Nos quedan las palabras, María

En la última escena aparece la protagonista sola sentada en el suelo, rodeada de tarjetas escritas y con la mirada perdida. Se llama María Moliner, pero ella ya no lo recuerda; escribió el que quizás sea el diccionario más completo y complejo de la lengua castellana, pero tampoco lo recuerda. Todo se ha ido borrando de su memoria: la infancia en Paniza, los días como bibliotecaria, la vida familiar, los silencios obligados por el franquismo, la Olivetti con la que escribió cada una de las entradas de su obra, los veranos en la Pobla de Montroig, los abrazos de los nietos (con ella “yayo / yaya” entraron por primera vez a un diccionario como sinónimos de abuelo / abuela).
Bajan las luces. En el teatro no se oye un solo ruido. La conmoción es absoluta. Todos quisiéramos abrazar a esa mujer que ha olvidado quién es. Tal vez muchos pensemos en los versos de Blas de Otero:

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

De pronto estallan los aplausos.

La obra le valió a su autor, Manuel Calzada Pérez (Granada, 1972), el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2014. Estrenada en 2012 en Madrid, se ha montado posteriormente en diversas ciudades de España y de América Latina. En México, la protagonizó la estupenda Luisa Huertas dirigida por Enrique Singer, con la Compañía Nacional de Teatro. En Buenos Aires, la actuación de Marta Lubos me deja sin aire: de la ternura y la ironía, al miedo y el dolor, la pasión de Moliner por la lengua se encarna en ese cuerpo frágil que ilumina el escenario… me queda la palabra.

Así como la escritora argentina María Elena Walsh le cantó al “Pequeño Larousse Ilustrado” (“Tantas cosas ya se han ido al cielo del olvido, pero tú sigues siempre a mi lado, pequeño Larousse Ilustrado”), yo le cantaría, sin ninguna duda, al “María Moliner”. Esos dos tomos publicados por Gredos y ya bastante ajados y maltrechos fueron una de mis primeras compras como flamante estudiante de Letras Hispánicas de la UNAM en 1979. Había juntado peso sobre peso de lo que ganaba trabajando en la librería El Juglar cuando aún estaba en Revolución (¿se acuerdan? ¿Hay alguien que se acuerde o soy definitivamente antidiluviana?) sin saber realmente que estaba comprando un tesoro. El diccionario me ha acompañado desde entonces en todas mis casas, en todas mis vidas, y casi no ha pasado un solo día en que no le haya dado una mirada. Silvina Friera escribió en su columna de Página 12 que visitar el María Moliner es como visitar a una vieja y querida tía. Así de acogedoras resultan sus páginas. Además de reveladoras y valientes.

A pesar de tal familiaridad, había pensado poco sobre la vida de esta amante de las palabras que se refugió en su propia obra ante la violencia del franquismo y la misoginia de los académicos.

María Moliner nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900; cuando tenía apenas dos años la familia se trasladó a Soria y luego a Madrid. Allí la pequeña María y sus hermanos, Enrique y Matilde, estudiaron en la Institución Libre de Enseñanza. Más adelante estudió Filosofía y Letras, con orientación en Historia, y ganó las oposiciones para ingresar al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, obteniendo como primer destino el Archivo de Simancas. Posteriormente pasó a Murcia donde conoció a su marido, el físico Fernando Ramón. Fueron épocas de trabajo arduo, pero también de cuidado de los hijos y, sobre todo, de compromiso total con la Segunda República. Colaboradora entusiasta de las Misiones Pedagógicas, la joven María recorría los pueblos uno a uno, con una fe absoluta en la labor de las bibliotecas rurales y en la lectura como “derecho espiritual”. La derrota del proyecto republicano la llevó a encerrarse con dolor pero también con dignidad en lo que su biógrafa, Inmaculada de la Fuente, llama su “exilio interior” (1) . Nace entonces, como forma de sobrevivencia y apuesta por la libertad, el proyecto del diccionario. La propia Moliner escribió: “Había un punto, el de la tarde, en que realmente me sentía vacía, sentía que algo me faltaba y entonces me puse a trabajar en el diccionario con todo entusiasmo”.

El régimen la había bajado 18 niveles en el escalafón, había dejado al marido sin la cátedra, los había llevado a quemar libros, a callar, a disimular, a llorar a escondidas, como a tantos otros. Ella se refugió en las palabras y escribió un diccionario, que por ser “de uso” y no normativo suele hablarles a los lectores con naturalidad y calidez. Naturalidad y calidez que cubren una profundísima erudición, años de investigación y de reflexión, y una toma de distancia con aquello establecido por la Real Academia Española. “El diccionario de la Academia es el diccionario de la autoridad. En el mío no se ha tenido demasiado en cuenta la autoridad”, dijo alguna vez.

Las definiciones en su obra son claras, directas, precisas. Pensado para ser realizado en seis meses, el proceso de elaboración le llevó quince años. Trabajaba sola en tarjetas que escribía con lápiz y que, una vez corregidas y ordenadas, pasaba en limpio en su vieja Olivetti.

El Diccionario de Uso del Español con sus casi 3 mil páginas fue publicado en 1967 por la editorial Gredos. Dámaso Alonso y Rafael Lapesa, ambos académicos, impulsaron el ingreso a la Real Academia de la Lengua de la gran lexicógrafa quien se hubiera convertido así en la primera mujer en más de doscientos años de historia de la Academia. Su nombre fue rechazado; el peso de su pasado republicano y una feroz misoginia fueron sin duda los motivos. Nada extraño en una institución por la que han pasado más de 1000 hombres y sólo diez mujeres. Para muchos, María Moliner ostentó siempre el título honorario de “la académica sin sillón”.

Las treinta páginas de la “Presentación” que ella misma hace de su obra terminan con el siguiente párrafo:

Por fin, he aquí una confesión: la autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente; que, conscientemente, no ha descuidado nada; que, incluso en detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad; y que, en fin, esta obra, a la que, por su ambición, dadas su novedad y su complejidad, le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido.

María Moliner fue una académica sin Academia, generosa y solidaria, para quien el amor a la lengua fue un modo de apostar por la libertad de pensamiento y de creación aun en los tiempos de mayor oscuridad.

Para García Márquez, “…hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”.

En el escenario en penumbra una mujer mira las decenas de tarjetas que tiene a su alrededor. Se llama María Moliner, pero ella ya no lo recuerda. Sus palabras son nuestro talismán contra el horror y el silencio.

  1. Inmaculada de la Fuente, El exilio interior: la vida de María Moliner, Madrid, Turner, 2011
Publicada en: SinEmbargo, agosto 13, 2017
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