Mi voto

Mi primer recuerdo vinculado a la política es de 1966. Era una mañana fría del invierno porteño –después sabría que era 29 de junio- cuando la vecina entró corriendo a la cocina de mi casa al tiempo que le decía a mamá:

“Graciela, prendé la radio que hay golpe de Estado”.

Yo tenía seis años y estaba tomando un café con leche, lista ya para ir a la escuela. Me sentía una persona mayor, seria e importante con mi guardapolvo blanco. Mucho más importante, claro, que mi hermano Pablo que con sus cuatro años todavía estaba en el jardín de infantes.

Debía ser algo especial eso del golpe de Estado para que mamá se olvidara de que estábamos ahí y se concentrara en la transmisión. Café y cigarrillo en mano (no olviden que se trataba de dos mujeres jóvenes de los sesenta -mamá tenía sólo 29 años, y nuestra vecina, Hilda, un par de años menos-), demudadas ellas y sorprendidos nosotros escuchamos la marcha militar y la voz del locutor oficial que leía el comunicado del primer presidente de facto de mi vida. Se llamaba Juan Carlos Onganía y había encabezado el levantamiento militar que derrocó a Arturo Illia. Su bigote oscuro y su voz de mando poblaron muchas de las pesadillas de mi infancia. Eso no lo sabía aún aquel 29 de junio. Tampoco sabía que nuestra vida estaba cambiando para siempre. Lo que sí supe enseguida es que ese día no iba a ir a la escuela, que se habían suspendido las clases, pero que, por alguna razón que se me escapaba, ése no era un motivo para celebrar. Después vinieron la represión ( la “noche de los bastones largos”, el Cordobazo), la censura, las prohibiciones, la consolidación de un modelo excluyente, autoritario y violento.

Un día de 1968 mamá nos dijo a Pablo y a mí:

“Papá está preso”. Y agregó: “No hay que decírselo a nadie. A nadie, ¿eh?”

Había cosas que era mejor no mencionar fuera de casa: los libros escondidos, las reuniones políticas, Marx, el comunismo… y papá preso. Yo por las dudas tampoco decía que mis abuelos maternos eran rusos. Los rusos eran los malos en todas las películas, y yo adoraba a los abuelos.

Alguna vez quienes nacimos en los sesenta deberíamos compartir estas experiencias de silencio obligatorio. Aprendimos a callar casi al mismo tiempo que a hablar.

Cuando finalmente en 1973 hubo elecciones democráticas en la Argentina yo era muy chica para votar. Pero recuerdo la euforia que se vivía. Recuerdo a mis padres saliendo del brazo y sonrientes rumbo a la casilla electoral. Recuerdo a Héctor Cámpora –a quien lloré años después en su velorio mexicano- con su cara de hombre bueno en la pantalla de televisión aún en banco y negro (aunque a ustedes les cueste creerlo).

La alegría duró poco. Lo demás es historia conocida: una vez más las marchas militares en la radio, la represión, la censura, la violencia. La peor dictadura de la historia argentina. La desaparición y la muerte para muchos; el exilio para nosotros y otros miles.

Voté por primera vez en 1989, y en uno de los pueblos más bellos que conozco: Tilcara, en la Quebrada de Humahuaca, provincia de Jujuy. Voté con los desheredados de la tierra que pueblan ese rincón del universo: viejos coyas, silenciosos y conmovedores. Como mis padres en el 73, salí de casa –con mi documento nacional de identidad aún sin ningún sello- sonriente y decidida a ser parte de la fiesta de la democracia. Demasiados muertos nos había costado su ausencia.

Después de esas elecciones siempre he votado en México. Y cada una de las veces (en las que indefectiblemente, como podrán imaginarse, mis candidatos pierden) la he vivido como una celebración. No estoy dispuesta por nada del mundo a renunciar a un derecho que nos ha costado tanto conseguir. La tinta que me queda en el dedo pulgar es una seña de identidad: soy de la estirpe de los que –a pesar de todo (del horror, de la violencia, de la impunidad, de la corrupción)- aún creen que no hay mejor camino que la democracia para transformar la realidad. Y que a esta democracia nuestra nos corresponde entre todos hacerla fuerte y digna de nuestros sueños y deseos.

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