Aquí nomás: amando mis dos ciudades (primera parte)

 Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.

Vicente Huidobro, “Altazor

A Marisel y a María, por las complicidades

¿Qué es lo que hace que uno ame una ciudad? ¿Qué nos lleva a sentir que en sus calles estamos en casa, que el aire tiene la densidad justa que necesitamos para respirar, que su ritmo es el nuestro? Para mí, sólo aquello que conversa directamente con nuestra piel, con nuestro corazón, con nuestra memoria. Que podamos allí reconocer y reconocernos. Encontrar lo que hemos vivido. Lo que ha vivido nuestra gente querida. Lo que nos han contado. Saberle los secretos a las calles, ponerle nombre a sus sombras.

Por eso me declaro con orgullo “che-langa”, como alguien me dijo por ahí; porque amo por igual a mis dos ciudades: México y Buenos Aires.

Como todas las historias, mi historia con Buenos Aires tiene infinidad de comienzos posibles. Elijo uno de ellos, elijo una oración que siempre me ha conmovido – soy de lágrima fácil desde chiquita -; una oración que está en el preámbulo de la Constitución. Tengo en una de las paredes de mi estudio una fotocopia del preámbulo con la frase subrayada. Cito textualmente:

Nos, los representantes del pueblo… con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución

…“para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo…”. Esta frase y lo que esta frase implicó para la historia de la Argentina, pero fundamentalmente para mi historia, es uno de los comienzos posibles de estas páginas. Esa frase representa la quimera que persiguieron mis abuelos al subirse a los barcos que los alejaban de la pobreza y la violencia que enfrentaban en Europa; unos del norte y otros del sur, unos rubios y de ojos claros, otros morenos como buenos hijos del Mediterráneo. Unos hablaban ruso, hablaban yiddish, tocaban música, encendían velas los viernes por la noche y se sabían herederos de la cultura europea y de un libro que da raíces, los otros hablaban con los mil colores del italiano y habían visto pasar a fenicios y cartagineses, a griegos y romanos sin inmutarse. Pero la tierra estaba seca para unos y teñida de sangre para otros, y del otro lado del océano llegaban cartas del primo Salvatore, del tío Abraham que habían aprendido a recitar el preámbulo: “para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”. Y se subieron a los barcos. Los más jóvenes mirando hacia ese nuevo mundo que tantas promesas encerraba; los mayores, mirando hacia la propia tierra, con el temor de la despedida definitiva.

En Buenos Aires se conocieron y enamoraron mis padres. Planearon una vida y cuatro hijos. Un jardín y asados los domingos.

Ahí fui chica, tuve amigos, una bici roja, veranos largos como el canto de las chicharras, un damasco en cuyas ramas leí Los tres mosqueteros, una perra y un gato, y la sensación de que ese mundo duraría siempre.

Ésa es la ciudad en que nació mi hija (porque “así es la vida de caprichosa” y de generosa); la que me fascina cuando estoy lejos y me angustia cuando llego; la que, a pesar de los años, no aprendo aún a descifrar; la que guarda mis primeras palabras y el guardapolvo blanco con que aprendí a escribirlas; la “cajita de recuerdos” de mi abuela y los pinceles luminosos de mamá.

Es la ciudad de mi memoria. ¿Cómo no amarla?

Pero esa memoria es también horror y duelo: la dictadura, los desaparecidos, las Madres de Plaza de Mayo y sus rondas dolientes, las Abuelas. La memoria del miedo y del oscuro invierno de 1976.  La de las plazas llenas de chicos y un río poblado de cadáveres.

Bajo las matas

En los pajonales

Sobre los puentes

En los canales

Hay Cadáveres…

Escribió Néstor Perlongher en su brutal poema.

(Aquí pueden leerlo completo)

Si tuviera que ponerle música a esto que estoy escribiendo hoy desde el otoño porteño, no podría ser más que Piazzolla, claro:

Porque soy todo eso.

Pero no soy sólo eso.

Soy también lo que he sumado en casi cuarenta años de vida en México.

Pero ésa es otra historia.

O, mejor dicho: es la segunda parte de esta misma historia.

¿Me acompañan a recorrerla la próxima semana?

 

Texto presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires, abril 2015.

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