Más que la espera: de libros y bibliotecas 1

Pero, sobre todo, la biblioteca es una espera /

Que va más allá de la letra, / Más allá del abismo. /

La espera concentrada de acabar con la espera, /

De ser más que la espera, / De ser más que los libros, /

De ser más que la muerte.

Roberto Juarroz

Después de unos días en la Feria del Libro de Guadalajara viendo y escuchando, encontrando amigos y aprendiendo, sobreviviendo a las turbas de adolescentes y a las fiestas interminables, vuelvo al silencio de mi rincón en el mundo convencida, como siempre, de que la lectura es un espacio de libertad.

Hablo de la lectura como ese sitio mágico que se crea dentro de cada uno de nosotros cuando nos sumergimos en un libro. Quién no ha disfrutado esa sensación de aislamiento del mundo que nos regala la lectura, y que al mismo tiempo que nos vincula a él, que nos da herramientas para entenderlo.

Dice Alberto Manguel:

“Porque en el momento de la verdad, frente a la salvación o a la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer. Pero, ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible?”

 Como lectores habitamos universos creados por otros como si hubiéramos nacido en ellos. Vivimos las aventuras de otros seres que también son nosotros. Hemos ido a la luna y al fondo del mar, hemos sido ciudadanos de Macondo y de Comala, hemos sufrido de hambre en París en el siglo XIX y en esa misma ciudad, cien años después, hemos caminado por un tablón que, entre una ventana y otra, colocó un entrañable cronopio para conectar “el lado de acá con el lado de allá”. Hemos combatido junto a Napoléon y a Pancho Villa. Hemos navegado en un ballenero y naufragado más de una vez. Hemos muerto y hemos asesinado, nos hemos convertido en insecto, y nos hemos enamorado. Y cada uno de estos yo que hemos sido han llegado a nosotros a través de caminos de infinito placer.

Todo eso nos ha hecho más sabios y más ricos, más sensibles y más críticos, más comprometidos y más abiertos a los demás.

Quizás por eso para los poderes los lectores siempre hemos sido personajes incómodos, incluso peligrosos. No es otra la explicación a las prohibiciones y a la censura, y –en casos extremos- a las quemas de libros, a los castigos a escritores que van desde la cárcel al asesinato. Si el libro y el lector no fueran peligrosos no sería necesario acallarlos, controlarlos, domesticarlos.

Hay temores sociales o políticos frente al lector, pero también hay temores individuales. En ciertos entornos, el joven que lee está mal visto: se lo considera raro, o “rarito”, con todo lo que sabemos que ese término significa. ¿Cuántos de nuestros estudiantes no nos han contado que en sus casas cuando los ven leyendo les dicen “Ya ponte a hacer algo”? Da miedo que alguien pueda estar tanto tiempo dentro de su propio mundo y ser feliz así.

La felicidad, lo sabemos, es un peligro. Pocas cosas más amenazantes que alguien feliz por estar descubriéndose a sí mismo en las páginas de un libro. Y alguien feliz y libre… ¿se imaginan qué amenaza para el status quo?

¿Quién piensa que el que está leyendo “repatingado en su sillón favorito”, como decía Ítalo Calvino, está quieto? El que lee está dialogando no sólo con aquellos que viven entre las páginas del libro sino con la tradición literaria completa; con quienes nos precedieron en el tiempo. La lectura es también, en este sentido y aun cuando no seamos conscientes de ello, un ejercicio de memoria.

“Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conozco mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.” (Manguel)

Escribió el autor de Mali Amadou Hampâté Bâ:

“En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde, toda una biblioteca desaparece, sin necesidad de que las llamas acaben con el papel”.

Algo similar podemos pensar con respecto a nuestras culturas tradicionales.

La destrucción de una biblioteca, como las quemas de libros, como esas muertes que se llevan consigo la tradición oral, son un atentado en contra de la memoria de la humanidad. En los libros está gran parte de lo que somos, de lo que hemos sido, de lo que hemos soñado ser.

Tengo que reconocer que las escenas que tienen que ver con libros y bibliotecas me conmueven especialmente. Será que vengo de una historia de autoritarismos enemigos de la lectura. Será que vengo de un país donde las prohibiciones se sucedieron a lo largo de los años. Que vi cómo mis padres y muchos de sus amigos, para salvar la vida de sus familias, debían enterrar libros, o quemarlos, o tirarlos al río. Será que los vi llorar por eso. Será que siempre hubo libros escondidos en mi casa porque eran un “riesgo” para todos nosotros. O será simplemente porque en y con los libros he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida.

(¿Seguimos charlando la semana próxima?)

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