Canciones y moradas

“México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…”.

No importa si el mariachi es uno solo o son veinte, si tienen trajes nuevos y brillantes, o raídos por el uso; tampoco importa si al cantar creemos ser Pedro Infante, Chavela Vargas o Cristian Castro, lo cierto es que mientras suenan los acordes de las guitarras nos sentimos parte de un todo. ¿O no? En cada grito pareciera estar presente toda nuestra historia, aquello que nos hace reconocernos en los otros que nos acompañan, sentirnos sus compañeros, sus cómplices. El mismo entusiasmo muchos lo sentimos con los sones, con la voz de José Alfredo o con el Huapango de Moncayo, con las canciones purépechas (aunque no sepamos cantarlas, nos conmueven) o con el ritmo contagioso de los chinelos que bailan al compás de tambores y trompetas. Como si algo muy profundo de nosotros mismos surgiera no sabemos de dónde. ¿De la piel? ¿De las entrañas? ¿De la memoria? ¿Somos la memoria viva de nuestros padres (o nuestros abuelos) muertos, como me dijo alguna vez la hija de un desaparecido político? ¿De qué modo la memoria, esa memoria afectiva, estructura nuestra identidad colectiva? ¿De qué modo nos hace ser quienes somos?

Estamos inmersos en una globalización que parece convertirnos no en ciudadanos del mundo, como querían los cosmopolitas de principios del siglo XX, sino en mano de obra barata para los países industrializados, en centros de turismo sexual y en plazas ocupadas por el narcotráfico; el neoliberalismo económico ha hecho retroceder las conquistas laborales y sociales; la educación pública y los servicios de salud están destruidos, y la lista sigue con más y más horrores. Frente a todo esto, me parece que la memoria se convierte en uno de los espacios privilegiados de resistencia que nos quedan.

¿Qué otra cosa sino resistencia son los relatos que las madres zapotecas cuentan a sus hijos por las noches?, ¿qué otra cosa sino resistencia son las conmovedoras palabras de la comandanta Esther en el Congreso de la Nación? ¿Y la poesía que pasa de boca en boca? ¿Y las mujeres que cuentan sus secretos en los bordados de los huipiles? ¿Y los arrullos?

¡Y el idioma! Nuestro español del que se ha dicho tanto esta semana. Claro que hablamos de un idioma que no se imponga por sobre los demás, que reconozca y valore las lenguas indígenas, que las respete. Pero díganme, por favor, si no se conmueven ante versos como éstos:

“Piramidal, funesta, de la tierra nacida sombra, al Cielo encaminaba de vanos obeliscos punta altiva…”

O como éstos:

“No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. /Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, /cierta gente…”

O como tantos y tantos otros que ya forman parte de nuestro cuerpo, de nuestra sangre, que nos hacen sonreír o lagrimear, o que nos ponen la piel chinita de la emoción. Porque sabemos que -como lo dijera Octavio Paz-

“La palabra es nuestra morada, en ella nacimos y en ella moriremos, ella nos reúne y nos da conciencia de lo que somos y de nuestra historia; acorta las distancias que nos separan y atenúa las diferencias que nos oponen”.

Pocas cosas hay más maravillosas que ser testigos del modo en que los niños comienzan a hablar, en que descubren las palabras, su música y sentido, el ritmo que las hace bailar en la garganta. Ver la manera en que comienzan a modelarlas, a reconocerlas, a apapacharlas, a encontrar los caminos que los llevan a sentirse parte de un mundo nuevo: el mundo de los amantes de la lengua. Mmmmma  mmmmma. Y los sonidos nos regresan a aquel primer espacio de protección y pertenencia del que formábamos parte antes de nacer. Las palabras son la calidez y el ritmo de las canciones de cuna, el abrazo que nos cubre en la intemperie, la sonrisa más querida, el perfume de la piel amada.

Ellas guardan nuestra memoria y nuestra identidad, nuestro vínculo con la realidad y con los sueños. Y por eso constituyen uno de nuestros mayores espacios de resistencia, para seguir cantando, creando, imaginando y siendo quienes somos.

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