En busca del hogar perdido…

 
Todos estamos en busca de hogar. No sé si esta frase la dijo alguna vez el psicoanálisis o no, pero yo les puedo asegurar que cualquier exiliado, migrante o transterrado la sostiene. También aquellos que no son ni exiliados, ni migrantes, ni transterrados, porque de alguna manera todos hemos perdido ese hogar “mítico”, ese hogar fundacional, ese espacio o ese tiempo que están en el comienzo de la vida (aunque sea de manera imaginaria). Es decir: todos somos exiliados, migrantes o transterrados del “paraíso originario”.Cuando Brecht escribió aquello del hombre que cargaba un ladrillo para mostrarle al mundo cómo había sido su casa, olvidó que ese gesto también puede tener otra lectura, complementaria de la anterior: el hombre que carga un ladrillo para ver si encuentra una casa similar a aquella que tuvo.Y no, no es fácil encontrar hogar. Créanme, se los digo yo que me la paso buscando hogares. “Moradas” diría Edmond Jabès. E increíblemente cada tanto los encuentro.

Y sobre eso quiero hablarles, sobre uno de esos hogares, y sobre la persona que lo construyó; no sólo para mí sino para muchos otros como yo.

A riesgo de me consideren monotemática tengo que contarles una vez más que llegué a vivir a México hace casi ¡cuarenta años! (el 9 de julio de 1976 aterrizó el avión que me traía desde Buenos Aires con mis padres y hermanos). Escapábamos de la más cruel de las dictaduras militares en un país “acostumbrado” a los golpes de estado y a los gobiernos de facto: la que dejó treinta mil desaparecidos, las de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la de la violación sistemática a los derechos humanos, la del desgarramiento infinito. En esa época, cada 24 de marzo –día del aniversario del golpe- y en algunas otras fechas, decenas y decenas de argentinos nos parábamos en Reforma, frente a la casona en la que funcionaba la Embajada Argentina, con pancartas, con las fotos de los desaparecidos, con el dolor a flor de piel, a exigir “aparición con vida”, a clamar “justicia”, a gritar, acompañados por los bombos que algunos compañeros quién sabe de dónde habían sacado, “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Durante el par de horas que estábamos ahí, las persianas de la Embajada estaban cerradas a cal y canto, parecía ser una casa desocupada, pero nosotros sabíamos que adentro estaban los asesinos sonriendo con la prepotencia que da el poder, y mandándoles fotografías nuestras a los servicios de inteligencia del gobierno militar.

“Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.

Y se acabó, increíblemente se acabó. En 1983 con las elecciones democráticas que llevaron a la Raúl Alfonsín a la presidencia, se terminó la dictadura, y por consiguiente se terminó el exilio. A partir de ese momento, los argentinos de dentro y fuera del país han vivido un complejo proceso de reconstrucción democrática, de elaboración del duelo y la memoria, de búsqueda de justicia.

Para quienes nos habíamos exiliado la decisión pasaba por volver “a (aquella) casa” o quedarnos “en (esta) casa” (¿cuál era realmente nuestra casa?, ¿en qué extremo del continente quedaba?). Muchos se fueron, otros elegimos quedarnos en México, hacer de ésta también nuestra patria, y empezar a llamarnos “argenmex”.

Pero durante todos los años de democracia, desde diciembre de 1983 hasta 2010, la Embajada siguió siendo un territorio ajeno. Un lugar donde ir a hacer trámites, o a sellar el documento el día de las elecciones. Nada más.

Tuvieron que pasar casi treinta años para que por primera vez ese espacio, ese pedazo de Argentina en México, se volviera nuestro hogar. Y si, como lo escribí al comienzo, todos estamos en busca de hogar, ni les digo cómo se agudiza esa necesidad en un exiliado. Y eso lo supo desde siempre Patricia Vaca Narvaja, la Embajadora que el miércoles próximo termina su gestión dejándonos con su regreso a aquella patria un poco (un mucho) huérfanos.

Quizás porque ella misma vivió el exilio (la historia de cómo fueron entrando al Consulado de México en Buenos Aires los 26 miembros de la familia Vaca Narvaja -de los cuales 13 eran niños- que solicitaron asilo al gobierno mexicano, es una de esas historias que circulaban casi como “leyenda urbana” en las épocas de la dictadura);

Quizás porque venía de una dolorosa historia de asesinatos y desapariciones (Miguel Hugo Vaca Narvaja, el padre de Patricia, quien fuera ministro de Gobierno de Arturo Frondizi y dos veces presidente del Banco de Córdoba, fue secuestrado, torturado, asesinado y decapitado a principios de 1976. Miguel Hugo, hijo, uno de sus once hermanos, abogado, fue también asesinado en 1976); o

Quizás por la fortaleza que heredó de una familia solidaria y generosa (quién de los argenmex no recuerda a la maravillosa Susana Yofre, su madre),

O por una mezcla de todo esto, Patricia supo que lo que tenía que hacer era convertir a la Embajada en un hogar para todos nosotros. Hacer de esa casa un espacio en el que se cumpliera la frase de Alfonso Reyes que le gusta citar

“Argentina y México son dos brazos muy largos, si se abrazan se beneficia toda América Latina”.

Durante estos cinco años de gestión diplomática, hizo un intensísimo trabajo para que nuestros dos países fortalecieran y enriquecieran sus vínculos; no hubo área -cultural, comercial, política, económica, educativa, empresarial, deportiva, de derechos humanos- a la que no dedicara sus esfuerzos, siempre con una sonrisa, siempre con solidaridad hacia sus compatriotas, y profundo agradecimiento hacia México. Sería larguísimo enlistar los logros de su gestión, pero sí quisiera destacar dos: la creación del Grupo Mexicano de Solidaridad con las Islas Malvinas del que forman parte José Narro, Javier Garciadiego y Rosario Green, entre otros. Vale la pena destacar que fue el primero que se creó en el extranjero; actualmente hay 95 grupos en 80 países. Y la creación de la Cátedra Abuelas de Plaza de Mayo; a tres días de que Estela Carlotto anunciara el encuentro del nieto 118, no puedo dejar de subrayarlo y de alegrarme aquí públicamente, por supuesto.

Más allá de todo lo que habría que destacar en términos diplomáticos sobre lo que significó su presencia en México, más allá también de lo que suceda el 22 de noviembre en las elecciones argentinas, más allá de lo que suceda con esta Embajada, yo lo que quisiera es agradecerle a Patricia con mis dos lados del corazón –el argen y el mex– que nos haya dado un hogar. Eso –cualquier exiliado,  migrante o transterrado, lo sabe- es lo que estábamos buscando. Ahora sí: hemos llegado a casa.

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