Te quedas contigo

1.

“-  ¿Y si llamo a los médicos?

– No me van a dejar ir. Es mi hora. Me quiero ir ya, Micaela. (…)

Mi abuela sonrió. Me rozó la mano con la punta de sus dedos rugosos. Mientras tanto, yo lloraba.

– ¿Quién me queda si te vas?

Ronquidos, pitidos, tos seca y más sangre que limpiarle de la comisura de los labios.

– Te quedas contigo.”

Esta escena es una de las primeras que relata la escritora Mayra Santos-Febres en su nueva novela La amante de Gardel. Un libro delicioso del que hoy simplemente quiero tomar esta escena (ya lo comentaré más a fondo algún otro domingo) como pretexto. “Te quedas contigo”, le dice la abuela a Micaela. Y yo leo esto hoy aquí, en este comienzo de abril, el mes más cruel, como bien lo sabía T.S. Eliot:

Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.

Y hoy aquí, en este comienzo de abril, me pregunto con quién nos quedamos cuando se van las personas que amamos.

2.

Leo un testimonio hermosísimo y desgarrador. Como ven son días de intensa lectura en mi vida. Es que a veces sólo la literatura me da las respuestas que estoy buscando. Leo un testimonio, decía, que me emociona, que me sacude: Aparecida, un libro de Marta Dillon, publicado en 2015. En él, la conocida periodista parte del momento en que recibe una llamada del Equipo Argentino de Antropología Forense en la que le dicen que han hallado los restos de su madre desaparecida durante la dictadura, y construye desde ahí un relato fuerte, emotivo, de a ratos brutal, siempre conmovedor, sobre la violencia, sobre las ausencias, sobre la orfandad, sobre los silencios, sobre la sobrevivencia, pero especialmente –y me quiero detener en esto-: sobre la relación con el cuerpo materno. “¿Quién me queda si te vas?”, preguntaba la protagonista de Mayra Santos-Febres.

¿Quién me queda si te fuiste?, le pregunta Marta Dillon a esa madre amorosa y cómplice. O, aún más terrible, ¿quién me queda si me han arrebatado tu cuerpo vivo y también tu muerte? ¿Cómo se hace un hogar –no es acaso un hogar lo que hacemos en el cuerpo materno- con tres huesos, o cinco, con lo poco que han podido recuperar? ¿Cómo nos enraizamos en ellos? ¿Cómo se los llena de carne, de piel, de memoria, de risas, de pelo rubio sobre la cara? ¿Quién nos queda?

“Mi maternidad es cuerpo a cuerpo –escribe Dillon-. El aliento de las mañanas, el sudor de las noches, sus babas en los bocados que no engullen, la sangre en las rodillas, las migas entre las sábanas, las lagañas, los mocos, la sal de sus ojos; las cosquillas y las luchas. El lenguaje del amor no se habla, se inscribe. Esa poesía material es la que aprendí de mi madre.”

3.

Mi maternidad también es cuerpo a cuerpo. Nadie lo sabe mejor que mi hija, resignada a recibir los apapachos amorosos (sí, reconozco que soy una encimosa) de su mamá, o a esquivarlos según la edad o el ánimo. Pero abril, el cruel abril, es sobre todo el mes de mi madre, de quien aprendí esa “poesía material”. ¿Quién me queda?, me pregunto como Mayra y como Marta. ¿Quién me queda en esas cenizas que enterramos una tarde helada debajo de la azalea más colorida que hay en la casita del Tigre? Vuelvo a Eliot y a “La tierra baldía”:

¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,

ha empezado a germinar?

¿Florecerá este año?

¿No turba su lecho la súbita escarcha?

¿Quién nos queda?, vuelvo a preguntarme sabiendo que hay gente amada, por supuesto, que está aquí junto a mí. Sin embargo, de pronto vuelvo a sentir las raíces al aire, el cuerpo sin asideros. Y casi puedo escucharla decir lo mismo que la abuela de Micaela: “Te quedas contigo”.

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Una respuesta a “Te quedas contigo

  1. Claro que si, te quedas contigo.
    Pero eso es al mismo tiempo tanto.

    Con su vida, uno hace que vivan a través nuestro las personas que hemos amado profundamente y que ya no están.

    Muchas veces somos tan parecidos a nuestros ancestros que compartimos sus mismos gustos, vivimos y sentimos a la manera en que ellos lo hacían.

    Hace cuatro años que mi abuela paterna ya no está, pero todo este tiempo la relación tan estrecha que teníamos existe de otra manera.

    Leí libros que ella tenía, de los que me había hablado y visité de esa manera sus mismos lugares. Comprendí porque los había disfrutado tanto.

    Cada año que cumplo escucho más jazz y siempre vuelve ella, porque la sensación de satisfacción que sentía al hacerlo es la misma en mí.

    Pude visitar museos que su tiempo terrenal no le alcanzó para conocer. Y fui feliz allí, como lo eramos cada vez que compartíamos esos espacios juntas.

    De vez en cuando, de acuerdo a como me arreglo el pelo o me pinto la boca, noto que ciertos familiares no pueden mirarme en las reuniones, por el parecido físico que ambas compartimos.

    El amor nunca termina. La vida avanza y no puede funcionar sin él.

    Siempre disfruto leerte Sandra!

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