Dos veces única: otro modo de ser

Lupe Marín retratada por Diego Rivera. Imagen: tomada de Internet.

Guadalupe viene hacia él, sus labios de gajos rojos se caen de tan llenos, sus manos sobre su vientre se abren y Diego la abarca entera, alta como él, voraz como él.

–       ¿A poco toda es fruta es suya?

Sí, toda la fruta es de Diego Rivera, la luz en los melones y las naranjas es de Diego Rivera, el suave vello que cubre los duraznos y la piel de las uvas es de Diego Rivera.

Desde ese día Lupe se come al pintor…

Éste es el comienzo de Dos veces única, la nueva novela de Elena Poniatowska (Seix Barral, 2015). Una novela dedicada a Lupe Marín –María Guadalupe Marín Preciado, quien naciera el 16 de octubre de 1895 en Zapotlán El Grande (Ciudad Guzmán), Jalisco. Fue la séptima hija del matrimonio formado por Francisco Marín Palomino e Isabel Preciado Cárdenas.

Una novela dedicada a una mujer clave en la escena cultural de las primeras décadas del siglo XX. O debería decir mejor: una novela dedicada a México. A un México en plena ebullición posrevolucionaria, un México en que las tensiones entre los diferentes proyectos de país -políticos, sociales, educativos y culturales-, van construyendo un mapa complejo, rico, violento, sugerente. El México que Elena conoció al llegar de Francia en 1942. El México que la sedujo. El México a cuya gente e historias ha dedicado con pasión su vida. El México que le duele todos los días. El México que ama sin cortapisas. En ese México de los años treinta y cuarenta los muralistas conviven con los Contemporáneos, el nacionalismo y el cosmopolitismo se ven como las dos caras irreconciliables de una misma moneda, y establecen de esa manera las grandes líneas por las que circulará el futuro cultural del país. Y allí, entre esas maneras de mirar el mundo, se alza –tan grande en las páginas del libro como en los murales de Diego- la fascinante imagen de Lupe Marín. Personaje contradictorio, la “Prieta mula”, como la llamaba Rivera, era a un tiempo seductora y violenta, egocéntrica y generosa, intensa, voraz, ávida de conocimiento y de amor, celosa, apasionada, absolutamente desbordante y cautivadora. En un país que buscaba educar a sus mujeres para ser dóciles, obedientes y silenciosas (”Calladitas se ven más bonitas…”), Lupe Marín desafió todos los cánones. Fue única. Dos veces única. El título juega, por supuesto, con el de la novela escrita por la propia Lupe, La única.

Fue modelo y permanente compañera para Diego, aun divorciados. Se casó con Jorge Cuesta, quizás el más enigmático de los Contemporáneos, el más desgarrado, el más lastimado por esa herida original con la que algunos seres no aprenden nunca a convivir. Su “Canto a un dios mineral” hipnotiza en su búsqueda de una lengua y una forma que sea expresión, no de los afectos sino de la inteligencia, científico y admirador de Valéry al fin, como bien lo ha señalado Adolfo Castañón.

Capto la seña de una mano y veo
que hay una libertad en mi deseo;
ni dura ni reposa;
las nubes de su objeto el tiempo altera
como el agua la espuma prisionera
de la masa ondulosa.

Lupe fue una “mala madre”, a decir de su hija Guadalupe Rivera Marín, pero fue musa para poetas y pintores, “con ojos verdes de sulfato de cobre, cuello largo, pecho plano, largas piernas y de boca olmeca, grande, fuerte, demandante…”, y ejercía un atractivo innegable en quienes la conocían, incluso con sus desplantes, incluso con la agresividad que de pronto mostraba, incluso con su egocentrismo y su sarcasmo feroz. Era una fuerza de la naturaleza. Y como tal ocupa también el espacio en las páginas de Dos veces única, se instala en él, se suma a la mano de Poniatowska, y crea con ella un libro poderoso, un libro en el cual la biografía se transforma en novela. Partiendo de entrevistas a la familia y amigos de Guadalupe Marín, de investigación en archivos y de una amplísima bibliografía –consignada al final del volumen-, pero sobre todo de su propia fascinación por el personaje y de su maravillosa capacidad para novelar la realidad, Elena hace gala de su dominio de la escritura. En poco más de cuatrocientas páginas construye una narración intensa que atrapa desde las primeras líneas. La plasticidad de las imágenes creadas, que recuerda en mucho las propias obras de Rivera, es también erotismo y sutileza, metáfora e historia: trabajo amoroso con las palabras. Los lectores lo celebramos.

Una vez más, guiados por su pluma, nos adentramos en el mundo del arte y la cultura en un periodo determinante del siglo XX, y a la vez nos adentramos en la vida y en las pasiones de un personaje femenino clave. Si con Tinísima las utopías se daban de frente contra la realidad y su pasiones, incluidas las envidias y las traiciones, en el recorrido de vida de la fotógrafa italiana Tina Modotti, y con Leonora –sobre la gran Leonora Carrington- percibimos las tensiones de una historia convulsa que marca a fuego la creatividad y la psiquis de una mujer que encontró en el arte el verdadero equilibro, con este nuevo libro, Elena Poniatowska continúa su exploración y recreación de otros modos de ser mujer. Alejadas de los estereotipos y los modelos impuestos socialmente,  transgresoras y libres, a pesar del dolor que esta transgresión y esta libertad les acarrea, estas tres mujeres -convertidas por Elena en símbolos una época y en estilos de femineidad (aun cuando se trata de tres mujeres diferentes en muchísimos sentidos)- conforman una suerte de tríada que con enorme fortaleza representa otros modos “de ser humano y libre”, otros modos de ser, como quería Rosario Castellanos, tan querida también ella por la escritora.

 En un mundo como el nuestro en que la violencia de género sigue siendo una realidad lacerante, en el que se privilegian aún hoy comportamientos convencionales y estereotipados para las mujeres, en el que tantas y tantas encuentran obstáculos para crecer, para crear, para ser independientes, incluso para vivir, un libro como Dos veces única, muestra una vez más el modo en que Elena Poniatowska hace de sus cuidadas y sugerentes filigranas literarias expresión al mismo tiempo de su compromiso ético y político en el sentido más amplio del término, aquel que nos vincula a nuestros semejantes.
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