Soy también lo que no fui

Para Pilar del Río, porque celebró su cumpleaños

con la historia de mi abuela

 

No hay saudades más dolorosas

que las de las cosas que nunca fueron.

Fernando Pessoa

¿Les ha pasado despertarse alguna vez con la clarísima sensación de que hay algo que les falta, algo que están extrañando, que les hace sentir un hueco muy cerca de donde dicen que está el corazón? ¿Algo que no logran identificar, que no pueden explicar qué es? ¿Desasosiego, melancolía, “morriña” (así lo llamaba mi madre), quizás?

A mí suele sucederme en los momentos menos esperados: viendo una serie por televisión, preparando el café de la mañana, dando una clase, esperando que se ponga el verde del semáforo, o empujando el carrito del súper en el pasillo de los cereales. Es como si, a la vez, fuera y no fuera yo. Como si me llegara una tristeza que no me pertenece del todo; antigua. ¿Les ha pasado?

Así, exactamente así, dicen que son las “saudades” portuguesas. Algunos traductores, tal vez poco sensibles a las sutilezas de las emociones, traducen el término de manera contundente como “nostalgia”, sin dejar lugar a la incertidumbre, al balbuceo que hace del lenguaje (y es lo que verdaderamente amo de las palabras) menos una ciencia exacta que un cierto temblor poético.

Dicen que las saudades no sólo se refieren a aquello que pasó, a aquello que perdimos, sino –y aquí está la gran diferencia- sobre todo a aquello que nunca conocimos, a aquellas vidas que no vivimos.  Y a veces el dolor que nos provocan, el hueco que sentimos dentro, es mayor que el causado por las pérdidas “reales” (¿quién puede decir cuál es la verdadera realidad?). Entonces extrañamos algo apenas intuido, como entre la bruma: la sonrisa de una abuela que no conocimos, una casa en la montaña que jamás vimos, la suavidad de una piel que no existe.

Si buscamos un poquito, podemos encontrar explicaciones e hipótesis de todo tipo: antropológicas, filosóficas, neurológicas y hasta climatológicas (hay quienes dicen que todo es culpa del viento que llega del Atlántico y envuelve en una misma ola melancólica a irlandeses, portugueses y gallegos). Están los que sostienen que ese “algo” siempre está presente en los pueblos migrantes porque no pueden dejar de imaginar la vida que habrían tenido de haber seguido en su tierra (¿se imaginan cómo me tienta esa explicación?).

Tal vez por eso me fascina la muy inquietante película de Kieslovski, “La doble vida de Verónica”. ¿Se acuerdan? ¿Quién es quién? ¿Weronika,  la bella cantante polaca, o Véronique, que en Francia ama igual que ella la música, y tiene el mismo problema cardíaco, son dos personas idénticas o son la misma? ¿Hay en algún lugar alguien –nosotros mismos- viviendo aquello que creemos no haber vivido? ¿Será un pequeño quiebre entre ambas realidades el que cada tanto nos provoca que sintamos saudades?

De todas las (imposibles) explicaciones, me quedo con la más poética; aquella que, les decía, habla de las saudades como de la melancolía, del “extrañamiento”, por aquello que no hemos vivido. “…las de las cosas que nunca fueron”, como escribió Fernando Pessoa.

O será la añoranza por todo aquello que tal vez en algún momento estuvo en nuestro camino, pero que por alguna razón no nos llegó; ya sea porque tomamos decisiones que nos llevaron por otros rumbos, o porque el propio destino las tomó. Dice Javier Marías que todas esas posibilidades se quedan en la “negra espalda del tiempo”.

Él escribió un libro con ese hermoso título, Negra espalda del tiempo. En sus páginas el relato surge a partir de una fotografía del mayor de sus hermanos, muerto a los tres años y medio, antes del nacimiento del propio Javier.

“No puedo saber cómo habría sido Julianín ni cómo me habría llevado con ese hermano desconocido.”

Me reconozco en el texto del español. Yo también tuve una hermanita que no fue. Y si esa bebé que nació cuando yo tenía sólo ocho años hubiera sobrevivido, ¿cómo habría sido mi vida? Durante toda la infancia le hablé, la invité a jugar conmigo, la imaginé corriendo por la casa. Aún hoy, cada tanto, pienso en ella y la extraño.

¿O cómo habría sido la vida de aquellos que apenas conocieron a sus padres, asesinados por la dictadura argentina (el próximo martes, 24 de marzo, se cumplen 39 años del golpe de Estado que cambió nuestra vida para siempre)? ¿Cómo habría sido la vida de un pueblo de Guerrero llamado Ayotzinapa si no le faltaran cuarenta y tres chicos? ¿Cómo sería cada uno de nosotros sin las ausencias que nos habitan?

¿Les ha pasado, como a mí, despertarse alguna vez con la clarísima sensación de que hay algo que les falta, algo que les hace sentir un hueco muy cerca de donde dicen que está el corazón?

Quizás por eso me reconozco y conmuevo con la negra espalda del tiempo de Marías, como me reconozco y conmuevo con la obra de Fernando Pessoa, o con el Ricardo Reis de José Saramago.

Porque soy también lo que no fui.

 

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