El Papa, el arcoíris y Cate Blanchett

Para Martina y sus mamás

Ser mujer, ni estar ausente,

no es de amarte impedimento…

Sor Juana Inés de la Cruz

Para poder publicarla tuvo que firmar la nueva novela con seudónimo. ¿Cómo se le ocurría escribir algo así? ¿No se daba cuenta de que sus lectores se sentirían ofendidos y desilusionados, le preguntaban casi con brusquedad los editores? ¿De dónde sacaba ella que los apasionados de sus relatos policiales y de suspenso se interesarían por una historia de amor “de este tipo”? Y al decir “este tipo” solían fruncir la nariz, como la fruncimos al pasar por un estanque de agua sucia, o por un basural.

¿Qué necesidad tenía de contar una historia como ésa que pusiera en entredicho –entre otras cosas- su reputación? Y sobre todo ¿qué necesidad tenía de contarla después del éxito impresionante que había obtenido, apenas tres años antes, con Extraños en un tren, novela de la que se vendieron millones de ejemplares, en especial a partir de la película que hizo Hitchcock con guión de Raymond Chandler?

Pero Patricia Highsmith amaba esa historia. Amaba la historia de esas dos mujeres que un buen día se habían cruzado en una tienda departamental y habían descubierto con apenas unas pocas palabras y un par de miradas lo que Sor Juana había cantado ya siglos antes. Amaba la historia de esas dos mujeres tan diferentes en términos de intereses, de clase social, de posición ante la vida, que un buen día descubrieron que la piel es la piel, y que sobre ella no hay quién mande.

Imagino a esa repentinamente exitosa escritora de treinta años queriendo contar justo eso: el reinado de los cuerpos, de la atracción, de las pasiones, de las complicidades recién descubiertas. Ella que desde muy niña había buscado desentrañar los misterios de la culpa, de las desviaciones psicológicas, de la mentira, del crimen, ahora quería hablar del amor. ¿Tan difícil era que los demás lo entendieran?

Así que enamorada como estaba de Carol y de Therese, escribió El precio de la sal, y publicó el libro como Claire Morgan. Muchos años después revelaría que era ella la autora de esa novela, y le sumaría a aquella primera edición un epílogo en el que explicaría el porqué de haberla firmado con pseudónimo. La presión de los editores y de la sociedad de su época la habían obligado a convertirse en uno de sus propios personajes de suspense; tuvo que ser un poco Mr. Ripley y ocultar su verdadero rostro.

Dice Highsmith en el epílogo,

“Antes de este libro, en las novelas estadounidenses, los hombres y las mujeres homosexuales tenían que pagar por su desviación cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su homosexualidad (al menos, así lo afirmaban) o cayendo en una depresión infernal. Muchas de las cartas que me llegaron incluían mensajes como ‘El suyo es el primer libro de esta especie con un final feliz’.”

Porque la historia de Carol -que así se llamó la reedición de la novela hecha ya con el nombre real de la autora- es una historia con final feliz, y no sé por qué sospecho que éste fue un motivo aun mayor de censura que el tema central de la historia. Porque se puede ser un transgresor, una transgresora, se pueden desafiar la moral social, las convenciones, las buenas costumbres, se puede ir en contra de lo que sostienen los “bienpensantes” pero ¿ser feliz haciéndolo? ¡Eso sí que no!

El tema de la felicidad me recuerda que en una de sus novelas autobiográficas, Jeannette Winterson cuenta que cuando a los dieciséis años le confesó a su madre que se había enamorado de una chica, la madre le preguntó “¿Por qué?”. “Porque así soy feliz”. “Pero, ¿por qué ser feliz cuando puedes ser normal?” fue la respuesta de Mrs. Winterson.

Y habría que agregar: “si son felices, ocúltenlo”.

El director de cine Todd Haynes tomó la novela de Patricia Highsmith e hizo a partir de ella una película deliciosa, en la que la relación que han decidido construir juntas estas dos mujeres, Carol y Therese, personificadas por Cate Blanchett y Rooney Mara, genera el desconcierto, la molestia, la indignación e incluso el odio de quienes las rodean. El marido de Carol, por ejemplo, la amenaza con prohibirle ver a su hijita de cuatro años si ella no “cambia”. “Actuar de una manera diferente a como estoy actuando sería ir en contra de mi naturaleza”, le contesta ella. Pero claro, eso es lo que los “buenas conciencias” prefieren: la hipocresía y la infelicidad.

Los juegos de miradas, los silencios, la paleta de colores que acompaña las actuaciones, el filtro que parece darle un leve toque antiguo a las imágenes, la sutileza de las escenas eróticas… todo contribuye a la felicidad, ahora no de las protagonistas sino de los espectadores. Es una película sobria, delicada y amorosa que muestra situaciones que aún hoy se viven a diario: censura, intolerancia, exclusión.

En México, según la Encuesta Nacional de Discriminación, 1 de cada 2 personas lesbianas, homosexuales o bisexuales considera que el principal problema que enfrenta es la discriminación, seguida de la falta de aceptación, las críticas y burlas.

Y 4 de cada 10 mexicanos/as no estarían dispuestos a permitir que en su casa vivieran personas homosexuales (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación).

Los datos son escalofriantes.

Con todos los temas que hay permanentemente en la agenda del Papa (¿cómo no hablar de él después de la semana que hemos pasado “empapados”?), entiendo que no tenga tiempo de ver una película como “Carol”. Es una lástima. A mí me gustaría –déjenme soñar un poco- verlo envuelto en la bandera del arcoíris, cruzando los dedos para que las dos mujeres puedan seguir juntas, y retractándose de las declaraciones homofóbicas que cada tanto hace. Seguir sosteniendo desde la Iglesia una actitud de intolerancia lo único que hace es favorecer la discriminación y la violencia.

Con un poco de optimismo podríamos pensar que una caída de ojos de Cate Blanchett puede convencer a cualquiera, incluso a Francesco. ¿O no?

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