Mirar a los que no miramos

Mejor dicho, él ve hacia la cámara de Gianfranco Rosi, el director italiano que acaba de ganar el Oso de Plata de la Berlinale con “Fuocoammare”, una sobria y conmovedora película sobre Lampedusa. Esta isla de sólo 20 kilómetros cuadrados situada en el mar Mediterráneo, se encuentra a 205 kilómetros de Sicilia y a sólo 113 kilómetros de Túnez, lo que la ha convertido en la puerta de entrada a Europa de los migrantes africanos. Sólo desde enero han llegado a Europa, cruzando el Mediterráneo, más de 110 mil migrantes y refugiados según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), y más de 400 han muerto o desaparecido en el mar. Allí han quedado cerca de 15 mil vidas en los últimos 20 años.

La población de Lampedusa fue propuesta -entre otros por el propio Rosi- como candidata, junto con la de Lesbos en Grecia, para recibir el Premio Nobel de la Paz por el modo en que trata a los refugiados que llegan a sus costas.

La solidaridad, el sentido del otro, la responsabilidad ante el destino de aquellos que han nacido sin los privilegios europeos y que, arriesgándolo todo, dejan su hogar y se suben a una balsa en busca de algo tan simple y básico como una vida digna, es justamente lo que muestra “Fuocoammare”. La película retrata dos realidades que se desarrollan de manera simultánea en el mismo espacio: por un lado la vida cotidiana de la gente de la isla, el trabajo de los pescadores, la radio, el niño protagonista, Samuele, en relación con su padre y su abuela, con los compañeros de escuela, con la naturaleza. Por el otro lado, el trabajo de salvamento de un barco en el que viajan cientos de migrantes africanos. No olvidemos que los naufragios han sido frecuentes en esa zona. Uno de los más terribles fue el del 3 de octubre de 2013, en el que murieron 368 personas. En el film, y con una delicadeza absoluta basada en la austeridad y en la economía de elementos, vemos el drama de los refugiados. Los rostros, como el de Mohammed o Annuar tal vez, los cuerpos marcados por la precariedad de la condición migratoria, por la incertidumbre, por la angustia, cuentan más que cualquier palabra. Y entre ambos mundos, como una suerte de bisagra ética, un médico: Pietro Bartolo. Él ha visto pasar ante sus ojos a todos los migrantes que han llegado a Lampedusa. Con absoluta vocación y compromiso, y a la vez con enorme respeto, revisa a cada uno de los recién llegados, los protege, los cuida, les da consejos, casi como un viejo padre. Esto es lo que construye “Fuocoammare”. Esto es lo que muestra Gianfranco Rosi de Lampedusa, con un lenguaje sutil, austero, con los propios habitantes de la isla como protagonistas, y con un enorme respeto por cada uno de los seres ante los cuales su cámara se detiene.

Hoy esta isla que da ejemplo al resto de Europa, tiene como alcaldesa a una mujer tan solidaria y comprometida como el resto de los habitantes: Giusy Nicolini. Reconocida hace pocas semanas con el Premio Simone de Beauvoir, pronunció al recibirlo un discurso sumamente crítico, como todos los suyos, respecto de la política europea hacia los migrantes:

Dedico el premio a las mujeres que llegaron acá violadas, y lo invertiré en proyectos concretos que puedan salvar al menos a algunas de la depresión y la desesperación. (…) Todos deben conocer el significado de Lampedusa, con sus ciudadanos, sus fuerzas adaptadas al rescate y bienvenida que da dignidad humana a estas personas, que le da dignidad a nuestro país y al resto de Europa. Así que si estas muertes son solamente nuestras, quiero recibir telegramas de condolencia por cada cadáver ahogado que recibo. Como si fueran de piel blanca, como si fuera nuestro propio hijo el que se ahogó durante unas vacaciones. (…) Luego del naufragio ocurrido en 2013, los políticos dijeron “no más muertes en el mar”, pero en vez de activar canales humanitarios seguros, en vez de promover acciones de paz, como por ejemplo no enviar provisiones de armas a países en guerra, pidieron el cierre de Mare Nostrum, el ala humanitaria de la marina italiana, que fue acusada de salvar demasiadas vidas y de incentivar las llegadas.

Leo esta última frase y “no sé por qué” recuerdo a aquel Secretario de Gobernación al que le contaron los horrores que vivían los migrantes centro y sudamericanos al intentar cruzar nuestro país; en especial los horrores provocados por la Bestia, el terrible tren de carga que es al mismo tiempo promesa y pesadilla. Cuando le preguntaron que solución proponía, su respuesta fue: “Que aumenten la velocidad del tren”. Así de brutales suelen ser los prejuicios y la falta de sensibilidad de los políticos, así de patética su ceguera, su incapacidad para empezar a mirar a aquellos a quienes nunca han mirado.

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