Mi cuerpo no es público

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 10 DE ABRIL DE 2016

Era marzo de 1973, yo acababa de cumplir trece años y empezaba la secundaria. El ritual de tomar el colectivo –el 175- marcaría esa etapa de mi adolescencia. Todas las mañanas antes de las siete me paraba en la esquina de la Ruta 197 y Méjico (¡sí con J! ¿Sería una premonición del exilio?) en El Talar de Pacheco, el pueblo en el que vivíamos, a una hora de la ciudad de Buenos Aires, y rogaba para que el colectivo llegara pronto y, sobre todo, para que estuviera vacío. Era mi debut como viajera solitaria en transporte público. Hasta ese momento, o viajaba con mamá o caminaba o iba en bicicleta; mi escuela primaria, las casas de mis amigos, la papelería… todo quedaba a pocas cuadras. La emoción por ese acto de independencia, una suerte de rito de iniciación, se vio rápidamente empañada: la mayor parte de las veces todo mi esfuerzo se iba en tratar de esquivar la agresividad de los cuerpos de los hombres.Nunca antes he contado esto, pero estoy segura de que mis compañeras de aquella época podrían relatar experiencias similares. Si el colectivo iba lleno, siempre podía aparecer alguien que se recargara sobre mí con prepotencia; si lograba sentarme era mi hombro el que sufría los embates de las entrepiernas masculinas. La mala intención, la sorna, la violencia que encerraban esos gestos, me dejaba alelada. Yo que venía de una familia en que hombres y mujeres éramos tratados con el mismo respeto y amor no entendía nada. Muchas veces llegaba a la escuela al borde del llanto y absolutamente avergonzada.

¿Por qué a las mujeres el acoso nos hace sentir vergüenza? ¿En qué momento nos han convencido de que somos culpables? Recordé esta historia sabiendo que es casi anodina comparada con los horrores que otras mujeres han vivido y viven de manera cotidiana. Pero no pude evitar acordarme de esa sensación mezclada de impotencia y vergüenza ahora que leía los artículos sobre el acoso a las mujeres en el transporte público.

“La capital de la República Mexicana es la segunda más peligrosa en Latinoamérica para las mujeres que utilizan el transporte público, después de Bogotá, Colombia, de acuerdo con una encuesta de la Fundación Thomson Reuters y YouGov. El sondeo fue realizado en 15 capitales del mundo, y en el caso de la Ciudad de México resaltó que seis de cada 10 mujeres respondieron haber sido víctimas de algún tipo de acoso durante sus viajes por el sistema de transporte público…

Frente a tal realidad, esta semana hubo una pequeña manifestación organizada por GIRE (Grupo de Información en Reproducción Elegida) con la consigna “El metro es público, mi cuerpo no”. Lo que más me ha impresionado son los comentarios de la gente que aparecen en los artículos que dieron cuenta de la acción artístico-política de este grupo de mujeres. Todos, todos son misóginos y violentos (feminazis, gordas, rucas, dejadas, son los adjetivos que más se repiten entre los lectores) y me hicieron recordar aquellos viajes de mi adolescencia.

He escrito otras veces sobre la violencia de género, sobre los feminicidios que cubren de sangre a nuestro México, sobre el maltrato en contra de las migrantes, sobre la violencia intrafamiliar. Pero leo hoy estos comentarios, y más de cuarenta años después, vuelvo a sentir la bronca, la vergüenza, la impotencia de mis trece años, y abrazo fuerte con estas líneas a esa adolescente que fui. Abrazo fuerte a las adolescentes violentadas que volvemos a ser todas.

Espero que logremos aprender, mujeres y hombres, a ser solidari@s; espero que logremos aprender a cuidarnos entre tod@s.

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