Las doradas manzanas del atardecer

 Para Jacobo Sefamí, “Jacobiux”, con

agradecimiento por la invitación.

Para mis colegas y estudiantes de Middlebury

por hacerme sentir en casa.

 

El cielo es un incendio de colores: rojos, violetas, naranjas. Una fiesta de luces. Helios ha llegado al jardín de las Hespérides; las doradas manzanas que allí cuidan las ninfas derraman su brillo. Hasta el aire se queda quieto, entonces, admirando la maestría de los antiguos dioses. Paz en el atardecer de un pueblo de Nueva Inglaterra.

Es julio de 2015, pero podría ser julio de 1936 o 1940. Por este mismo paisaje en el que la vida y la generosidad de los amigos me han puesto este verano, y hace ya más de setenta años, caminaron -condenados al exilio por la Guerra Civil- algunos de los escritores españoles más entrañables. Puedo imaginar -¿por qué no?- que se sentaron en esta misma banca donde ahora estoy sentada. Y mientras veo ponerse el sol en un ocaso tan largo como los de mi infancia (Buenos Aires y Middlebury están casi a la misma distancia del Ecuador), viene a mí la presencia de estos poetas con los que crecí; los poetas que recitaba mamá por el puro gusto de disfrutar las palabras, y cuyos versos volví a escuchar más adelante en el castellano maravilloso del querido Luis Rius, en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con una voz profunda y dulce que nos enamoraba por igual a chicas y chicos, todos ávidos de poesía.

Aquí llegó Pedro Salinas, estando fresca aún su traducción de Proust, la misma que me ha acompañado, de país en país, de casa en casa, de vida en vida. Llegó en 1937 y poco tiempo después le otorgaron el doctorado honoris causa. Siguió viniendo verano tras verano durante muchos años. Quizás aquí escribiera alguno de esos bellísimos poemas que celebraron mi propia historia de amor y siguen hoy celebrándola.

Tú aquí delante. Mirándote
yo. ¡Qué bodas
tuyas, mías, con lo exacto!

Pedro Salinas era el mayor de los poetas de la generación del 27, había nacido en 1891, y hablaba de la poesía como de un ahondamiento en la realidad, “una aventura hacia lo absoluto. Se llega más o menos cerca, se recorre más o menos camino: eso es todo”. El “poeta del amor” lo llamaban; de un amor que no era jamás sufrimiento sino fuerza, plenitud, descubrimiento compartido: “¡Qué alegría vivir / sintiéndose vivido…!”. Su periodo americano es la época de Razón de amor Largo lamento, los extensos poemas que siguen a su muy conocido -y bellísimo- La voz a ti debida. Díganme si no mueren de amor con estos versos:

Yo no puedo darte más.
No soy más que lo que soy.

¡Ay, cómo quisiera ser
arena, sol, en estío!
Que te tendieses
descansada a descansar.
Que me dejaras
tu cuerpo al marcharte, huella
tierna, tibia, inolvidable.
Y que contigo se fuese
sobre ti, mi beso lento:
color,
desde la nuca al talón,
moreno.

(…)

¡Y, ay, cómo quisiera ser
una alegría entre todas,
una sola, la alegría
con que te alegraras tú!
Un amor, un amor solo:
el amor del que tú te enamorases.
Pero
no soy más que lo que soy.

 En su paso por las aulas de la Universidad de Sevilla, Pedro Salinas tuvo como alumno a un jovencísimo Luis Cernuda. El sevillano era once años menor que su profesor; tímido, solitario, con una tendencia natural al aislamiento, se sabía diferente. Dicen que el descubrimiento de la poesía y de su homosexualidad se dieron al mismo tiempo. No debe haber sido nada fácil con un padre militar, rígido y autoritario. Salinas y los versos fueron un apoyo fundamental. Como luego lo serían sus amigos poetas: Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, y el más cercano: Federico García Lorca. Ambos se conocieron en la celebración de Góngora que da nombre a la Generación del 27; diría Cernuda a raíz de ese encuentro: “Algo que yo apenas conocía o que no quería reconocer comenzó a unirnos por encima de aquella presentación un poco teatral”. Es a García Lorca a quien le escribió la dolorosa elegía “A un poeta muerto”, cuyo comienzo dice:

Así como en la roca nunca vemos
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire.

(…)

Triste sino nacer
Con algún don ilustre
Aquí, donde los hombres
En su miseria sólo saben
El insulto, la mofa, el recelo profundo
Ante aquel que ilumina las palabras opacas
Por el oculto fuego originario.

 En 1946 llega a vivir a Estados Unidos, y también él pasará los veranos en Middlebury College, dando clases en la prestigiosa escuela de lenguas fundada hace ¡cien años! Durante ese tiempo empieza a escribir Con las horas contadas, y en un viaje a México conoce a quien le inspira el bellísimo Poemas para un cuerpo.

(…)

Antes que el plazo acabe
de vivir, a tu imagen

Tan querida me vuelvo
aquí, en el pensamiento,

Y aunque tú no has de verlas,
para hablar con tu ausencia

Estas líneas escribo,
únicamente por estar contigo.

Tanto Pedro Salinas como Luis Cernuda alternaron largas temporadas en las universidades americanas con la búsqueda de lugares más cálidos, sobre todo durante los crudos inviernos del norte. Salinas eligió Puerto Rico, y Luis Cernuda, México.

Durante varios veranos coincidieron en estas tierras de Vermont, rodeados de jóvenes estadounidenses deseosos de aprender nuestra lengua, con Jorge Guillén, con Isabel y Francisco García Lorca, con Américo Castro, con Amado Alonso.

Hoy que escribo habrá luna azul en nuestro cielo, la segunda luna llena de este julio, quizás por eso vuelvo a escuchar los versos de Cernuda:

Mágica por el cielo

La luna fulge, llena

Luna de parasceve.

Azahar, luna, música… 

Los fantasmas de los poetas que me conmueven desde siempre, miran conmigo esta fiesta del jardín de las Hespérides, cubiertos todos de la luz dorada de las manzanas del atardecer.

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