Nunca odié a Yoko Ono

Desde una de las paredes nos miran decenas de pares de ojos. Cada una de las miradas, abre un relato. Son testimonios de mujeres que han vivido algún episodio de violencia. La convocatoria sigue abierta para que compartan allí su propia historia, en ese muro doliente que es también un muro de solidaridad, de sensibilidad, de fortaleza. Porque así son las propuestas de Yoko Ono: profundas, comprometidas, sacudidoras; propuestas que buscan convertir al espectador en parte de la creación.

La convocatoria sigue abierta para que compartan allí su propia historia, en ese muro doliente que es también un muro de solidaridad, de sensibilidad, de fortaleza. Foto: Especial

Esta instalación llamada “Arising” (“Resurgimiento”) es un eslabón más en los trabajos de la artista vinculados a la violencia de género. ¿Hace falta recordar que se trata de uno de los temas más atroces de nuestro país en este momento? ¿Hace falta recordar los datos sobre los crímenes en contra de las mujeres? ¿Se nos olvida, por ejemplo, que México está entre los 10 países con más feminicidios por armas de fuego del mundo? ¿O que más de 2 mil mujeres fueron asesinadas de manera violenta en nuestro territorio en los últimos seis años, por el solo hecho de ser mujeres?

Ante esa realidad, los ojos y los relatos convocados por Yoko Ono cobran otra dimensión. Como cobra otra dimensión un performance de los años sesenta llamado “Cut piece” (“Pieza de corte”), y en el cual ella permanece sentada en el suelo, impávida, mientras el público pasa a cortarle un pedazo de ropa. Pocas veces he sentido la violencia contra un cuerpo femenino trabajada con tal sutileza.

Si nunca odié a Yoko Ono –como les pasó a muchos fanáticos de los Beatles- tengo que confesarles que ahora me he ido al otro extremo. Después de ver la exposición “Tierra de esperanza” que se acaba de inaugurar en el Museo Memoria y Tolerancia -¡qué bien entiendo a John Lennon!-  la amo incondicionalmente.

El arte conceptual se convierte en sus obras en denuncia y compromiso, a través de una profunda sensibilidad. No hay modo de permanecer incólume ante ellas. El llamado permanente es a la reflexión sobre la violencia, pero al mismo tiempo a la posibilidad de construir un mundo diferente a partir de la participación de todos. “Es tiempo de que nos volvamos activistas –ha dicho-. Las palabras solas no alcanzan”.

Y ahí están, los árboles en los que cada uno cuelga el pequeño papel en el que ha escrito su deseo, o el ajedrez blanco en el que el contrario es tan igual a mí que pierde sentido el enfrentamiento, o la imagen de una Hiroshima destruida dentro de la cual queda fijada nuestra propia silueta.

 Me pregunto junto con la propia artista y con otros millones de habitantes de esta ciudad quiénes y por qué destruyeron la obra “Deseos” instalada en la Tlatelolco.  “La idea es que cuando el sol saliera y se reflejara en los espejos se pidiera un deseo con el brillo”. ¿A quiénes molesta ese brillo? ¿A quiénes las cruces de madera con un espejo en el centro? ¿Quiénes rechazan el mensaje de tolerancia y respeto?

Me pregunto junto con la propia artista y con otros millones de habitantes de esta ciudad quiénes y por qué destruyeron la obra “Deseos” instalada en la Tlatelolco. Foto:Especial

¿Es ingenuo pensar que podemos construir la paz entre todos? Quizás. Mientras escribo estas líneas me llega el siguiente titular; uno de tantos; uno más en la avalancha de datos que recibimos cotidianamente:

“Reporta la PGR 662 cuerpos en 201 fosas; identificadas, 18% de las víctimas. Sólo en Iguala y zonas vecinas se descubrieron 63 fosas con 133 cuerpos, entre octubre de 2014 y junio de 2015, según cifras nacionales enviadas al Senado”.

Al horror de la violencia que ha convertido nuestro país en una gran fosa, se suma el horror de la indiferencia de todos nosotros al leer o escuchar las noticias del día. Frente a esa indiferencia elijo, sin ninguna duda, el compromiso ética y estéticamente impecable de Yoko Ono.

Nota bene: es un lujo tener en nuestra ciudad una exposición como “Tierra de esperanza” en la cual la curaduría, la museografía, los textos de sala, incluso las explicaciones de los jóvenes que pueden acompañar la visita si uno lo desea, son estupendas. Aprovecho para felicitar a Linda Atach, a Ignacio Vázquez Paravano, a Gunnar B. Kvaran y a todo el equipo de Memoria y Tolerancia.  

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