“Esta bomba no reventará”

SINEMBARGO

 “Siempre llega un momento en que no hay más remedio que arriesgarse”

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera

“Es posible, quién sabe, que quizás pueda escribir otro libro”, dice José Saramago el 15 de agosto de 2009, en la primera nota de trabajo sobre la novela que está imaginando. “El libro, si llega a ser escrito, se titulará Belona, que es el nombre de la diosa romana de la guerra.” Una fecha, un título, una confesión. Somos voyerurs del deseo del escritor. Escribir, escribir, quién sabe, quizás otro libro… Escribir contra el tiempo, contra la enfermedad, contra la muerte. Escribir como aquella princesa que narraba y narraba para distraer a un rey asesino, escribir como se decía a sí misma en voz baja las páginas que recordaba, Milena, la mujer que tanto había amado Kafka, en el campo de concentración.

Escribir porque, Saramago lo sabía, las palabras salvan. Las palabras nos protegen de la oscuridad, del desamor, de la soledad, del dolor. Escribir, escribir, escribir. Es posible, quién sabe, quizás…

Puedo imaginar a José Saramago enfebrecido ante la página en blanco contando la historia de artur paz semedo (escrito así, en minúsculas), protagonista de Alabardas, novela publicada por Alfaguara, con ilustraciones de Günter Grass. Puedo imaginar  la pluma que se desliza a toda velocidad sobre el papel, con las notas tomadas a lo largo de los meses a un lado, con el fervor y la alegría, pero también con la angustia de quien sabe que la historia está ahí y no hay mucho tiempo para contarla.

Que la historia está ahí, en la página en blanco, aunque nadie más que él pueda verla, como sólo Miguel Ángel sabía que dentro de un bloque de mármol se escondían dos de las figuras más bellas y dolorosas de la historia: una madre joven que sostiene el cuerpo sin vida de su hijo; hombre a los ojos de todos, niño, claro, aún para ella.

Esa imagen, esa Piedad, que aquel artista enloquecido y genial -sólo él- supo ver en el bloque duro y frío, es una imagen que vuelve a mí una y otra vez –curiosos los mecanismos del inconsciente, doctor Freud-, mientras leo Alabardas.

Tal vez por aquello de la fiebre creativa con que imagino a este portugués entrañable, tal vez porque hoy son decenas, cientos, miles las madres que sostienen el cuerpo de sus hijos, o que aun peor, buscan desesperadamente ese cuerpo nacido de sus entrañas para lograr arrebatárselo a la muerte.

Tal vez porque hoy nuestra patria, este México nuestro cubierto de sangre, es en realidad una matria dolida y valiente.

Saramago sabía que la palabra puesta en negro sobre blanco en un libro, es mucho más que una palabra puesta en negro sobre blanco en un libro. Es un acto ético. Como le enseñaron aquellos abuelos, Josefa y Jerónimo, que no podían descifrar las letras sobre el papel, pero sí los secretos más valiosos del universo. Aquellos abuelos que dormían en la misma cama con los más pequeños de sus cerdos si las temperaturas afuera helaban la sangre, que se despidieron de cada uno de los árboles de su huerto, abrazándolos, cuando sentían que les quedaba poco tiempo de vida, o que mirando al cielo –como lo hizo la abuela- ante la maravillosa inmensidad dijera

“El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”.

 “Es posible, quién sabe, que quizás pueda escribir otro libro”, escribe José Saramago. Escribir otro libro como si cada palabra fuera uno de los árboles del huerto. Escribir era su manera de abrazar lo más importante que tenía en la vida. Eso que le hacía sentir lo que había sentido Josefa ante el mundo y la muerte.

Él, el nieto, supo gracias a ellos que vivir es un acto ético, o como dice una canción que siempre me conmueve, no vivir, que vivir vivimos todos, aún los que no lo merecen,  sino “honrar la vida”.

Vuelvo  a esa escena imaginada: el escritor que honra la vida escribiendo esas páginas que sabe que pueden ser las últimas, con la urgencia y el cuidado de quien ama las palabras y su fuerza, de quien sabe que ahí está la resistencia, la posibilidad de construir mundos.

Ahí está el origen de Alabardas. Ahí y en una anécdota que está tal vez en L’Espoir o en Por quién doblan las campanas. Pero no, no es Malraux quien la cuenta, tampoco Hemingway, piensa Saramago. ¿O sí? Sí, es Malraux, pero está sobre todo en su memoria y en el origen de estas páginas escritas para detener el paso del tiempo. Es, más que una anécdota, como dije hace unas líneas, una imagen; una imagen de una fuerza y una contundencia tan maravillosas que se nos hace un nudo en la garganta:

“…durante la guerra civil español, una bomba lanzada contra las tropas del Frente Popular en Extremadura no había explotado debido a un acto de sabotaje. En su interior se encontró un papel con un breve mensaje redactado en portugués: ‘Esta bomba no reventará’.” (Alabardas, p.94)

Poco importa quién la haya contado. El gesto ético absoluto en un acto de sabotaje.

Saramago –el enamorado del peso moral que las historias encierran- sabe que ahí hay algo que debe desovillar, que debe descubrir, como el florentino con el cincel frente al bloque de mármol en el que adivina la piadosa mirada de una madre en duelo.

El ensayo de Fernando Gómez Aguilera que acompaña el relato inconcluso revela alguna fuente posible:

“El testimonio literario más mencionado lo aporta Arturo Barea en La llama, el tercer volumen de la trilogía La forja de un rebelde.  Un proyectil arrojado en Madrid no estalla; tras ser desmontada la espoleta por un artillero, se encuentra en su interior una tira de papel, manuscrita en alemán, en la que podía leerse: ‘Camaradas: No temáis. Los obuses que yo cargo no explotan. Un trabajador alemán’.”(Alabardas, p.95)

Qué quieren que les diga. Será que soy hija de una madre que nos arrullaba con el “Ay Carmela” o con el “Bella Ciao”, sin ser ni española ni italiana, sino una mujer solidaria, “internacionalista”, se decía entonces, hija de rusos llegados a las aguas dulces del Río de la Plata, allá en la primera década del siglo pasado. Será por eso, pienso, que esta historia me da ganas de llorar.

Y claro estos gestos de anónima heroicidad, de esa heroicidad pequeña, nos rescatan del horror: un mensaje solidario dentro de una bomba, una caricia al pasar, apenas con la punta de los dedos, en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada en la Argentina de la dictadura, apenas una caricia al pasar, lastimado sí, pero no roto; o un hombre que debe registrar los datos de quienes llegan a los campos de concentración y cambia el student que el muchacho dice con orgullo, incluso con algo de soberbia, por un stucateur casi inofensivo, y le salva la vida a un  jovencísimo Jorge Semprún. O los meseros de un restaurante que no sacuden las migajas de los manteles para que puedan comer algo más, muy poquito, pero algo, las niñas de un colegio del franquismo, esclavizadas por ser hijas de rojos, como lo cuenta Almudena Grandes en Las tres bodas de Manolita.

Gestos pequeños. ¿Hay algo más acaso?

Pienso también en la otra cara de la moneda. Cómo no pensarlo hoy en nuestro país. El día que vimos por televisión a dos muchachos explicar con absoluta tranquilidad cómo habían incinerado los cuerpos de los estudiantes de Ayotzinapa, volví a leer fragmentos de La banalidad del mal de Hannah Arendt: la sorpresa brutal de la pensadora alemana ante la intrascendencia del criminal. Eichmann era un burócrata de la muerte que sólo cumplía órdenes. ¿El resultado de su conducta fueron 6 millones de muertos? Él responde que no es responsable de esas muertes, que él sólo –y lo dice una y otra vez a lo largo del juicio- cumplía órdenes. Alguien me preguntó si podemos hablar de la banalidad en el caso de los muertos que cubren nuestro país. Difícil de responder, ¿no? El muchachito de doce años que dispara a matar por 500 pesos, los policías que entregan estudiantes al narco para que ellos decidan cómo asesinarlos, el que entrega el “cargamento” de migrantes, los que violan mujeres y las mutilan nomás porque las vieron solas… ¿Son Eichmann cumpliendo órdenes desde la amoralidad, o son el Dr. Mengele conscientes de las atrocidades que cometen ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos con esos muertos?

La máquina de la historia escribe sobre cada uno de nosotros, sobre nuestras sociedades. Alguien decía que lo que nos define es qué hacemos con esa marca, de qué manera convivimos con ella. Qué hace nuestra sociedad con ella. Qué hacemos hoy, en un texto como éste, pero también en nuestras universidades, en nuestros libros, con la marca que tenemos en el cuerpo. ¿Qué hacemos todos con las huellas, con las cicatrices?

José Saramago sabía qué tenía que hacer con esa marca. Por eso escribía y escribía febrilmente. Contra el tiempo. Contra el no estar que sigue al estar.

“…ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer”, escribió Benjamin, en sus Tesis de Filosofía de la Historia.

Vivimos un tiempo de urgencias., decíamos. Y aquí estamos, dolidos, lastimados, horrorizados, asustados, ¿por qué no reconocerlo? Pero aquí estamos. Porque eso es lo que nos corresponde. Para que logremos que alguna vez el enemigo deje de vencer, y nuestros muertos puedan estar finalmente seguros. Será entonces cuando –ojalá- podamos abrazar a los árboles y proteger así a quienes habiendo estado antes, ahora ya no están, que no otra cosa -decía el portugués- es esto de pasar por la vida.

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