Con la piel chinita (a ritmo de danzón)

 Ya un niño que posee la música no es pobre. El adquirir la música, el tocar un instrumento, el cantar en un coro, lo separa completamente de la línea de pobreza, lo convierte en un niño rico en valores y sobre todo en posibilidades de crecimiento y de desarrollo.

José Antonio Abreu

 

Sí, se me pone la piel chinita casi desde el primer minuto y me dura así más de una hora. El tiempo que dura el documental. No, no es cierto: sigo chinita y conmovida desde que lo vi por primera vez,  y pensé que ahí había algo. Algo de lo que siempre he buscado, algo de lo que siento que vale la pena en este mundo.

Las primeras tomas muestran barriadas populares en las laderas de los cerros caraqueños. Aparece también una palapa junto al mar. Un camino de tierra en los llanos. Y los niños. Van en bicicleta, o patinan por las calles, o preparan la comida para sus hermanitos, o leen en braille. Son diferentes, viven en lugares diferentes, tienen diferente color de piel, diferentes edades… pero a todos se les iluminan los ojos por igual cuando empiezan a tocar su instrumento. Porque eso es lo que los une: el amor a la música. “Tocar y luchar” dice el título, y es una bellísima película sobre el Sistema de Orquestas de Venezuela. Ese proyecto impresionante que un día de 1975 imaginó un músico, economista y educador, llamado José Antonio Abreu. Como él mismo lo dice:

“Quien genera belleza tocando, empieza a conocer por dentro lo que es la armonía esencial, la armonía humana”.

¿Por qué no darle oportunidad a los niños y jóvenes de llegar a esa armonía?, se preguntó, y sus años de experiencia en la música y en la educación, más su deseo de transformar la realidad venezolana, hicieron el resto. Nació así uno de los proyectos culturales con mayor fuerza social y más conmovedores que existen en América Latina. El descubrimiento del placer estético, la creación de comunidad, las complicidades entre los miembros de un coro o una orquesta, y a la vez la disciplina y el rigor que acompañan todo trabajo creativo, son el secreto para que cientos de miles de chicos se mantengan lejos de la delincuencia y de los riesgos de la marginalidad. A cambio de eso, y como lo dice el propio Abreu, “crecen espiritualmente”.

Vean el documental, por favor. Déjense llevar por las voces, por las historias, por el ritmo, por la fuerza, por el entusiasmo, y emociónense conmigo.

El Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela no es sólo un fenómeno cultural, político y social, sino que además es un fenómeno musical. Lo han dicho directores de la talla de Claudio Abbado y Simon Rattle, Director de la Filarmónica de Berlín, cuando escucharon las orquestas: quizás sea en Venezuela donde esté el futuro de la música clásica. Es excepcional la calidad de muchos de los músicos formados allí desde pequeños. El caso más conocido es el de Gustavo Dudamel, por supuesto. ¿Quieren que alegremos este domingo con un poco de música?

Armonía, sentido de lo estético, trabajo colectivo, solidaridad. Ésos son los valores que la orquesta le transmite a sus jóvenes miembros. Ésos son los valores que sostienen la alegría que acompaña cada nota, el amor a ese grupo que es también familia. Y a partir de ese espacio de pertenencia salen a la comunidad, a la sociedad, al mundo. Más de 700 mil niños ven transformada su vida al entrar a formar parte del Sistema. El 75% de ellos vive por debajo del índice de pobreza. Impresionante, ¿verdad? Además,

el Sistema ha establecido programas sui generis: El Programa de Educación Especial, que beneficia a jóvenes y niños con capacidades comprometidas; el Programa de Orquestas Penitenciarias, que apoya la reinserción en la sociedad de hombres y mujeres privados de libertad; y el Programa de Atención Hospitalaria, que acoge a niños y niñas con enfermedades crónicas en centros hospitalarios”.

¿Cómo no tener la piel chinita y el alma conmovida con datos como éstos? Afortunadamente no sólo la violencia y el narco se globalizan, y hoy hay proyectos similares a éste en más de treinta y cinco países. El nuestro no es la excepción. Cuando Eduardo Mata estuvo en Venezuela conociendo el trabajo del maestro Abreu se entusiasmó ante la idea de una propuesta musical que podía transformar la realidad mexicana. Hoy se está retomando con fuerza aquella propuesta a través de proyectos como Música para la Armonía.

En una escena de “Tocar y luchar” que me emociona especialmente un niño muestra su cuarto, su cama y la de su hermanito, y dice “Lo que de verdad me gusta de mi cuarto es que puedo dormir cerca de mi cello. No me gusta separarme de él. ¿Quieres verlo?”, le pregunta a quien tiene la cámara.

Quienes me conocen saben que tengo debilidad por ese instrumento cuyo sonido es tan parecido a la voz humana. Una debilidad que le debo al “abuelito Roberto”, el papá de mi mamá, quien, nacido en Rusia, llegó con su familia al Río de la Plata a principios del siglo pasado. Era hijo de un director de coros judío que le había enseñado a tocar un instrumento a cada uno de sus hijos. El de Roberto fue el violoncello. Puedo imaginar sus bracitos regordetes de niño abrazando su cello como lo abraza el pequeño Randy de Barquisimeto.

El documental “Tocar y luchar” cierra con la sonrisa de los niños en la orquesta, y con las lágrimas en los ojos de las madres, los padres, los abuelos, que los aplauden orgullosos.

Y, como dice el director de la Filarmónica de Berlín, “vi lo que siempre he creído que es la música: alegría; comunicación y alegría”.

Imaginar un futuro diferente es posible. Con la piel chinita.

PD: Aprovecho para invitarlos a escuchar a la Orquesta de Niños Renacimiento (bautizada así, como el barrio al que pertenecen sus integrantes; el más violento de Acapulco), el miércoles 3 de junio a las 13 horas.

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