cambiar el mundo. A veces me pregunto con dolor, con culpa, con vergüenza qué fue lo que hicimos: hoy que convivimos con el hombre más rico del mundo (¡sí, el más rico del mundo!) en un país en que casi el 50% de la población vive bajo la línea de pobreza. Pero volvamos al pasado:

El Madrid fue mi Berkeley 1968, mi “peace and love”, mi descubrimiento de Bergman y Saura; de Pink Floyd y Patti Smith, con los Folkloristas y el Tri; mi encuentro con el existencialismo y con Nietsche, con Kundera, y con Rosario Castellanos y Juan Rulfo (por cierto: una querida profesora de historia, Pilar García Fabregat, fue la primera persona en regalarme un libro en México. Era El llano en llamas, y la dedicatoria decía “Para que aprendas a amar a tu nueva patria”. Nunca terminaré de agradecerle lo suficiente ese gesto solidario y amoroso). El Madrid fue mi territorio de libertad y de compromiso; me dio un lugar de pertenencia, tierra firme cuando yo sentía que todas eran arenas movedizas. Fue la balsa a la que nos aferramos en el océano de la violencia y el dolor en que se había convertido nuestra vida. Y un espacio donde sentir algo que con los años se ha vuelto una de mis obsesiones, en la vida y en la escritura: la relación entre la memoria personal e íntima y la memoria social.

Por eso me conmueve esta búsqueda memoriosa que veo en cada uno de los artículos de la revista. Por eso me conmueve tanto el proyecto del que habla Alicia Martínez Dorado en su artículo (por cierto, Alicia fue quien me recibió esa mañana de agosto, como directora de la prepa, a Pablo lo recibió María Luisa en secundaria, y mis hermanos chicos –Daniel y Bibi- entraron al jardín de niños y a la primaria. “Casa llena” para los Lorenzano en el Madrid). Saber que hay un Centro de Memoria Histórica en nuestro Colegio me hace sentir profundamente orgullosa de mi sangre madrileña.

Alicia pone como epígrafe en su artículo esa maravillosa frase de Borges que dice: Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.

¿Qué quieren que les diga? A mí, que soy de lágrima fácil, saber que la bandera con que el ejército republicano venció en la Batalla del Ebro está en el Colegio, me conmueve enormemente. O saber que parte del bronce que se utilizó para fundir el busto de don Lázaro provino de las llaves que donó la comunidad española en México. Algún día escribiré algo sobre las llaves: casi no hay exiliado, refugiado, transterrado que no salga de su tierra con las llaves de su casa, aun teniendo la certeza de que nunca regresará, o aun sabiendo que la casa ya no existe.

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”, dice una zamba, triste como todas las zambas. Y el Madrid fue el primer sitio donde amé la vida en este país. Mi primer hogar hace cuarenta años. Pienso “cuarenta años” y me da vértigo. Recuerdo a los refugiados españoles que conocí al llegar, y recuerdo también mi mirada de conmiseración adolescente cuando los oía hablar de las décadas y décadas que llevaban viviendo lejos de su tierra. Yo pensaba “A mí no me va a pasar algo así. Envejeceré allá, al sur de todos los sures”. Quién me iba a decir entonces que no querría irme nunca más de la otrora región más transparente. Quién me iba a decir que elegiría quedarme aquí para ver crecer a mi hija, también orgullosa exalumna del Madrid, por supuesto, para ir sintiendo cómo se me aja la piel y me lleno de canas. Quién me iba a decir entonces que algún día defendería mi derecho a ostentar la nacionalidad “argenmex”, y mi pertenencia a este hogar que es el Madrid como uno de mis más preciados tesoros.

Yo sé que ustedes saben que quienes hemos pasado por el Madrid llevamos como Demian, ese personaje creado por Herman Hesse, un escritor cuyas novelas leíamos apasionadamente en esa adolescencia de los años 70, como Demian, decía, llevamos una marca en la frente. Por eso nos reconocemos en cualquier lugar del mundo. Sabemos quiénes somos. Sabemos qué es la solidaridad, qué es el respeto, la tolerancia, la generosidad…

Aquel día de 1976 en que por primera vez pisé el Colegio cerró con la clase de literatura de la querida Luz Fernández Gordillo. En ella nos entregó unas fotocopias con poemas. ¡Eran los mismos con los que me arrullaba mi mamá! Se los juro. Cómo no iba a sentirme en casa. La clase terminó con ese poema que en aquel momento sentí escrito para mí, y que hoy tan bien nos viene en este otro país que desde hace cuarenta años también es el mío: México.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Venimos de una misma historia, venimos de una misma raíz. Conocemos como Blas de Otero el valor de las palabras.

Y la palabra que yo quisiera decir para cerrar esta presentación es una de las más bellas de nuestra lengua, a algunos puede sonarles también un poco cursi, un poco cutre, como la nostalgia; pero es una palabra que los mexicanos, ustedes, nos enseñaron a usar sin pena sin demagogias sin estruendos, con el corazón en la mano, y esa palabra para el Colegio Madrid es: gracias.

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Una respuesta a “Colegio Madrid

  1. Muchas felicidades ,saludos llenos de bendiciones , que orgullo el conocer a la familia y compartir tantas cosas.

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