Para nuestras Antígonas González

Nombrarlos a todos para decir: este cuerpo podría ser el mío. El cuerpo de uno de los míos. Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos. Me llamo Antígona González y busco entre los muertos el cadáver de mi hermano.

En su excepcional poema “Réquiem”, Anna Ajmátova escribió: “Quería mencionarlos a todos por su nombre…”. Nombrarlos a todos dice nuestra propia Antígona. Para recordarlos, para darles un nombre, para que no nos obliguen a olvidar que el que murió tenía una vida, hijos, sueños. Porque es el nuestro un continente de Antígonas; un continente en el que la ley del Estado es responsable de las muertes, de los cuerpos que quedan en el camino, de cientos de miles de asesinados, de cientos de miles de humillados y ofendidos. Frente a esto, la ley de la sangre asume una vez más la responsabilidad de nombrar a esos muertos, de devolverles el rostro y la memoria, y entonces sí, de enterrarlos.

“Era mi hermano y para mí eso basta”, dice la Antígona de Sófocles, y no necesita más justificación para desafiar la orden de Creonte: “…heraldos he mandado que anuncien que en esta ciudad no se le honra, ni con tumba ni con lágrimas: dejarle insepulto, presa expuesta al azar de las aves y los perros, miserable despojo para los que le vean.” Frente a esto, Antígona responde, mientras cubre el cadáver de Polinices, “Es mi hermano y para mí eso basta”. Basta para no aceptar la orden del rey, basta para arriesgar la propia vida, basta para elegir a ese ser por encima de todos los otros; a ese cómplice con el que compartimos la infancia, los juegos, los recuerdos; ese ser ahora sin vida. “Es mi hermano y para mí eso basta”.

Más de cien mil muertos en la “guerra contra el narco” han dado nacimiento a miles y miles de Antígonas mexicanas; a miles y miles de Antígonas González. Hoy mi abrazo es para ellas. Para las dolidas y maravillosas mujeres de nuestro país que buscan entre los muertos el cadáver de su hermano. …todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos. Todos son nuestro Polinices, todos son Tadeo el hermano de Antígona González. Y no hay orden que pueda obligarlas a renunciar a la búsqueda; no hay orden que pueda obligarlas a dejar los cuerpos a la intemperie, obligarlas a olvidar.

Sara Uribe, la joven autora del desgarrador texto llamado Antígona González, sabe que, como para las mujeres de Tebas y como para las mujeres de México, ésta es una de las primeras responsabilidades éticas que deben asumir los escritores: cuidar los cuerpos queridos, proteger la identidad y la memoria de nuestros muertos ante su conversión en simples números dentro de los discursos oficiales, no dejarlos jamás al azar de las aves y los perros.

Así, la literatura funciona también como un memorial. A través de la escritura se construye un espacio donde enterrar simbólicamente a los desaparecidos, donde ir a recordarlos, donde ir a conversar con ellos, o a llorarlos, o a todo eso al mismo tiempo. ¿No es eso acaso lo que hacemos con nuestros muertos?

El aparato represivo busca arrebatarle al desaparecido no sólo la vida sino también la dignidad de su propia muerte, y a la vez les arranca a los que quedan cualquier posible certeza, la esperanza se vuelve dolorosa; a un hermano vivo se lo espera, a uno muerto se lo entierra. ¿Y a un hermano desaparecido, Antígona González?

Antígona González fue publicado por la editorial Sur Plus Ediciones bajo licencia de Creative Commons y puede ser leído completo en https://docs.google.com/file/d/0B1qqfuLFW0qeT2RLLXJHQXAtenc/edit

“necroescritura”

El todos ellos el elemento común es la fuerza del cruce de ética y estética en tanto ejercicio de resistencia ante el horror de la violencia. En la mayor parte de los trabajos que se han escrito, me atrevería casi a decir que en todos, lo más importante tiene que ver con el reconocimiento a las víctimas en tanto seres individuales. Ya lo vimos con la propuesta de los 72 migrantes.

En México hoy estamos parados sobre muertos; las fosas clandestinas aparecen todo el tiempo, todos los días, a lo largo y ancho del territorio. Tal como lo imaginó Juan Rulfo, nuestro país todo es Comala y las voces que escuchamos son las voces de los difuntos. ¿Difuntos, dije? No despoliticemos a los muertos: son víctimas de la violencia, son asesinados, torturados, desaparecidos.

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