Cuerpos dolientes: La sed de los migrantes

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Los cuerpos dolientes llegan del mar. Son cientos. Miles. Huyen de la violencia, del despojo, de la guerra, de la miseria. Atraviesan desiertos y montañas. En el camino sufren golpes, torturas, violaciones. Pagan enormes cantidades de dinero a los traficantes de personas quienes los ponen, a cambio, en pequeñas balsas sin seguridad, ni agua, ni alimentos, o en bodegas insalubres y oscuras.

Más de cinco mil personas murieron en el Mediterráneo solamente durante 2016. Los que llegan a tierra están heridos, deshidratados, asustados.

Todo esto sucede a las puertas de Europa.

Se dice que estamos viviendo la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial: al finalizar 2016 había 22.5 millones de refugiados en el mundo.

Pocos, muy pocos, voltean a ver esta realidad. Los migrantes son incómodos: su presencia nos interpela, su silencio nos cuestiona. ¿Quién quiere mirar de frente el horror? Las fotografías de Gabriel Tizón ponen el dedo en la llaga de la indiferencia. Con su cámara ha seguido las historias de los migrantes de África y de Medio Oriente. Teniendo como único guión a las personas, como él mismo lo ha dicho, sus imágenes son el testimonio del infierno. Así —“el infierno”— llaman los migrantes al campo de Moria en Lesbos, Grecia. Así podrían llamarse muchos de los otros campos que deberían ser de acogida, pero se han convertido en campos de concentración revelados por la lente del fotoperiodista.

“A lo largo de dos años Tizón viajó por más de diez países acompañando a los migrantes. Grecia, Turquía, Serbia, Macedonia… Diversos paisajes, distintos rostros: un mismo horror.”

Los cuerpos dolientes llegan del mar. De ese mar por el que han pasado a lo largo de los siglos egipcios y fenicios, griegos y cartagineses. De ese mar de Jasón y los Argonautas, de Ulises y Medea, de sirenas que enloquecen a los marineros con su canto. De ese mar que fue cuna de culturas, de mezclas de religiones, de riqueza, de diálogo, hoy llegan los cuerpos dolientes que dejan la intolerancia, la desigualdad, la opresión. El fotógrafo gallego Gabriel Tizón denuncia esta realidad.

Hago este trabajo —afirma— por admiración a la gente que fotografío, porque es gente que hace tres días estaba igual que nosotros, y de repente tuvo que salir con sus familias corriendo, los que pudieron, los afortunados, y se encontraron con una Europa sin valores.

Las imágenes van desde los primeros planos en que la desesperación o el dolor más profundos son ya una marca indeleble sobre los rostros, a los espacios precarios, inhóspitos, miserables en que los migrantes son recluidos durante meses.

Isla de Lesbos, Grecia.

Y los niños. ¿Quién soporta mirar el rostro desolado de un niño? Seguramente ustedes sentirán, como lo siento yo al enfrentarme a esas fotos, que los hemos traicionado, que no hemos sido capaces de construir para ellos el mundo que merecen. Me siento responsable del fracaso. Sé que hay poderes políticos y económicos que han provocado este derrumbe social que lleva a los migrantes y refugiados a vivir una pesadilla. Pero no puedo dejar de pensar también en nuestra responsabilidad en esta herencia de desesperanza que estamos dejándoles a nuestros hijos, a nuestros nietos, a esos niños fotografiados por Tizón.

Así, esas imágenes se convierten a la vez en un grito de denuncia y en un gesto ético imprescindible. No hay indiferencia posible.

A lo largo de dos años Tizón viajó por más de diez países acompañando a los migrantes. Grecia, Turquía, Serbia, Macedonia… Diversos paisajes, distintos rostros: un mismo horror.

Mientras camino por el camellón de Reforma, al otro lado de la avenida veo la tienda de campaña instalada por los padres de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa. Los infiernos nos hermanan.

2

A veces pienso que no lo conseguiré, que no podré mantener este ritmo, pero sobre todo que no podré soportar tanto sufrimiento, tanto dolor, escribe Pietro Bartolo. Tal vez a ustedes este nombre no les diga nada, como no me lo decía a mí hasta hace unos pocos meses. Hoy lo pronuncio con respeto, con admiración, con agradecimiento, porque Bartolo me lleva a pensar, como Tizón, que quizás aún pueda haber un mínimo rayo de esperanza para el género humano. Tan simple y tan complejo como eso. “Quién dijo que todo está perdido —canta Fito Páez— yo vengo a ofrecer mi corazón.” Y eso es lo que hace este médico italiano cada día: ofrecer su corazón.

Campo Skaramagas, Grecia.

Lampedusa, situada en el Mediterráneo a 250 kilómetros de Sicilia, pero a sólo 140 de las costas de África, se ha convertido en la puerta de entrada “natural” a Europa de migrantes africanos y de algunas zonas de Medio Oriente. Allí nació Pietro Bartolo hace poco más de sesenta años. Como todos los niños de la isla, este hijo de pescadores creció amando y respetando al mar. A los dieciséis años tuvo una experiencia que él mismo sitúa como el momento en que su vida se transforma: una noche que había salido a pescar con el padre y su gente, se cayó del barco sin que nadie se percatara y durante tres horas permaneció en el agua esperando ser rescatado. Durante ese tiempo se sintió morir. Y fue ese sentimiento el que lo llevó a identificarse más adelante con las mujeres y los hombres que, arriesgando su vida, llegan a esa isla de sólo veinte kilómetros cuadrados de superficie en busca de una vida mejor que la que tienen en sus lugares de origen.

Muchos de mis colegas están convencidos de que ya me he acostumbrado, que inspeccionar los cadáveres se ha convertido en una rutina para mí. No es así —escribe—. Nunca te acostumbras a los niños muertos, a las mujeres que mueren después de dar a luz durante el naufragio… No te acostumbras al ultraje de cortar un dedo o una oreja para extraer el ADN y dar un nombre, una identidad, a un cuerpo exánime para impedir que sea sólo un número. (Lágrimas de sal. La historia de un médico en Lampedusa, Debate Barcelona , 2017, p. 18).

Desde hace más de veintiséis años Pietro Bartolo es quien recibe a los migrantes; el primero en conocer las historias dolorosas que acompañan cada cuerpo, cada rostro. “No soy sólo el médico que los examina, soy la persona a la que pueden contar el drama que están viviendo”. Lágrimas de sal, el libro escrito por el “médico de Lampedusa”, en colaboración con la periodista Lidia Tilotta, es el testimonio conmovedor de un hombre que ha decidido poner su vida y sus conocimientos al servicio de los demás.

Allí están algunas de las historias que más lo han sacudido: la del joven que atravesó el desierto cargando a su hermano sobre la espalda, la de otro al que unos delincuentes castraron con un machete, las mujeres quemadas por la mezcla de gasolina, orines y agua salada que se junta en el fondo de las barcas. Los niños que llegan deshidratados, heridos. Mudos. Durante la Gran Guerra, escribió Walter Benjamin en Experiencia y pobreza, “los hombres volvían mudos del campo de batalla”. Los niños del Mediterráneo parecen volver de infinitas batallas.

Y las terribles bolsas verdes en que le son entregados los cadáveres. Él se ocupa de que los análisis de ADN le den a cada cuerpo un nombre, una identidad. “No son números, son seres humanos.” Las imágenes vuelven cada noche. “No tengo buenos sueños”, confiesa. No podemos acostumbrarnos. Niños, mujeres y hombres que han atravesado el infierno libio, el infierno sirio o afgano. Han sido violados, explotados, perseguidos. Cuerpos desechables. Minas de oro para los traficantes: cada uno de los migrantes debe pagar más de mil euros para embarcar. ¿Trescientos ahogados? ¿Ciento treinta? ¿Setecientos? Lo mismo da. Las muertes no cesan. “No podremos decir que no lo sabíamos. Y no estamos interviniendo”, expresa el médico, comparando la situación actual con el Holocausto. Hay que construir corredores humanitarios. Europa tiene que hacerse cargo de esta situación.

“DURANTE LA GRAN GUERRA, ESCRIBIÓ WALTER BENJAMIN EN EXPERIENCIA Y POBREZA, ‘LOS HOMBRES VOLVÍAN MUDOS DEL CAMPO DE BATALLA’. LOS NIÑOS DEL MEDITERRÁNEO PARECEN VOLVER DE INFINITAS BATALLAS”

Él sabe que la solución no es cerrar las fronteras, sino llevar adelante una política de integración a la sociedad europea. “Somos más de 500 millones en la Unión Europea y en 2016 llegaron unos 350 mil refugiados. Eso no es una invasión.”

¿Y México?

“Durante el 2016, hubo alrededor de 5 mil ahogados, y 2 mil en lo que va de este año”, dice Carlos Martínez Assad, pero nosotros desde aquí preferimos ignorar el tema.

No ha habido una respuesta acorde con la tradición de refugio del país —señala— y con los eventos históricos por los que México pasó. Por ejemplo, al recibir a miles de republicanos en los años treinta del siglo pasado, así como a miles de sirios y libaneses entre el final del XIX y muy avanzado el XX. Ahora parecería que México nada tiene que ver con lo que sucede en esa región, con todos sus problemas. 1

3

¿Y México?, preguntábamos. La respuesta tendrían que darla quizás los migrantes centroamericanos que atraviesan nuestro país buscando llegar a Estados Unidos. El viaje que emprenden desde Guatemala, Honduras, El Salvador, puede ser mortal. Las extorsiones, los secuestros, las violaciones, las vejaciones de todo tipo, se suceden a lo largo del camino.

En 2016, el Instituto Nacional de Migración mexicano detuvo a 188 mil 595 personas migrantes en situación irregular, de las que el 81 por ciento procedían de Centroamérica, y deportó a 147 mil 370 a sus países de origen. Pese a que la ley mexicana prohíbe expresamente la detención de menores de edad, México recluyó a 40 mil 542 niños y niñas en centros de detención para migrantes, denuncia Amnistía Internacional. 2

Belgrado, Serbia.

Los derechos humanos en nuestra frontera sur no son más que palabras. La realidad es brutal. Aunque no hay cifras exactas, se habla de entre 10 mil y 70 mil migrantes desaparecidos a su paso por nuestro país.3 El Movimiento Migrante Centroamericano y activistas comprometidos como el padre Alejandro Solalinde han denunciado la complicidad de las diversas instancias de gobierno con esta situación; de ahí la impunidad en la que quedan los delitos.

Alrededor del 80 por ciento de las niñas y mujeres que llegan a México a través de la frontera sur sufren agresiones sexuales, según ha denunciado Amnistía Internacional.

“Los cuerpos dolientes de todos aquellos que se ven obligados a dejar su hogar,  su familia, sus raíces, cruzan la Tierra. La ONU estima en mil 193 millones el número de migrantes en el mundo.”

Y así podríamos continuar la numeralia del horror. A este horror pertenecen también, por supuesto, las terribles condiciones en que viajan los migrantes mexicanos hacia la frontera norte —el lugar de mayor flujo migratorio en el mundo—, expuestos a la corrupción y la violencia de las redes de trata de personas, del narcotráfico y de las propias autoridades de nuestro país.

Una mínima parte de ese espanto podemos verla y sentirla en la nueva propuesta de Alejandro González Iñárritu, Carne y arena. Una experiencia multisensorial, creada en colaboración con Emmanuel Lubezki, presentada en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM, que permite “vivir” a través de la realidad virtual sensaciones similares a las que atraviesan los migrantes. Entrar en ese espacio sacude, conmueve, emociona, entristece… Nadie que lo viva saldrá siendo el mismo. Es nuestro propio cuerpo sintiendo el miedo, la angustia, la sed de los migrantes.

El desierto es nuestro Mediterráneo.

Isla de Lesbos, Grecia.

Los cuerpos dolientes de todos aquellos que se ven obligados a dejar su hogar, su familia, sus raíces, cruzan la Tierra. La ONU estima en mil 193 millones el número de migrantes en el mundo. Muchos, muchísimos, quedan en el camino, no logran llegar jamás al destino soñado. “No podremos decir que no lo sabíamos”, como bien lo escribe el médico de Lampedusa. Mirar esa realidad brutal, hacernos responsables de los otros, sentir en carne propia su dolor, es un gesto ético imprescindible.

Las imágenes de Gabriel Tizón, las páginas de Pietro Bartolo, la propuesta de González Iñárritu buscan en cada uno de nosotros ese resto de empatía y de solidaridad que nos hace verdaderamente humanos. ¿Seguiremos eligiendo mirar para otro lado o seremos capaces de estar a la altura de la responsabilidad que nuestros vivos y nuestros muertos nos exigen?

Notas

  1. http://www.joranada.unam.mx/2017/08/09/cultura/a05n2cul
  2. http://www.elmundo.es/internacional/2017/06/15/59416544ca4741fa398b45f7.html
  3. http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2016/08/18/desaparecidos-10-mil-migrantes-en-mexico-solalinde
Publicado en: La Razón. 7 de octubre de 2017
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