Querida Esther Píscore

Pongo el video una y otra vez. Hace tiempo que lo sé casi de memoria (¿casi?), como los niños conocen los diálogos de sus caricaturas favoritas. Lo pongo una y otra vez y no puedo parar de reír. Tampoco puedo parar de llorar. Sí, me carcajeo y se me caen las lágrimas al mismo tiempo, mi querida Esther Píscore. Supongo que somos muchos los que estamos cumpliendo este ritual de despedida. Me despido de Daniel Rabinovich, y -aunque suene más a melodrama que a canción de Les Luthiers-, tengo que confesarle que estoy despidiéndome también de una parte de mi vida.

¿Sabe qué pasa? En la elección que cada uno de nosotros hace de los acompañantes de su vida, yo hace tiempo que elegí el humor desopilante de estos muchachos. Desde que ellos y yo éramos unos chicos (ellos un poco mayores, le aclaro). Desde que salió ese primer disco del año 71 (¿sería en ése?) donde aparecía la “Cantata de la Planificación Familiar”, Opus 22 del entrañable Johan Sebastian Mastropiero, y con mis once años cantaba a voz en cuello “La confianza mata al hombre y embaraza a la mujer… Pi pi píldoras, píldoras… anticonceptivas”, agradeciéndoles que taparan con música mi “transgresión” y mi infinita curiosidad.

Y fuimos creciendo juntos. Cantando juntos. Los instrumentos eran cada vez más raros y sorprendentes (el dactilófono o máquina de tocar, el cascarudo, la desafinaducha, las tablas de lavar, el campanófono a martillo, entre muchos otros), las letras me resultaban más divertidas o más complejas, y el país era una especie de montaña rusa que a veces nos volvía eufóricos (¿quién no recuerda el 73?), otras temerosos (no hay que hablar, no hay que decir que papá está preso, no digas que tenemos libros escondidos), otras alegres o cautos. Pero ahí estaban ellos siempre. Con “El bolero de Manuela”, con “Si no fuera santiagueño”, con “Voglio entrare per la finestra”, con “Teresa y el oso libidinoso”…

Los escuchaba sin parar, primero en los “long plays”, luego en los cassettes -que no dejaban de enredarse, pero que podían viajar con nosotros-, desde que estaban en el grupo Gerardo Masana, Marcos Mundstock, Jorge Maronna, Carlos Núñez Cortés y, claro, Daniel Rabinovich, pasando por la participación de Carlos López Puccio y Ernesto Acher, hasta la conformación de hoy. Mejor dicho: hasta la conformación de ayer. Hoy es un día oscuro, incluso en medio de las risas. Hay un vacío. Y ya estoy extrañando  terriblemente a Daniel.

Quizás con nadie me he reído más en la vida que con ellos, mi querida Esther. Y llegó la violencia y llegaron las despedidas y llegó el exilio, y ellos seguían acompañándonos con “El asesino misterioso”, aunque los asesinos no fueran tan misteriosos; con “la gallina dijo eureka”, aunque las gallinas hubieran sido degolladas al igual que la paloma de Violeta Parra. Y cuando en 1979 fuimos a verlos al Teatro de la Ciudad, fue como tener un pedacito de nuestra casa, de la de allá, en esta otra que aún no adoptábamos del todo, acá.  

Desde entonces  he intentado no perderme ni una sola de sus visitas a México. ¿Qué le puedo decir, mi querida señora Píscore? Podríamos hablar de la agudeza, de la inteligencia, de la crítica, de la ironía, de la burla… de todo lo que guarda cada una de las canciones, cada uno de los discos, cada uno de los espectáculos. Prefiero decirle que les debo a los queridos Luthiers muchas horas de felicidad. ¿Puede haber algo mejor?

Por eso pongo el video una y otra vez y no puedo parar de reír. Tampoco puedo parar de llorar. Ay, mi querida Esther, me quedo sin palabras.

Van estas líneas con mi cariño y enorme agradecimiento,

Sandra.

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