Somos un animal feroz

 Cada persona que muere es un pedazo de mundo que muere. 

Sebastião Salgado

Llevo un buen rato frente a la pantalla tratando de encontrar el adjetivo justo: ¿conmovedor?, ¿desgarrador?, ¿maravilloso?, ¿terrible? ¿Todos ellos a la vez? ¿Qué puedo decir de “La sal de la tierra”, el documental que Wim Wenders realizó sobre el fotógrafo brasileño Sebastião Salgado? ¿Qué puedo decir que logre transmitirles a ustedes el grado de conmoción absoluta en que me encuentro después de haber visto las imágenes de este nuevo trabajo del cineasta alemán? Wenders, cuyo cumpleaños, por cierto, fue hace pocos días -el 14 de agosto-, es un tipo que siempre me sacude y me emociona. Antes de esta película fue con “Pina”, y antes con “Historia de Lisboa”, y mucho antes con “París, Texas”, y  muchísimo antes con “Alicia en las ciudades”, y por supuesto con uno de mis talismanes, “Las alas del deseo”; una película que me cambió la vida la primera vez que la vi, y que me sigue transformando cada vez que vuelvo a sumergirme en ella. Sus obras son parte de mi historia (¡incluso de mi prehistoria!). Y aquí está otra vez, dándome un “cross a la mandíbula”, como quería Roberto Arlt de la literatura; un golpe al esternón, allí donde dicen que está el plexo solar, donde dicen que está el alma.Y allí mismo, quedándome casi sin aire muchas veces, recibo las imágenes de Salgado. Desde siempre. Es imposible salir incólume de las miradas que mira el fotógrafo a través de su cámara.

“Cuando haces un retrato –ha dicho- la otra persona te está ofreciendo la foto.”

Es imposible salir incólume del hambre, del dolor, de la ambición, de las injusticias, de las desigualdades, de la muerte, que sus fotografías retratan.

En “La sal de la tierra” se juntan ambos monstruos de la creación, la ética y el compromiso, y yo intento encontrar el adjetivo justo para contarles a ustedes el resultado de este encuentro. ¿Conmovedor?, ¿desgarrador?, ¿maravilloso?, ¿terrible? En todo caso, lo que sí puedo decirles es que no saldrán del cine (o de la pantalla de la televisión) siendo los mismos que cuando entraron.

El proyecto nace también como la búsqueda del padre que lleva a cabo un hijo: Juliano Ribeiro Salgado, codirector del documental. Con una infancia y adolescencia marcadas por las largas ausencias de Sebastião, Juliano hace, a través de este film, que la relación entre ambos reaparezca, se consolide.

“La sal de la tierra” es un viaje en todos los sentidos de la palabra. Un viaje por diversas geografías, pero también un viaje por diversos tiempos históricos que increíblemente conviven con nuestro presente, un viaje por las entrañas del horror de lo que los seres humanos somos capaces de hacer, y un viaje a las preguntas esenciales que tenemos guardadas en lo más profundo de nuestro ser.

La historia comienza en 1944 con el nacimiento de un niño en Aymorés (Minas Gerais). Un niño, Sebastião, que crecerá amando esa tierra, ese paisaje y a su gente. Lo reencontramos en los años sesenta. Brasil vive bajo dictadura. Y es en este contexto que Sebastião va a la universidad, estudia economía, se enamora de Léila y se casa. Ante la violencia del gobierno militar, deciden exiliarse en Europa. Ya en París, durante la primera etapa de ese exilio, ella compra una cámara fotográfica como complemento para realizar sus trabajos de estudiante de arquitectura; una cámara representará un parteaguas en la vida de ambos. Quien empieza a usarla y a disfrutarla es él, Sebastião, y descubre entonces que tomar fotos lo hace mucho más feliz que trabajar como economista. Comienza así una vida dedicada a la fotografía. En realidad yo tendría que decirlo de otra manera; quizás: Comienza así una vida que nos permitirá al resto de los mortales conocer una parte fundamental de nuestro propia realidad.

Después de algunos viajes por Europa y África, Salgado dedicó siete años a recorrer  América Latina. A través de la lente se reencontraría con su tierra de origen y mostraría al mundo un rostro desconocido de nuestro continente.

A éste seguirían otros proyectos, otros recorridos, otros seres delante de la cámara, pero el mismo dolor, las mismas injusticias, la misma violencia. “Somos un animal feroz”, dice Salgado al volver a mirar las fotos tomadas en Sahel (Chad, Etiopía, Sudán, Eritrea, Mali). Durante meses viajó con Médicos sin Fronteras por esa zona que estaba sufriendo la peor sequía de su historia. El hambre y la sed diezmaban a la población. Aparecen en sus imágenes decenas y decenas de cuerpos que son sólo piel resquebrajada y huesos; algunos vivos, otros muertos, aunque la mayor parte de las veces la diferencia entre unos y otros es apenas perceptible. Mujeres, hombres, y muchos, muchos niños. Varios mueren frente a él. A Sebastião Salgado se le quiebra la voz: “Somos un animal feroz”, dice. “No sabes la cantidad de veces que aventé la cámara y me puse a llorar”, le confiesa a Wim Wenders casi en un susurro.

 

Los proyectos siguientes lo llevan nuevamente a las entrañas del dolor, de la violencia, de las desigualdades. Como “Trabajadores” (1996) y “La mina de oro de Sierra Pelada” (1999)

 

Después llegará “Éxodos” (2000), en el cual sus imágenes darán testimonio de los horrores de los campos de refugiados en todo el mundo.Pero hay un momento de quiebre, un momento en el que Salgado ya no puede más. El genocidio en Ruanda.Necesitará varios años para curarse del espanto –“Mi alma estaba enferma”-; para volver a creer que otro mundo es posible. Ese otro mundo nacerá no de los seres humanos sino de la propia naturaleza. Surge entonces el proyecto más reciente del fotógrafo: “Génesis”. “Tiempo de ver y de entender que soy tan naturaleza como una tortuga o un árbol, como una piedra.”

El inicio lo marca el deseo de reforestar la selva amazónica; junto a Lélia –quien ha sido su acompañante, sostén y cómplice amorosa en cada uno de sus proyectos- comenzó a plantar árboles y acabó fundando el Instituto Terra, un recinto de 17 mil acres que repobló con más de 2,5 millones de árboles. “Génesis” es el rostro de nuestro planeta, lo que aún queda fuera de la rapiña y la ambición de los seres humanos; es un canto a la naturaleza y un grito de esperanza ante el horror.

 

Las fotografías de Sebastião Salgado ponen en escena también un tema complejo y muy discutido: la aporía del arte y el horror. ¿Se puede hablar del sufrimiento, de las atrocidades, de la violencia, desde la belleza? Porque hay que decir que las imágenes de Salgado son de una belleza sorprendente. Todas. Aun las más terribles. ¿Es ético construir belleza desde el espanto? ¿Es válida la estetización de la miseria? Salgado conmueve. Y en ese proceso de conmovernos aprendemos a mirar lo que hay a nuestro alrededor, aprendemos a sentir nuestra propia responsabilidad ante las realidades más dolorosas, nuestra propia responsabilidad ante los otros (ante el rostro del Otro, diría Lévinas).

El propio Salgado responde:

…fotografié [el horror] con todo mi corazón. Pensaba que todo el mundo debía saberlo. Nadie tiene derecho a protegerse de las tragedias de su tiempo porque somos todos responsables, en cierto modo, de lo que ocurre en la sociedad que hemos elegido vivir.

Esta sociedad de consumo en la que participamos todos, debemos todos admitir que explota y empobrece a un enorme número de habitantes del planeta. (…) Es nuestro mundo, debemos asumirlo. No son las fotografías las que crean las catástrofes. Las fotos no son más que los síntomas de la disfunción de este mundo en el que participamos todos. Los fotógrafos están ahí para ser su espejo, igual que los periodistas.

Mi objetivo no es dar lecciones, ni crear buena conciencia provocando tal o cual sentimiento de compasión. Tomé estas imágenes porque tenía la obligación moral, ética, de hacerlo.

Quizás deberíamos preguntarnos nosotros cuál es el objetivo que buscamos al mirar sus fotografías.

Conmocionada, sacudida, y sin haber encontrado aún el adjetivo preciso para hablarles del documental “La sal de la tierra” (¿conmovedor?, ¿desgarrador?, ¿maravilloso?, ¿terrible? ¿Todos ellos a la vez?)  cierro estas líneas.

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