En la piel de la novela*

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 20 DE MARZO DE 

La palabra piel me provoca siempre un estremecimiento.

La palabra piel me provoca un casi imperceptible espasmo que es a la vez placer y horror.Esa película que nos cubre y que marca la frontera, el punto liminar entre los otros y nosotros, el adentro y el afuera, mi intimidad y la de ustedes, es el espacio de un íntimo sacudimiento. Cuando hablo, cuando callo, cuando acaricio, cuando lloro, cuando leo, cuando escribo, la piel está ahí.

Dice Pedro Salinas a quien estamos recordando en este Congreso de la Lengua:

Entre abrazos, tu piel,
Que me entrega el retorno
Al palpitar primero,
Sin luz, antes del mundo,
Total, sin forma, caos.

La piel que se vuelve canto al encuentro amoroso, dibujo sutil del erotismo, lento, silencioso, como el dibujo que los pies trazan al bailar un bolero (Luis Rafael Sánchez habló en la inauguración de los ritmos y de los boleros, entre muchas otras maravillas, y yo, lectora fanática no sólo de La importancia de llamarse Daniel Santos, sino también del entrañable Manuel Puig, que en Boquitas pintadas escribió: “…los boleros dicen muchas verdades”, he cantado con ellos todos los boleros, he acariciado con ellos todos los cuerpos, he aprendido con ellos esa lenta y dulce manera de celebrar la piel amada).

Que se quede el infinito sin estrellas
O que pierda el ancho mar su inmensidad
Pero el negro de tus ojos que no muera
Y el canela de tu piel se quede igual…
Ojos negros, piel canela, que me llegan a desesperar…

La piel es también espacio de protección. La piel suave y La piel dura llamó François Truffaut a dos de sus mejores películas. “Tener la piel dura” usamos en español cuando queremos decir que algo no nos afecta. Lo contrario sería tener la sensibilidad “a flor de piel”. “A flor de piel”. También esas palabras me provocan siempre un estremecimiento.

Hay famosas pieles literarias: pienso en La piel, la brutal novela de Curzio Malaparte. Un libro que me pone la “piel de gallina”, o “la piel chinita”. O en La piel de zapa, por ejemplo. Como en la novela de Balzac, la lengua es para nosotros, quienes hemos hecho de las palabras nuestro hogar, nuestra propia y personal piel de zapa. Ese talismán que nos permite conseguir aquello que deseamos, aquello que soñamos. Con la inmensa ventaja de que no nos acorta la vida, ni se achica ni desaparece, sino que cuanto más la usamos, más se enriquece la piel del idioma.

Recuerdo también otra novela de uno de los autores más mencionados en la inauguración del Congreso de la Lengua, Carlos Fuentes. Hablo de Cambio de piel, claro. Pero como la memoria es caprichosa y el internet lo es más, lo primero que aparece al poner “Cambio de piel” en google es un video de Marc Anthony. ¿Marc Anthony? Cosas veredes, digo yo, por citar a otro clásico.

En fin, que pieles y palabras pueden compartir suavidades o rugosidades, brillantez u opacidad, tibieza o frío, deseo o dureza. Hay palabras capaces de dibujar pieles maravillosas, y pieles maravillosas que hacen brotar todas las palabras.

Se dice que Bertolt Brecht escribió:

La piel, de no rozarla con otra piel
se va agrietando…
Los labios, de no rozarlos con otros labios
se van secando…
Los ojos, de no mirarse con otros ojos
se van cerrando…
El cuerpo, de no sentir otro cuerpo cerca
se va olvidando…
El alma, de no entregarse con toda el alma
se va muriendo.
¿Quién quiere vivir agrietado, seco y cerrado? ¿Quién, acaso, quiere morir?

Decíamos que la piel es el espacio natural de la protección, y eso es así porque también es el espacio de la vulnerabilidad, de la violencia. Y aquí es cuando ya no es el deseo, ni es el erotismo, ni es la piel que se roza con otra piel, lo que aparece, sino la piel violentada, ultrajada, de las miles y miles de mujeres víctimas de la violencia en el mundo; de las miles y miles de mujeres víctimas de la violencia en México.

En los últimos 15 años, de 2000 a 2014, el número de las mujeres asesinadas en México asciende a 26 mil 267, que en promedio significa 5.1 por día. Del 2000 al 2014 la cantidad de los homicidios anuales se duplicó al pasar de 1 mil 284 a 2 mil 349, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

“Los asesinatos de mujeres derivan en un patrón cultural y menos al fenómeno de la violencia social por el crimen organizado”, asegura el Inegi.

¿Cómo no sentir dolor, tristeza, impotencia ante esto? ¿Cómo escribir una novela, un cuento, un poema, sin sentir que tenemos una responsabilidad ética ante el horror?

Entre el deseo y la responsabilidad ética, busco el dibujo amoroso que las palabras tatúan en la piel.

________________

*En la piel de la novela es el título del “conversatorio” que compartí con la escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres, y con la mallorquina Carme Riera, en el marco del Congreso de la Lengua celebrado en Puerto Rico, del 15 al 18 de marzo de 2016. Esta charla que se volvió rápidamente cómplice y deliciosa fue organizada por el Grupo Editorial Planeta. Las palabras “piel” y “lengua” puestas en una misma oración sin duda disparan hasta la imaginación más árida. ¿O no?

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