Un tesoro nacido en el infierno

Tengo un tesoro en mis manos. Lo recibí ayer. Me sacude, me conmueve. Ese tesoro es un libro: chiquito, modesto, no está pensado para ser vendido (y por eso no lo acompañan bombos y platillos editoriales o mediáticos) sino que fue escrito para ser leído, disfrutado y amado por unos pocos. Tan pocos como la esposa y la pequeña hijita de quien lo escribió. Nadie más. O no: quizás la verdadera destinataria ni siquiera sean ellas. La verdadera destinataria es la vida. Así de sencillo. Así de profundo.

En él se cuenta una de esas historias que me gusta juntar, coleccionar, guardar en mi “maletita de los afectos”. La que salvo en cada naufragio para tener presente el verdadero sentido de estar viva.

La historia detrás de este libro/tesoro es, como tantas otras que he compartido con ustedes, una posible respuesta a la pregunta de Hölderlin, “¿Para qué poetas en tiempos de penurias?” O podría decir: la historia detrás de este libro/tesoro es la de un hombre bueno, un hombre ético, honesto, con “las manos limpias”, como decía él mismo, condenado por la crueldad autoritaria del régimen franquista.

Pedro Martínez Sadoc, ése es el nombre del autor. Había nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1903, estudió en Madrid la licenciatura en Profesor Mercantil y, durante la Segunda República –sobre la cual decía con orgullo que había sido elegida democráticamente en las urnas- trabajó en el Ministerio de Reforma Agraria como jefe de negociado. Era un libre-pensador convencido del proyecto republicano y amante de la lectura; poesía, filosofía, los clásicos y sus contemporáneos, españoles y extranjeros, todo pasaba bajo la mirada aguda, sensible y comprometida de Pedro. “Cuando entraron los franquistas en Madrid –cuenta su hija Alicia-, el gobierno emitió comunicados por la radio, en los que dijeron que ‘las personas que no tuvieran sangre en las manos’ se presentaran en la comisaría de la Guardia Civil, nuestro padre lo hizo y esa noche ya no regresó a casa.” Fue condenado por los tribunales militares a treinta años y un día de prisión; la sentencia más dura después de la pena de muerte. Y la condena debía cumplirse en una de las cárceles más atroces del régimen, el Fuerte de San Cristóbal, en Pamplona. Su mujer, María Luisa Dorado Rodríguez, dio a luz a la primera hija del matrimonio, Marilín, tres semanas después del juicio. Él la conoció a través de las rejas.

El hambre, las humillaciones y las torturas vividas por Pedro en la cárcel, y por su familia fuera de ella (sabemos las terribles dificultades que debían soportar los familiares de los “rojos”), serían un relato digno de alguna de las geniales novelas de la serie de Almudena Grandes, “Episodios de una guerra interminable”.

En medio de las penurias sólo lo salvaba pensar en esa bebé que sonreía a pesar de todo y en los versos que había amado a lo largo de la vida. Le pidió entonces a su mujer que intentara hacerle llegar papel, tinta y plumillas, y se dedicó a transcribir con letra pequeña, prolija, cuidada (“con la perfecta caligrafía de la dignidad intacta”, como escribe Jorge F. Hernández), los poemas que lo habían acompañado desde siempre. Allí están la Serranilla del Marqués de Santillana (“Moça tan fermosa / non vi en la frontera / como una vaquera de la Finojosa), y las Coplas a la muerte de su padre, de Jorque Manrique (“Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida / cómo se viene la muerte / tan callando”), y Garcilaso, Cervantes, Góngora, Quevedo, Calderón, Espronceda, hasta llegar a sus contemporáneos, incluyendo poetas de este lado del mundo: José Martí, Rubén Darío, Amado Nervo, Santos Chocano. Sus páginas abarcan también a aquellos asesinados por el régimen o condenados al exilio: los Machado, García Lorca, León Felipe.

Cuando la memoria le fallaba acudían en su ayuda otros compañeros presos tan amantes de la poesía como él, tan formados en el amor a las palabras, tan parte de esas generaciones que aprendían de memoria largos poemas por el puro placer de saborear los sonidos, de disfrutar las imágenes, de saberse parte de una lengua y una tradición.

Se sumaron también a estas páginas, a la vez tristes y dulces, algunos versos y viñetas de esos mismos hombres encerrados por haberse atrevido a pensar que otro mundo era posible: Baltasar Fernández Cuez, ingeniero y periodista; Mariano de los Cabos, profesor; Julio Sánchez Hernández, catedrático… Y los del propio Pedro, como aquellos que escribió para la recién nacida: “Aguafuerte que mis ojos enturbiara / fue el verte aparecer tras de la reja / en los maternos brazos, cual bandeja / que un sublime presente me ofrendara…”.

El libro cierra con esta explicación: “Comenzóse a escribir este libro sobre las exhaustas rodillas del recluso Pedro Martínez Sadoc, en uno de los más lóbregos y apartados rincones subterráneos del Fuerte de San Cristóbal, allá por el mes de abril de 1940. Se le dio término y finiquito en la enfermería del presidio de Ocaña (Toledo), cuando corría el mes de diciembre de 1942, donde recibió, agradecido, la colaboración pictórica de algunos compañeros de martirio más o menos artistas. Tuvo la suerte de no ser intervenido por la censura penitenciaria, gracias a la intervención de una monja casi novicia, a quien debe agradecérsele”.

Finalmente, debido a su buena conducta y al terrible estado de salud que tenía se le permitió salir en libertad condicional. “Valga decir que al salir de la cárcel –cuenta la estupenda historiadora Clara Lida en el prólogo- ese hombre alto y otrora robusto, que medía 1.85 m, apenas si pesaba 45 kilos.”

A pesar de que las humillaciones y dificultades continuaron aun fuera de la cárcel, de que la pobreza era acuciante y la salud débil, Pedro se daba tiempo no sólo para ganar el pan que alimentaba a sus dos hijas –Alicia, la menor, nació en 1944- sino también para educarlas en el amor a la libertad y a la palabra poética.

Finalmente obtuvo autorización para salir al exilio en 1952. México fue su destino, como el de tantos otros “condenados de la tierra”. Aquí crecieron sus hijas, aquí nacieron sus nietos, aquí -sin haber dejado de añorar su patria, pero profundamente agradecido con este país- pudo construir un nuevo hogar.

Y porque a veces las historias de destierros y transtierros, de migraciones y exilios, parecen entretejidas por un duende generoso, tuve la suerte de que Alicia Martínez Dorado fuera una de las primeras personas que yo conociera al llegar a México, en 1976. Ella como directora de preparatoria y María Luisa Capella como directora de secundaria, nos recibieron a mis hermanos y a mí en ese territorio de libertad que significó para nosotros el Colegio Madrid.

Hoy con este tesoro frente a mí, pienso en esos poetas que son imprescindibles en tiempos de penurias, en esos poetas cuyas palabras nos ayudan a salir del infierno, como tan bien los supo Pedro.
Las palabras y la mano solidaria que alguien nos tiende cuando más lo necesitamos: una monja que esconde un manuscrito bajo el hábito, un compañero que pinta una viñeta, una maestra que nos cura las heridas.

Talismanes para sobrevivir al naufragio.

Publicado en: SinEmbargo. junio 18, 2017

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