Por siempre Rita

Estupenda: pelo de fuego, vestido entallado, sonrisa entre seductora y canchera… así entra ella al pequeño escenario. Lo que estamos a punto de presenciar juntos, el público y nosotros, es una escena que se volverá de culto: el striptease más famoso de la historia del cine. Por favor, damas y caballeros, amigos que nos acompañan, disfrutémoslo juntos.

Es Gilda, la única. La que provoca revuelo a su paso, la que enardece a quienes la miran con solo enseñar un brazo desnudo, la que baila como si el mundo fuera a acabarse en este mismo instante. ¿Habrá alguien que mire esta escena y no se enamore de ella?

“El problema –dijo alguna vez Rita Hayworth- es que los hombres se acuestan con Gilda, pero se levantan conmigo.”

Gilda no es Rita. ¿No lo es? Hay detrás de Rita una historia nada glamorosa de abusos, de dolor, de maltrato, alejada de la sensualidad “latina” de su personaje más conocido.

Margarita Carmen Cansino nació en Nueva York el 17 de octubre de 1918; era la hija mayor del matrimonio formado por el bailarín sevillano Eduardo Cansino y por la americana Volga Hayworth, también bailarina, que formaba parte de los Ziegfeld Follies. Él, que tenía con su hermana el dúo “The dancing Cansinos”, rápidamente se dio cuenta de que la incipiente industria cinematográfica podía ser un buen negocio para la familia. Así que con su mujer y sus tres hijos dejó la oscura y difícil vida de Manhattan y se instaló en Los Ángeles. Los primeros tiempos fueron buenos, la academia de baile funcionaba bien, y Eduardo conseguía pequeños papeles en algunas películas. La crisis de 1929 le dio un primer golpe a su american dream, y lo llevó a querer probar suerte al otro lado de la frontera. Se instaló entonces en Chula Vista, y cruzaba cada noche al lujoso Casino de Aguacaliente de Tijuana. Allí hizo debutar a su nueva pareja de baile, la “pequeña” Margarita –Rita- quien a los trece años ya tenía el cuerpo de una mujer. Con un talento natural para la danza, el padre decidió que ése y sólo ése podía ser su destino: tenía que ser una gran bailarina… ¡Mejor aún! Tenía que ser una gran estrella de Hollywood. Por bailar Rita no iba a la escuela, no tenía amigos de su edad, ni ninguna de las diversiones que hacen que una niña sea una niña.
Durante horas se preparaba para llegar a ser esa estrella con la que soñaba Eduardo Cansino.  También por las noches el cuerpo y la voluntad de Rita estaban a disposición de su padre, tal como ella se lo confesó a Orson Welles. El miedo se transformó para ella en una marca cotidiana. Miedo. Vergüenza. Culpa. ¿Qué pasa realmente por la cabeza de una niña que es abusada por su padre? Pero el horror no se terminaba ahí: Tijuana significaba también los hombres con los que su padre la obligaba a pasar la noche. Entre ellos debía aparecer aquel que le diera la oportunidad de debutar en la pantalla grande.

Finalmente fue su primer marido, Edward Judson, quien le consiguió un contrato con una de las empresas más importantes del mundo del cine: Columbia Pictures. Comenzó entonces las veloz carrera de Rita quien, a partir de ese momento, tomó la decisión de no llevar nunca más el apellido paterno y usar el Hayworth de su madre. Volga, que fue siempre una mujer melancólica y maltratada, y cuya compañía más frecuente era el alcohol, miraba con orgullo no exento de culpa a esa hija que empezaba a convertirse en el sex symbol americano. Una de las cosas que más recordaba Rita de su primera época en Hollywood eran las muy dolorosas sesiones de depilación electrolítica a las que tenía que someterse para que le ampliaran la frente. ¿Dónde se ha visto un símbolo sexual con la frente tan estrecha?

Pero la verdadera fama comenzaría a tocarla con su pase a la Twentieth Century Fox, y especialmente con el papel de Doña Sol, en Sangre y arena (1941), película protagonizada por Tyron Power y Linda Darnell. A los los pocos años llegó su mayor éxito: Gilda (1946), una película de Charles Vidor en la que Rita consolida su imagen de sex symbol absoluto, pelirrojo y explosivo. En su momento, el film fue un escándalo. En algunos países, como España, lo prohibieron porque las “buenas conciencias” se sintieron ofendidas. Pero también hubo fanáticos, como el grupo de muchachos que hizo una expedición a los Andes para enterrar una copia de la película y que de ese modo se salvara en caso de emergencia nuclear. Rita despertaba las más encendidas pasiones.

Pero al tiempo que su carrera profesional se fortalecía, su vida personal avanzaba dando tumbos. Después del matrimonio con Judson, se casó con Orson Welles, enfant terrible de Hollywood, brillante y egocéntrico; con él tuvo a su primera hija, Rebeca. Al fracaso de esa relación, le siguió un encendido romance y el casamiento nada menos que con el príncipe Ali Khan. Nació entonces su segunda hija, Yasmin. Todos se enamoraban de Rita (¿o de Gilda?).

Sabemos poco del maltrato y las vejaciones. Con cada uno de los hombres de su vida reprodujo, en cierta forma, el modelo impuesto por  Eduardo Cansino. Ante sus raptos de violencia, Rita bajaba la cabeza y respondía “Sí, papá”. Así lo contó una de sus vecinitas de Chula Vista:

“Nos sorprendía esa niña a la que nunca dejaban salir a jugar. Espiábamos entonces por las ventanas y la veíamos bailar maravillosamente y soportar en silencio los gritos enardecidos del padre. Más tarde conoceríamos la verdadera historia.”

Sin embargo, lo que realmente me volvió loca durante el tiempo en que viví obsesionada por Rita Hayworth (porque quizás debería haber empezado este artículos contándoles eso: que viví obsesionada por Rita), fue una de las últimas etapas de su vida, y es ese periodo el que se convirtió en el germen de La estirpe del silencio. La historia es así: con menos de sesenta años, la actriz empezó a manifestar síntomas de una enfermedad que rápidamente adjudicaron a su alcoholismo: pérdida de la memoria, inestabilidad emocional. Más adelante se supo que era el comienzo del Alzheimer que acabaría con su vida. Fue entonces cuando uno de sus amigos de Hollywood le recomendó ir al “mejor lugar del mundo para males como el tuyo, mi querida”; un sitio en el que el aire frío fortalecería su cada vez más endebles capacidades mentales: ¡¡Puerto Madryn en la Patagonia argentina!! Y hacia allá fue una Rita envejecida y enferma, a esperar, frente al mar oscuro del sur, un milagro que nunca llegó.

Margarita Carmen Cansino, la gran Rita Hayworth, murió el 14 de mayo de 1987. Hacía ya tiempo que pertenecía al mundo de las leyendas.

Hoy que conozco la historia de su vida, cuando miro la maravillosa escena del striptease, me entran unas ganas locas de correr a abrazarla para decirle simplemente que todo va a estar bien.

Quizás sólo por eso escribí la novela, para poder abrazarla a ella y a tantas otras como ella, y decirles “Todo va a estar bien, queridas mías”.

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