La herencia

 “Perdón imploro a mis vivos por dejarles, perdón imploro a mis muertos por haberles hecho esperar”.

“¿Te imaginas, Sandra?”, me pregunta la amiga que me lo cuenta; hace años fue mi alumna, y sabe que voy por la vida juntando historias como otros juntan estampillas o libros antiguos. Alguna vez leí a un psicoanalista francés que decía que “somos contrabandistas de historias propias y ajenas”. Me gusta esa idea; me gusta pensar que nuestra memoria está formada por lo que hemos vivido, pero también por lo que han vivido otros, por lo que nos cuentan, por los que leemos, por lo que escuchamos. Y algo de eso sabe B., por eso me regala la historia de su abuelo. Ese abuelo que está enterrado en un pueblo al que B. no puede regresar porque está tomado por los más violentos del país, como tantos otros pueblos. También los muertos son secuestrados en este México nuestro. B. no puede ir a “ver” a sus seres queridos, no puede ir a conversar con ellos cualquier tarde; sentarse a la sombra de un pirul, quitar las hierbas que han crecido desde la última vez y hablar de las cosas cotidianas, de la vida de todos los días, del hijo mayor que ya está terminando la secundaria, de lo graciosa que es la más pequeña, del dolor de rodillas, de las lluvias. De esas cosas comunes de las que una habla con sus muertos (¿o ustedes no hablan con sus muertos?). B no puede ir a visitar a su abuelo, y quizás por eso me cuenta la historia.Se dio un tiro. Tal vez tampoco en ese instante le temblara el pulso, como no le tembló para escribir la nota. ¿O sí? ¿Habrá dudado antes de apretar el gatillo ese hombre llegado a México desde algún caserío de Asturias cuando tenía apenas cinco años? Era 1937, la guerra cubría España: bombas, sangre, furia, coraje; El Ejército del Ebro /¡Rumba la rumba la rum ban ban! / Una noche el río pasó, /¡Ay, Carmela, ay, Carmela!, cantaban las milicias republicanas. Y hambre. En ese pueblo la pobreza era una invitada más, siempre. Pero nunca habían pasado tanta hambre. Por eso no dudaron cuando escucharon la invitación que el presidente Cárdenas le hizo a la República. Allá el pequeño Tomás estaría protegido del frío, del miedo, y sobre todo, del hambre.

“No llores. Te regresarán cuando termine la guerra. Eres el más afortunado de nosotros”, le decía la madre mientras le limpiaba la nariz; pero lo abrazó como sólo una madre que se despide de un hijo puede abrazar. “Come el doble de todo, Tomasín; come también por mí”, le gritó su hermana Elisa, antes de que el tren partiera rumbo al puerto de donde saldría el barco de bandera francesa Mexique.

Tomás fue uno más de los 456 “Niños de Morelia”. Recibió apoyo, educación, abrigo, comida…. Pero extrañaba. Claro que extrañaba: los coscorrones de su padre, la voz dulcísima de su madre, los juegos y hasta las peleas con su hermana, el perfume que tenía el aire. Terminó la guerra. Cambió el gobierno en México. Pero nadie vino por ellos. En la España de Franco no tenían lugar. De a poco cada uno de esos niños fue haciendo su vida.

Una tarde, paseando su melancolía por las calles, vio pasar a la dueña del rostro más bello que hubiera visto nunca. Parece la Virgen de la Covadonga con los colores de la tierra, pensó.

Mercedes y sus catorce años sintieron unos ojos clavados en la espalda. Al dar vuelta la cabeza percibió la intensidad de la mirada de Tomás. Ella, como le habían enseñado, bajó los párpados, y sonrojada apuró el paso.

Ese fue el inicio de una historia de amor en dos lenguas: el purépecha que hablaba ella, y que él nunca pudo aprender bien, y el castellano en el que bautizaron a sus hijos.

La felicidad no alcanzó a borrar el fondo de tristeza que había en aquel que llegara siendo niño. Las ausencias a veces eran más fuertes que las presencias. Seguramente fueron ellas las que hicieron que un malhadado día, a la orilla de ese lago que hacía tantos años era su hogar, Tomás se sentara ante su escritorio a escribir con letra firme

“Perdón imploro a mis vivos por dejarles, perdón imploro a mis muertos por haberles hecho esperar”.

Esa nota y la nostalgia que inunda los ojos de su nieta cuando me cuenta la historia son su herencia.

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