El balón que vino de México

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 17 DE ABRIL DE 2016.

Para Pablo, porque todas las tardes
iba a jugar a la pelota

El lugar: Malpartida de Cáceres, Extremadura.
El año: 1961.

La acción: Un grupo de chicos juega futbol en la calle. Tienen 11 o 12 años, un poco menos quizás, y pasión por juntarse con los amigos a patear la pelota. Como tantos otros de esa edad en tantos otros lugares del mundo. Pero aquí, más de veinte años de dictadura franquista han hundido al pueblo en la miseria, y querer jugar puede no resultar tan sencillo, sobre todo si el único balón que hay a mano se ha descosido una y otra vez, y una y otra vez lo han llevado a coser, hasta que ya no se puede arreglar más. Y ahora qué hacemos, se preguntan los chavales de Malpartida mirándose con pocas ganas de resignarse a abandonar el juego de cada tarde.
Es entonces cuando a uno de ellos, José Mateos, al que llamaban “Risitas” por su permanente sonrisa, se le ocurrió la idea que da origen al documental “El balón que vino de México”. ¿Cuál fue esa idea? Mandar, al único periódico deportivo que se publicaba en España en ese momento, una carta que decía:

Somos once muchachos que formamos un equipo sin fondos en metálico. El balón que teníamos se nos ha destrozado y ahora nos encontramos sin balón para jugar a nuestro deporte predilecto. Pensamos si en toda España no habrá un club, más o menos poderoso, al que le sobre un balón y quiera regalárnoslo. O si, en ausencia de altruismo de algún club, si no existirá alguna persona altruista aficionada al fútbol que quiera ponernos como regalo de Reyes, un balón aunque sea usado. En nombre de los ‘Once muchachos de Malpartida’, les da las gracias José Mateos.

“…un balón aunque sea usado…” ¿Qué quieren que les diga? Con esa frase a mí sí se me “pianta un lagrimón”, como dice el tango, y me dan ganas de salir corriendo a comprar no uno sino diez o cien balones. Hubo alguien de este lado del Atlántico que se conmovió tanto como ahora nos conmovemos nosotros. Se llamaba Rogelio Rodríguez de Bretaña, era gallego, y conducía el programa de radio “Tirando a gol”. Él organizó todo para que llegara el balón a Extremadura, con una dedicatoria que decía: “…como una prueba de afecto y solidaridad deportiva de un grupo de aficionados de México”. Iberia transportó el regalo con cuidados especiales, y todo el pueblo de Malpartida se puso de fiesta ante la llegada de esa pelota que les permitiría a los chicos seguir jugando (¿se acuerdan de “Bienvenido Mr. Marshall”?). Pero el alcalde, que recibió personalmente y en ceremonia oficial el presente que enviaban desde México, decidió -¡es de no creerse!- que era demasiado importante como para que lo patearan día tras día, así que le construyó una vitrina especial y no permitió que nadie jugara con él. ¡Nadie! Los once planearon entonces una pequeña venganza: hicieron desaparecer para siempre la válvula que hacía falta para inflar el balón.

“El regalo mexicano fue el punto de partida para que el fútbol fuera la religión más importante de Malpartida”, dice uno de esos muchachos que hoy tiene más de sesenta años. Pero el triunfo “fue del pueblo. La historia no se debe borrar”, agrega otro como vocero de ese entrañable Fuenteovejuna de 1961.

“El balón que vino de México”, dirigido por Jerónimo García Castela en 2009, ha ganado varios premios internacionales, entre otros uno que me interesa destacar especialmente: el del I Certamen Audiovisual Internacional sobre Migraciones y Exilios de la Asociación Española de Cine e Imagen Científicos (Asecic) y la UNED. Y me interesa destacarlo porque ese premio se dio en nuestro país, en México, donde la coordinadora del Centro de Estudios de Migración y Exilio es la querida María Luisa Capella, reconocida profesora, crítica literaria, ensayista, pero sobre todo una mujer entrañable, hija de refugiados republicanos, a la que –créanme- no hay forma de no querer.

Me gustó la historia que cuenta el documental. Me gustó ese relato de pequeñas solidaridades, de lucha, de deseos, de sueños. Me gustó para conmemorar así el nacimiento de la Segunda República (14 de abril de 1931). Estas líneas son también una manera de recordar que México y España, esas dos orillas del Atlántico, no serán nunca una frontera, sino una puerta, como quería Tomás Segovia, por la que pasan de ida y vuelta el cariño, la complicidad, el agradecimiento.

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