¿Qué salvaríamos en un naufragio?

¿Qué salvaríamos en un naufragio? ¿Se lo han preguntado alguna vez? ¿Qué salvaríamos de todo lo que nos rodea? ¿Qué sería aquello que quisiéramos llevar siempre con nosotros?

Y al hablar de naufragios pienso hoy en los refugiados africanos llegando a las costas de Italia, en los sirios a las puertas de Turquía, en el mar, las balsas, la violencia, pero pienso también en nuestras fronteras, en los migrantes centroamericanos subidos en la Bestia, o en nuestros compatriotas asomándose por esa barda de la ignominia que los candidatos republicanos y demócratas quieren reforzar. Pienso en las bolsas o mochilas que cargan con apenas lo indispensable para sobrevivir: un par de camisetas, una sudadera, algo de dinero guardado en una bolsita de plástico… ¿Y qué más? “Le robaron la cadena de mamá que se había traído para que nos diera suerte”, dice uno de los muchachos hondureños que buscan llegar a Estados Unidos, en la novela Amarás a dios sobre todas las cosas, de Alejandro Hernández.¿Qué llevarían ustedes? La cadena de mamá, el anillo que era de la abuela, los dibujos de cuando los niños eran pequeños, la carta que alguna vez me escribió mi padre, una piedrita de ese paisaje que quizás nunca volvamos a ver. O la llave de una casa a la que jamás regresaremos, como llevan muchísimos judíos sefardíes desde 1492: la llave de una casa perdida para siempre y una lengua amada.¿Qué llevan estos refugiados? ¿Qué hay en esos bultos que cargan?

¿Qué salvaríamos en un naufragio? ¿Se lo han preguntado alguna vez? Foto: http://www.otromundoesposible.net/wp-content/uploads/2014/07/refugiados-1.jpg

Y al hablar de naufragios pienso también en esos naufragios personales, íntimos, grandes o pequeños que marcan nuestra vida. El exilio, el destierro, pueden ser también un naufragio. Me gusta esta historia que alguien me regaló alguna vez (“Soy contrabandista de historias propias y ajenas”, escribió Jacques Hassoun, y yo suscribo la frase completamente): una familia de republicanos españoles cruza a pie los Pirineos huyendo del franquismo. Después de varias jornadas agotadoras logra llegar a Francia. Allí, la mujer les dice a su marido, a sus hermanos, a sus cuñadas, con tono entre eufórico y misterioso: “Es el momento de celebrar”. En la bolsa que cargó durante días y días había puesto una botella de champán. El único problema era que… ¡la botella estaba vacía! Las carcajadas de todos se mezclaron con las lágrimas que, en el fondo, nunca abandonan a un refugiado.

Soy nieta y bisnieta de migrantes. Mis abuelos y bisabuelos huían de los pogromos de la Rusia zarista, unos, y de la pobreza de Italia, otros. ¿Qué llevaban en el precario equipaje con que llegaron al puerto de Buenos Aires? Imposible saberlo. De aquella migración, pobre y urgente, no ha quedado casi nada. Lo que sí puedo imaginar es algo de lo que traían en la cabeza: el Preámbulo de la Constitución Argentina:

Nos, los representantes del pueblo… con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino… ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución

“…para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”. Ésa fue la quimera que persiguieron mis abuelos y bisabuelos; ésa fue la quimera que hizo que se subieran a los barcos. Los más jóvenes mirando hacia ese nuevo mundo que tantas promesas encerraba; los mayores, mirando hacia la propia tierra, con el temor de la despedida definitiva. ¿Qué llevaban en el equipaje? ¿Qué habían elegido traer consigo?  ¿Qué es lo que elegimos guardar en las maletas al abandonar nuestro hogar? Yo, migrante también, llevo conmigo – de país en país, de casa en casa, de vida en vida – una copia del preámbulo de la constitución de una patria que ya no existe. Como otros cargan con las fotos de sus antepasados (“Un retrato de un mi abuelo que ganara una batalla”, escribió León Felipe).

A los dieciséis años, cuando mis padres nos dijeron que dejábamos el hogar en el que habíamos crecido, los amigos, la familia, el paisaje amado, y que veníamos a vivir a México, no se me ocurrió guardar ninguna fotografía. ¿Por qué? ¿Cómo fue que en medio de la tristeza de la despedida no se me ocurrió agarrar ni siquiera una pequeña? Durante años, la falta de fotos fue para mí un símbolo de lo que significaba el exilio. Será por eso que cada tanto me hago la misma pregunta, ¿qué salvaría en un naufragio?

Mi abuelo quiso subir al barco el cello que tocaba con sus manitas regordetas de niño ruso. Quizás por esa historia me ha obsesionado esta imagen del pequeño sirio que salvó su violín.

Y ustedes, ¿qué salvarían?

Y al hablar de naufragios pienso hoy en los refugiados africanos llegando a las costas de Italia, en los sirios a las puertas de Turquía. Foto: http://cdn1.uvnimg.com/94/37/57471b24441684a218f490b57662/556ee733be844128b3c443848464f6e9

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