“Un guijarro contra la barbarie” o La inutilidad de la poesía

 Hay desperdicios en lo que decimos. Necesitamos esos desperdicios. Escribir, al romper el valor de intercambio que mantiene la palabra en su riel, es siempre dar a la superabundancia, a lo inútil su parte salvaje.

Hélène Cixous, La lengua de la medusa.

De la cabeza a los pies, un fulgor de sangre
sobre el mapa de México. De los desiertos
a las verdes montañas insaciables, una sombra múltiple
de fulminación y vergüenza: rostros caídos y borrados,
cabellos que el viento recoge
y luego quiebra con su mano de rayos…

David Huerta, “Sobre las muertas de Juárez”

 

1.

“¿Para qué poetas en tiempos de penurias?”, se preguntaba Hölderlin. Para qué poetas cuando el mapa de México es este fulgor de sangre, este aire desgarrado, estos huesos sembrados en tierra de nadie, arrebatados a su nombre y a su historia.

Vivimos en la sociedad de la desmemoria; en un momento en que las noticias atroces son tantas que no profundizan las heridas sino que parecen volvernos inmunes al horror. Setenta y dos migrantes en San Fernando, Tamaulipas, cuarenta y tres estudiantes en Ayotzinapa, cuarenta y nueve niños en la guardería ABC, casi mil  mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, cien mil muertos, treinta mil desaparecidos, seiscientos mil desplazados. Los números cambian  -ascienden y descienden según quien los enuncie, mientras el presidente sigue sosteniendo que “bajan las cifras de violencia en el país”-, se enciman, se superponen, y se vuelven así borrosos, confusos, pierden densidad.

¿Cómo detener-nos y dejar que el dolor de los demás –como lo llama Susan Sontag- deje su huella en nuestra piel? El vértigo, el simulacro, la apatía o incluso la conmoción que dura lo que se tarda en dar vuelta la hoja del periódico, quizás sean el modo en que buscamos olvidar también nosotros nuestro “ser para la muerte”.

¿Para qué poetas en tiempos de penurias, entonces? Quizás habría que responder con otra pregunta; la que hace el poeta colombiano Juan Manuel Roca, “…¿para qué poetas en tiempos que no sean de penurias?”[1] ¿Qué utilidad tiene la poesía? Cuestión que los seres humanos, de una u otra manera, nos planteamos desde el comienzo de los tiempos. ¿Qué utilidad tiene? Ninguna. Y eso es lo que la vuelve fundamental.

En el genial manifiesto La utilidad de lo inútil, dice el italiano Nuccio Ordine:

“Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida.”[2]

Y ahí -¿tengo que aclararlo?- está la poesía.

El puro desperdicio, el exceso, aquello que no puede ser domesticado, ni catalogado, ni clasificado. Deseo, pulsión (“Oh, qué será, qué será”, canta el brasileño Chico Buarque), lo que desestabiliza centros y periferias, lo que se dice incansablemente a sí mismo para poder nombrar lo que le rodea. Palabra inútil –volvemos a la idea- porque las leyes del intercambio le son ajenas, palabra nómade, palabra que fluye entre el placer y el dolor.

2.

Me gustaría contarles una historia que tuvo lugar en la zona de Medellín, Colombia, con jóvenes que habían pasado por situaciones de violencia, jóvenes “desechables”, como los llaman. Algunos habían sido víctimas de los militares, otros de la guerrilla, o del narco, muchos habían visto asesinar a sus familia o amigos, o habían asesinado ellos mismos, eran drogadictos, habían vivido en las calles. Michele Petit en el hermoso libro “El arte de la lectura en tiempos de crisis” cuenta la historia de una chica, amante de la poesía, que coordinaba uno de los espacios de lectura. No buscaba crear un referente “terapeútico” sino de placer abriendo “caminos hacia los territorios inexplorados de la afectividad, de las emociones, de la sensibilidad”. Con ellos,

“la oralidad es fundamental pues les resulta muy difícil apropiarse del libro como objeto, muy incómodo, al principio, reconocer en las palabras un medio para manifestar sentimientos. Y es leyéndoles poemas de Pessoa, Baudelaire, Vallejo, o Salinas, como Paola empieza cada sesión. La poesía activa en ellos sensaciones ligadas a la melancolía, a la nostalgia; permite atravesar la tristeza: ‘Es como si tuvieran la necesidad de oír algo agradable, algo que aunque hable sobre cosas dolorosas o tristes suene bello.’ Aquí, como en otros lugares, a lo largo de las sesiones la lectura reactiva la palabra: basta una frase de César Vallejo sobre los golpes que da la vida para que todos empiecen a querer contarle a los demás los golpes que han recibido ellos mismos…”.[3]

La poesía dicha en voz alta, convoca el ritual de la escucha compartida formando así comunidad. Desde el principio de los tiempos. Pareciera que tenemos necesidad de hacer comunidad por medio de las palabras. De sentir que todos juntos podemos ser más fuertes que el horror y la violencia. Es como recuperar aquella primera función de los arrullos, aquella que buscaba transmitirnos tranquilidad; “todo va a estar bien”, parecía decir nuestra madre al cantarnos. Dicen que el sentido de los primeros versos o poemas que se le dicen a un niño es precisamente ése tranquilizarlo, darle paz, por eso es menos importante el significado que el ritmo.

Los ejemplos de la creación de comunidad a través de la palabra poética son muchos. En México, hemos visto atestado Bellas Artes o el Centro Cultural Universitario de la UNAM para escuchar a Jaime Sabines o a Juan Gelman. Sabemos de los poemas que los presos se pasaban en las cárceles durante la dictadura argentina. Como dice George Yúdice, « El testimonio no responde al imperativo de producir la verdad cognitiva -ni tampoco de deshacerla- su modus operandi es la construcción comunicativa de una praxis solidaria y emancipatoria » La poesía como construcción de solidaridad.[4]

Sabemos de los recluidos en campos de concentración que se recitaban a sí mismos fragmentos enteros de obras literarias, simplemente para comprobar que seguían siendo seres humanos.

Quizás sean los chicos que se juntan a hacer rap y hip hop en las calles, o los que buscan espacios colectivos donde leer o escuchar poesía lo que puedan decirnos “para qué poetas en tiempos de penurias”.

3.

Una mujer se forma. En silencio, con un traje oscuro y el rostro surcado por las huellas de la desesperanza. Otras como ella también están allí. Así lo cuenta en el prólogo del desgarrador poema llamado “Requiem”:

“En los terribles años de Yezhov hice fila durante diecisiete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me “reconoció”. Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con el frío azul en sus labios y que, evidentemente, nunca había oído mi nombre, despertó del desasosiego habitual en todas nosotras y me preguntó al oído (allí todas hablábamos entre susurros):
-¿Y usted puede describir esto?
Y yo dije:
-Puedo.
Entonces algo similar a una sonrisa se asomó en lo que una vez había sido su rostro.”

Por supuesto, estoy hablando de Anna Ajmátova. “Yo quería mencionarlos a todos por su nombre”, dice en el poema “Réquiem”. Escrito como homenaje a las víctimas de la violencia del Estado en la Rusia de Stalin, en él están su marido que murió fusilado, el hijo encarcelado en Siberia, los amigos muertos en los campos de concentración y su propio dolor.

Del silencio a la denuncia, Ajmátova (apellido que recupera el de su abuela tártara, ya que su padre le prohibió publicar versos con el nombre de la familia) sabe que es necesario nombrar a aquellos que han sido despojados de su identidad para recordarlos, para volver a darles un rostro, para restituirles la humanidad que han pretendido arrebatarles.

“Y les daré un nombre eterno”, dice Isaías, y Claude Lanzmann inicia con esa frase su película Shoa, quizás el film más importante que se ha hecho sobre este tema. Ana Ajmátova escribe para mencionarlos a todos, para reconocer cada nombre secreto, cada nombre eterno: el de su hijo, el de su compañero, el de Osip Mandelstam; “Quién sabe al decir esa palabra —adiós— cuánta separación nos aguarda”, había escrito el poeta ruso.

La poeta prohibida, censurada, dolida, memoriza algunos de sus versos, los quema, pero los repite a quien quiera escucharlos.

Nombrar, darles historia, raíces, memoria. Si el castigo es siempre arrebatar la identidad, al grado de deshollar a las víctimas para que no puedan ser identificadas, el nombrar es un acto de humanidad, de justicia, de piedad.

Ante el horror de los 72 migrantes asesinados en San Fernando, Tamaulipas, en agosto de 2010, la periodista Alma Guillermoprieto concibió un homenaje para ellos: un altar virtual. Para ello invitó a fotógrafos, escritores y periodistas a que eligieran “su” homenajeado. Muchos de ellos no tenían nombre. No se sabía quiénes eran, de dónde venían. Escribir sobre su muerte fue también una forma de darles identidad.

Pienso en la importancia de un gesto como el que cada día se realiza en twitter, encabezado por Epigmenio Ibarra, del “pase de lista” con los nombres de los niños víctimas de la negligencia y la irresponsabilidad en la Guardería ABC .

O en el brutal poema “Los muertos” de María Rivera que se ha vuelto una suerte de plegaria colectiva en muchos de los actos vinculados a los derechos humanos. Copio sólo uno de los fragmentos que tiene que ver con los nombres:

…se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

 

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne…[5]

4.

Y hoy ¿para qué poetas en este México nuestro?, vuelvo a preguntar(me).

Cuando para el día de muertos del año pasado descubrimos sobre una pared de Oaxaca el poema que David Huerta le dedicó a los 43 estudiantes de Ayotzinapa, y enseguida nos enteramos de que había sido reproducido en cientos de sitios de internet casi al mismo tiempo, supimos que los poemas volvían a ser como los cantares de gesta  del medioevo: una forma de dar a conocer las noticias, pero sobre todo una forma de resistir y sobrevivir al horror haciendo comunidad. (transcribo el primer fragmento)

Ayotzinapa

Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

Estamos perdidos entre bocanadas
De azufre maldito
Y fogatas arrasadoras
Estamos con los ojos abiertos
Y los ojos los tenemos llenos
De cristales punzantes

Estamos tratando de dar
Nuestras manos de vivos
A los muertos y a los desaparecidos
Pero se alejan y nos abandonan
Con un gesto de infinita lejanía

El pan se quema
Los rostros se queman arrancados
De la vida y no hay manos
Ni hay rostros
Ni hay país

Solamente hay una vibración
Tupida de lágrimas
Un largo grito
Donde nos hemos confundido
Los vivos y los muertos…[6]

Recibo una antología de poesía sobre la violencia (gracias a Luis Felipe Lomelí por hacérmela llegar). Reúne poemas de dos países: Colombia y México. Entre los nuestros están Octavio Paz y Rosario Castellanos, José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid, Jorge Esquinca, Carmen Boullosa, María Baranda, Eduardo Vásquez Martín, Juan Domingo Argüelles y varios más.[7]

Si la poesía se construye desde el silencio para regresar a él, el cierre del libro es el más doloroso, el más brutal; es el del poema de la renuncia a las palabras de Javier Sicilia.

Ya no hay más que decir

el mundo ya no es digno de la Palabra

nos la ahogaron adentro

como te asfixiaron

como te desgarraron a ti los pulmones

y el dolor no se me aparta

 

sólo pervive el mundo por un puñado de justos

por tu silencio y el mío

Juanelo.

El silencio de Sicilia es, sin embargo, palabra de esperanza para muchos. Como respuesta a su último poema nació el libro: Poemas para un poeta que dejó la poesía, compilado por Eusebio Ruvalcaba con el apoyo de Víctor Roura (Cuadernos de El Financiero, 2011) en el que se reúnen textos escritos para acompañar los versos de Sicilia.

Me gustaría cerrar estas líneas con lo que allí publica José Emilio Pacheco:

“Pienso que cada verso por humilde que sea / es un guijarro contra la barbarie / una llamita entre la oscuridad, un dibujo a ciegas / en la caverna a la que hemos regresado, / un segundo de paz entre la violencia / omnipresente y proliferante.”

Sigamos defendiendo juntos la posibilidad de poner guijarros en el camino de la barbarie.

Quizás valdría la pena terminar con la cita de Steiner:

Si el silencio hubiera de retornar a una civilización destruida, sería un silencio doble, clamoroso y desesperado por el recuerdo de la Palabra.
George Steiner


[2] Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil, Barcelona, Acantilado, 2013. El comienzo del párrafo es el siguientes: “…he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista.” Final: “Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.”

[3] Michele Petit, La lectura en tiempos de crisis, Ed. Océano.

[4] George Yúdice, « Testimonio y concientización », Revista de Crítica Literaria Latinoamericana N°3, cit. En “Resistencia y poesía en las cárceles argentinas” http://amerika.revues.org/3904#tocto1n2

[6] Poema completo en https://goo.gl/EB3Vu8

[7] Espejo de doble filo.  Antología binacional de poesía de la violencia, Colombia – México. Selección y prólogo: Iván Trejo

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