El desierto

 Para Ana Sofía G. Camil y Marianne Toussaint,

por el desierto

1.

“La palabra soberana es palabra del desierto”, escribió el poeta Edmond Jabès. “Palabra del silencio. Es advenimiento de verdad, en medio de nuestras palabras pulverizadas”.

¿Será eso lo que buscamos en el desierto? ¿El silencio del cual nacerá la palabra verdadera?

Quizás sea necesario ir al desierto para escuchar ¿a los dioses?, ¿su ausencia?, ¿el susurro que quedó tras de su huida? Quizás sea necesario alejarse del ruido, de las voces, alejarse incluso de la comunidad, como lo hizo Moisés. Quizás sea necesario alejarse de las palabras, de esas palabras “pulverizadas” de Jabès, para encontrar la palabra. Para escuchar la palabra.

El desierto es también el lugar de la memoria, búsqueda del origen, vacío pleno de significaciones, tiempo de todos los tiempos, revelación y orfandad, lugar de reencuentro con las interrogaciones, huella de la errancia.

En ese vacío surge la creación. Extraños dioses que nos dejan solos frente a la belleza de la hoja en blanco. En el silencio que es a la vez angustia y reparación.

El silencio no es, entonces, carencia de palabras sino el vértigo inicial de todas las palabras; como el blanco del disco cromático, el silencio guarda en sí todos los sonidos. Silencio del principio de los tiempos (en el principio fue el verbo, pero ¿antes de éste no era acaso el silencio el que reinaba?), silencio del fin. Silencio porque no hay respuestas o quizá porque es la única respuesta posible. Silencio de la página vacía; silencio de la biblioteca de Babel y todas las páginas escritas. Silencio como pasado y silencio como futuro; como recuerdo doloroso y como deseo. Entre la palabra que no tiene posibilidad de nacer o que no ha nacido aún y la palabra que ya no es necesaria, está el silencio. Silencio entre ruinas, o silencio de la esperanza.

2.

Ante nosotros un atardecer lento y anaranjado como sólo puede regalarlo el desierto. Las dunas son blancas. Sí, blancas. Dicen que porque más del novena por ciento de su conformación es yeso. La belleza del paisaje le quita peso a la explicación científica. El sol termina de ponerse, mientras los poetas van leyendo, uno a uno.

 Cae la cortina del día,

te agarras la cabeza entre las manos,

tu corazón se acelera,

desconocidos arrancan la puerta

y se me llevan arrastrando mi cuerpo por las escaleras,

por el asfalto mojado, por los papeles.

En algún lugar en mitad de las palabras

la orden de disparar quema el papel.

Afuera llueve y me miras,

regreso de mi tumba como siempre.

Lee el poeta iraní Mohsen Emadi.

Alguien dice: “Miren hacia atrás”. La maravillosa luna de agosto, enorme, roja, nos deja sin aliento. Ni una palabra. Entre poetas se sabe lo que pesan las palabras. Se sabe que no habrá ninguna que describa lo que estamos viviendo.

Sigue la poeta israelí Anat Zecharia, con alguno de sus brutales y bellísimos poemas. Quizás “Una mujer de valor”.

Un gran amor, piensas
un gran amor me abrasa
y no cesará.

 

Estamos en Cuatrociénegas, Coahuila. En el Festival Internacional de Poesía Manuel Acuña, dedicado este año a Sor Juana. ¿De verdad estamos en Cuatrociénegas? El desierto, las dunas, los poemas, me hacen perder el sentido de cualquier geografía.

Mientras la luna asciende y pareciera alejarse de todos nosotros, alguien me dice “Y ahora vienen los cardencheros” Si alguna vez supe lo que esa palabra quería decir, mi memoria –cada vez más veleidosa- lo ha olvidado. Lo que sé que no olvidaré jamás son esos rostros y esas voces cantando de una manera tan desgarrada como pocas veces he oído. Quizás en algunas tonadas populares; algo de flamenco, tal vez, o el “canto a tenore” sardo, o algunos cantos de esclavos en Estados Unidos. Pero la canción cardenche es aún más despojada, más desnuda. Tres campesinos cantan a capella “Ya me voy a morir a los desiertos”. Y yo que jamás los había escuchado, pienso que, como a ellos, “me dan ganas de llorar”.

Los tres con sombrero, con botellitas de plástico rellenas de sotol que toman entre estrofa y estrofa, porque el alcohol y la canción van siempre de la mano. Tres voces que se unen: la primera o “fundamental”, que lleva la melodía; luego la “primera de arrastre”, que es la voz grave del grupo y da apoyo armónico y tonal a los otros dos; y complementa la voz contralta o “requinto” que le da el tono desgarrado y doliente a la canción. A veces participan otras dos voces: la quinta y la arrequinta, ambas superiores a la primera.

Es el canto de los más pobres, de los olvidados de la tierra; surgió en el siglo XIX y se desarrolló hasta mediados del siglo XX, en la zona de la Comarca Lagunera, en Durango y Coahuila. Los peones cantaban tarde en la noche, después de todo un día de trabajo, y donde el patrón no los oyera. La tradición se ha perdido, sólo en Sapioriz, Durango, se conserva, y recién ahora hay jóvenes que están empezando a retomarla, apoyados por un programa de la Secretaría de Cultura y de la Dirección de Culturas Populares.

La palabra “cardenche” viene de una cactácea de la zona cuyas espinas resultan muy dolorosas al clavarse en la piel; pero son más dolorosas aún al querer sacarlas, cuentan los coahuilenses. Así duelen las canciones.

Se oyen nuevamente los versos de los poetas invitados, casi en un susurro: Coral Bracho, María Negroni, Julio Trujillo, Luigi Amara, Mario Montalbetti, Adolfo Castañón… Cada uno va desgranando sus palabras. Nacidas del desierto, vuelven al desierto.

“Aquí, muy cerca –dice Jaime Labastida- está la ‘Zona del silencio’. Todos los poetas que estamos aquí, somos gente de ciudad. Tenemos que aprender a volver al silencio. El atardecer, el paisaje blanco, la luna, han sido la verdadera poesía hoy.”

“La palabra soberana es palabra del desierto”, escribió el poeta Edmond Jabès. Allí debemos volver para encontrarla.

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