La maldita mutación (o mi cuerpo y su memoria)

 Octubre es el mes elegido por la Organización Mundial de la Salud

para celebrar en todo el mundo la lucha contra el cáncer de mama.

Para Mariana

Suena el teléfono. ¿A las siete y cuarto de la mañana? En mi realidad hay dos opciones a esa hora:

Opción 1: Hablan del banco (¡qué facilidad tienen todos los bancos para encontrar la forma en que detestemos sus llamadas! O las hacen antes de las ocho de la mañana, o los domingos. O ambas cosas a la vez. Declaro públicamente que los odio).

Opción 2: Me llaman de Buenos Aires. Escucho la voz de mi hermano. El corazón me da un vuelco, como suele decirse. “¿Qué pasa?”, mi tono es desencajado. “¿¿¿Está bien papá???” Sé que todos los que viven lejos de la familia me entenderán. Las llamadas cumplen muchas veces la función que cumplían las cartas para nuestros abuelos y bisabuelos inmigrantes: hacer que se sintiera cerca un pedacito de la propia patria. Mi abuela Pampita (nombre puesto, obviamente, como homenaje al país que les dio hogar) contaba que cuando llegaba carta de Italia, sus padres genoveses las leían en voz alta, y mientras ellos lloraban y se lamentaban, mi abuela y sus hermanas se reían. Ya sabemos que los niños pueden ser muy crueles. Les resultaba cómico que no hubiera ni una sola carta que trajera sólo buenas noticias. Las enfermedades y muertes acompañaban siempre a los nacimientos y aniversarios. Deben ser los restos de esa herencia los que me hacen temblar ante las llamadas que vienen del sur de todos los sures. Todavía me cuesta entender que uno pueda llamarse simplemente para “ver cómo andan” (sí, confieso que tengo una parte afectiva muy primitiva). Siempre imagino lo peor.

Mi hermano me dice “Fulanita está enferma. ¿Ya sabías?”. Fulanita es mi prima hermana. Y “está enferma” quiere decir: tiene cáncer. No. Quiere decir más que eso. Quiere decir: tiene cáncer de mama. Como todas. Una más en la línea familiar del horror. Me quedo sin palabras. Mi prima y yo tenemos la misma edad. Eso quiere decir que la marca de la estirpe ha llegado a nuestra generación.

Vengo por la línea materna de una familia en la cual prácticamente todas las mujeres han tenido cáncer de mama. Por lo menos desde la generación de mi abuela. Antes de ella el árbol genealógico se desdibuja, como suele sucedernos a los seres comunes y corrientes: apenas conocemos los nombres de los bisabuelos y pocos datos más. En mi caso, mi madre era hija de judíos rusos. Nacida en Odessa mi abuela, y en Minsk mi abuelo (sí, mezcla de ucraniana y bielorrusa como Svetlana Alexievich; creo que por eso me alegró tanto que le dieran el Nobel). Mi abuela Luisa, sus hermanas -incluso un hermano-, varias de las primas de mi mamá y ahora mi prima han tenido “la enfermedad”. Algunas han sobrevivido, otras no. ¿De qué lado estaré yo el día en que, implacable, la condena familiar se haga presente? Banquete para los genetistas nuestro linaje.

Hablan de mutación, de algo “frecuente entre los judíos europeos”, me dicen los médicos. Y yo que como judía casi no tengo más formación que la que me dieron los platillos preparados por esa abuela ucraniana que cantaba los tangos más reos con mirada pícara y que se sentía más argentina que Gardel (que, como bien sabemos, es uno de los símbolos de la argentinidad a pesar de haber nacido en Toulousse, Francia -¿o en Tacuarembó, Uruguay?-), y mi devoción por una cierta línea melancólica del pensamiento -Benjamin, Steiner, Arendt, Celan, Sontag, Cixous…-, siento la brutal presencia de la memoria en mi propio cuerpo.

¿Qué sigue? Estudios, análisis –dicen-, para ver, para predecir, para ganarle al estigma. Es sencillo, continúa el doctor, un poco de sangre, casi nada. Yo imagino –desde mi primitivismo más arcaico- que los tubos de ensayo actuarán casi como bolas de cristal que leerán mi “futuro” y me aterro. Algo que debería ser tomado, por cualquier ser normal, como la forma de prevenir la enfermedad, en mí provoca una absoluta inmovilización. Con el mismo terror que me da desde siempre cualquier predicción del futuro –nunca he ido a que me leyeran las cartas, ni la borra del café, ni la palma de la mano, ni he dejado que nadie me “anuncie” ningún porvenir-, con la misma ridícula falta de racionalidad, demoro años en hacerme los estudios genéticos. ¿A qué le tengo miedo? ¿A que me confirmen que soy heredera del linaje materno? ¿Acaso si no me lo dijeran cambiaría mi condena? ¿A qué tipo de pensamiento mágico me aferro?

“No hay dolor. Sólo una sombra. Algo apenas perceptible en el ultrasonido. Después vienen los médicos, los quirófanos, el corte, el miedo. No todo en ese orden. El miedo siempre. Y la cadena es larga: una más de las mujeres de la familia. La culpa es del gen. Adonai. ¿Y antes? También antes el miedo, el corte, los quirófanos, los médicos. ¿Desde cuándo? O sólo un largo rezo y ahora sí el dolor y los hijos alrededor de la cama. Hijos para salvar cada día el universo. ¿Quién podía saber cuál era realmente el elegido por el Señor?  Treinta y seis justos nos salvarán. ¿Yo? ¿Tú? Huella tan ajena, tan distante, que vuelve tanto tiempo después en otro cuerpo. Sólo una sombra que quisiéramos no reconocer.”

Un día, revolviendo cajones, encontré uno de los dibujos que mi madre le hizo a Mariana; uno de esos dibujos a tinta que pintados en tarjetas a mamá le gustaba regalar. Caí en la cuenta de que ese estudio que llevaba tantos años posponiendo por pura cobardía no era para mí, era para mi hija. Para el lazo que la une a mi madre y del cual yo soy sólo una espectadora amorosa. Para que la memoria que le llegue a través de ese linaje de mujeres, sea la del amor, la fuerza, la creatividad, el coraje, y jamás la de la maldita mutación genética.

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