“Las alas del deseo”: el amor desde una memoria doliente

 Para Y. por darle color a mi mundo

Llega antes el sonido que las imágenes: “Als das kind kind war” dice una voz, jugando por instantes con la música que guardan las palabras, como lo haría un niño. “Als das kind kind war”. Alguien escribe el poema de Peter Handke sobre un papel.

“Cuando el niño era niño / era el tiempo de preguntar: / ¿Por qué soy yo y no tú? / ¿Por qué estoy aquí y no allá? / ¿Cuándo comenzó el tiempo y dónde termina el espacio?”

“La canción de la infancia” es el título de esos versos que van repitiéndose a lo largo de la película. “Las alas del deseo” (“Der Himmel Über Berlin”) cumple veinticinco años y yo vuelvo a ella como se vuelve a un ritual entrañable. Si hay películas talismán, ésta es para mí una de ellas.Desde los primeros versos de Handke (guionista del film junto con el propio Wim Wenders) nos sumergimos en una Berlín en blanco y negro a través de la mirada de los ángeles Damiel (Bruno Ganz) y Cassiel (Otto Sander). Sólo los niños pueden verlos. Los murmullos que les llegan cuentan millones de historias a la vez en el entramado de voces que cubre la ciudad. Oímos apenas fragmentos de algunas de ellas, palabras sueltas, tonos: desamparo, abandono, soledad, frustración, tristeza. Ésa es la realidad. El imperio de la desesperanza.En la biblioteca, el sitio de reunión de estos ángeles compasivos, las voces de la memoria hablan también del horror. Una de las primeras frases que escuchamos ahí es: “Walter Benjamin compró en 1921 el ‘Angeus novus’ de Paul Klee.” Con esta obra, lo sabemos, nace la Novena Tesis de Filosofía de la Historia.

“Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

Quizás Damiel y Cassiel sean los ángeles de la historia intentando recomponer lo destruido. Las ruinas que ha dejado la segunda guerra son recurrentes a lo largo de la película. No olvidemos que el propio Wenders nació en 1945, y que por lo tanto toda su vida ha estado marcada por esa memoria.

Recuerdo en este momento el excepcional libro de W. G. Sebald llamado Sobre la historia natural de la destrucción. Nacido apenas un año antes que Wenders, Sebald recupera una parte cancelada de la historia: los ataques a los que fue sometida Alemania durante los últimos años de la guerra. Los datos son escalofriantes. Según fuentes oficiales, sólo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre territorio alemán; 131 ciudades fueron atacadas, algunas más de una vez; 600 mil civiles fueron víctimas de los bombardeos; 3 millones y medio de viviendas fueron destruidas; al finalizar la guerra, 7 millones y medio de personas habían quedado sin hogar. Esa es la Alemania en que creció la generación de posguerra, la de una memoria cancelada, tapada.

En el presente del relato –1987– esas imágenes son las marcas de un pasado que aún duele. Allí, el griego Homero es un viejo que solo y perdido no encuentra sus propias huellas en la ciudad herida por un muro. Se ha vuelto un “organillero que pasa inadvertido”. No hay más lugar para la poesía, para el canto, para los lazos que tejen las palabras.

“Mis protagonistas ya no son los guerreros y reyes sino las cosas de la paz (…). Pero nadie ha logrado aún entonar una epopeya de la paz. ¿Qué tiene la paz como para no entusiasmar a la larga y que casi no se pueda narrar sobre ella? ¿Debo rendirme ahora? Si me doy por vencido la humanidad perderá a su narrador. Y una vez que la humanidad lo haya perdido también habrá perdido su infancia”.

El poeta, como el niño, se hará las preguntas por el sentido, por su propio ser, por la identidad.

“¿Por qué soy yo y no tú? / ¿Por qué estoy aquí y no allá? / ¿Cuándo comenzó el tiempo y dónde termina el espacio?”.

Las historias que guardan los libros, la infancia: es allí donde quizás estén las salidas del laberinto del dolor, el desamparo y la desmemoria. Y en el amor. Wim Wenders hace en “Las alas del deseo” uno de sus mayores homenajes al amor.

Damiel, agobiado de eternidad, desea convertirse también él en un ser para la muerte. “A veces me hastía mi presencia de espíritu”, le confiesa a Cassiel en una de las escenas de la película.

“Y ya no quisiera ese flotar eterno, quisiera sentir un peso que anulara en mí lo ilimitado y me atara a la tierra. Poder, a cada paso, a cada golpe de viento, decir «ahora» y «ahora» y «ahora»… Y ya no más «desde siempre» y «para siempre»”.

Elige, entonces, ser mortal, falible, finito, sangrante (“Ahora entiendo muchas cosas”, dice al probar la sangre que brota de su cuerpo cuando se hace una pequeña herida); elige tener cuerpo, sentir enojo y tristeza, sentir frío, poder “llegar a casa y darle de comer al gato como Phillip Marlow”, “sacarme los zapatos y estirar los pies”. Damiel elige la posibilidad de enamorarse cuando conoce a la trapecista francesa que vestida de ángel (a pesar de las “alas de pollo”) intenta volar.

“Algo va a suceder esta noche que será importante. ¡Cassiel! Ella me enseñará todo. Hay otros soles aparte de los del cielo, Cassiel. En la noche profunda, hoy empezará la primavera. Me nacerán alas muy distintas a las habituales, alas de las que al fin podré sorprenderme”.

El color aparece en el film por primera vez, como un destello, con ella, Marion (Solveig Dommartin), en el momento que habla del deseo y de su ansia de ser amada (“Lo que me hace ver tan torpe es la ausencia de placer”).

Pero es con la transformación de Damiel que prácticamente abandona el blanco y negro. El color tiene que ver con lo sensorial, lo físico, el goce, aunque siga estando presente el horror de la memoria.

Las ruinas de la historia no desaparecerán, seguirán allí acumulándose ante la mirada atónica del ángel de Benjamin, pero cobrarán un sentido que no será solamente el de la herida, sino el de la posibilidad de aprender a crecer y descubrir con los otr@s. “Las alas del deseo” tal vez no sea sino el intento de entonar una epopeya de paz.

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