¿Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma?

 “Que dirá el Santo Padre que vive en Roma que le están degollando a su paloma…”,

 Violeta Parra

 

1. Este artículo que se publica cada domingo y que ustedes están leyendo hoy, suelo escribirlo entre miércoles y jueves, e intento entregarlo puntualmente todos los viernes. Esta semana no fue la excepción. El jueves lo tenía casi listo, y esperaba darle solamente una leída para corregir los últimos detalles y mandarlo a tiempo a la redacción de SinEmbargo.

Pero las páginas que había escrito no tenían nada que ver con esto que entregué. Hoy en la mañana al mirar la primera plana del periódico me encontré con esta frase: “Pido perdón por las ofensas de la Iglesia y por los crímenes de la conquista”, acompañada de un primer plano del Papa Francisco. No, no es el día de los inocentes. No es una broma. Jorge Bergoglio, sumo pontífice de la Iglesia Católica, pronunció uno de los discursos más críticos y comprometidos que se han escuchado por estas tierras nuestras en mucho, mucho tiempo.

Rápidamente dejé de lado la nota que había preparado, y decidí preguntarme, junto con ustedes, qué dice el Santo Padre.

2. Si un Papa pide perdón “por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”, si convoca a organizarse para “poner la economía al servicio de los pueblos”, si dice que hace falta “un cambio de estructuras” porque “este sistema ya no se aguanta”, si habla de Patria Grande, si afirma que “el colonialismo viejo y nuevo reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato”, mi tradicional incredulidad ante la Iglesia, hija de un ateísmo (¿o agnosticismo?) de vieja cepa, se pone en estado de alerta, y piensa: Aquí pasa algo.

Hay una historia que me gusta mucho porque muestra con claridad el origen complejo y violento de nuestra América. La historia aparece en el llamado Diálogo de Cajamarca y narra el encuentro entre el Inca Atahualpa y el padre Vicente Valverde, monje dominico originario de Toledo que llegó a América con Francisco Pizarro. El primero, Atahualpa, encarna la cultura indígena y su vínculo con la oralidad, mientras el segundo representa al imperio español y su devoción por la palabra escrita. En la escena narrada, Valverde le exige a Atahualpa que renuncie a su religión y confíe en “el único dios verdadero”; para ello le da un ejemplar de la Biblia subrayando que ese libro “dice la verdad”. Atahualpa lo toma y se lo acerca al oído, al no escuchar nada, lo tira al tiempo que dice: “A mí no me dice nada este libro”. Guamán Poma de Ayala relata este episodio (considerado por el crítico literario peruano Antonio Cornejo Polar, hacia 1980, como “el grado cero de las literaturas latinoamericanas”) en su “Nueva Coronica y buen gobierno”, escrito entre 1600 y 1615, haciendo énfasis en el desencuentro entre dos visiones de mundo representadas en términos de comunicación: la oralidad y la escritura. Y cierra la descripción del cuadro contando que, ante el rechazo de la palabra divina, los españoles “comenzaron a matar indios como hormigas”.

Cuatrocientos años después, en esa misma zona del mundo, el representante del Vaticano que sabe que somos hijos de episodios como el Diálogo de Cajamarca, da un discurso duro y crítico contra el sistema económico que hiere nuestros países, que excluye y vulnera a “los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos…”. Y pide disculpas. Inteligentemente reúne oralidad y escritura al pie de los Andes. Tarde, pero marca un cambio. O eso queremos creer.

Queremos creer en que se aleja de los sectores más conservadores y se acerca a las viejas ideas de la iglesia de los pobres. Esa iglesia que tuvo entre sus filas a personajes como Oscar Arnulfo Romero, Enrique Angelelli, Samuel Ruiz, Sergio Méndez Arceo, o Ernesto Cardenal, entre muchos otros. ¿Será?

3.

El papa Francisco recibe un regalo de Evo Morales.
(EFE/ Agencia Boliviana de Información)

Esta fotografía salió en todos los medios del continente: Evo Morales le entrega al Papa un extraño crucifijo sobre la hoz y el martillo. Más allá de las interpretaciones que empezaron a circular, la historia es clara y muestra nuevamente el rostro complejo y doliente de América Latina. Se trata de una réplica del crucifijo tallado por el jesuita catalán Luis Espinal Camps. Espinal, quien llegó a Bolivia hacia 1970 a hacer trabajo pastoral, veía en esa imagen la necesaria unión que debía haber entre la Iglesia y la clase obrera. Se sumó a la huelga de hambre de las mujeres mineras en 1977, exigió junto con ellas amnistía general y el retiro del ejército de los centros mineros; como consecuencia de este movimiento el general Hugo Bánzer tuvo que abandonar la presidencia. Pero el sacerdote pagó las consecuencias de sus acciones: fue asesinado de diecisiete balazos el marzo de 1980 por la dictadura de Luis García Meza.

En su camino de El Alto hacia La Paz, muy cerca ya de la ciudad, el Papa se detuvo.

“Me detuve aquí… para recordar a un hermano nuestro, víctima de intereses que no querían que se luche por la libertad de Bolivia. El padre Espinal predicó el Evangelio y ese Evangelio molestó. Por eso lo eliminaron.”

“¿Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma?”, se preguntaba Violeta Parra. Hoy Francisco le responde; y lo hace no desde la soberbia del discurso dominante, sino desde la humildad, desde la aceptación de otras verdades, de realidades diferentes, de rostros diversos. Desde ahí reconoce los horrores pasados y presentes; las complicidades de las cuales se avergüenza la Iglesia que él representa. Habla para los desposeídos, para los marginados, con una nueva voz, para evitar que sigan degollando a la paloma. No sé ustedes, pero yo –desde mi más completo agnosticismo- le doy un voto de confianza.

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