No hay nada, para el amor, como la tierra

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 17 DE JULIO DE 2016.

Yo pienso en Robert Frost y en su refugio en este paisaje. Foto: Internet

Para Jacobo Sefami y los amigos de Middlebury,

por los encuentros y reencuentros

Nada hay, para el amor,
como la tierra; ignoro si existe mejor sitio.
Quisiera encaramarme a un abedul, trepar,
por las ramas oscuras del blanquecino tronco
y subir hacia el cielo, hasta que el abedul,
doblándose vencido, me volviese a la tierra.
Subir y regresar sería muy hermoso.

Robert Frost

Abrazar a los árboles. Encaramarme a un abedul y subir hacia el cielo. Eso es lo que quiero cada mañana. Me asomo por la ventana y veo el verde. La tentación es enorme. ¿Qué sentido tendría resistirme? Me pongo zapatos cómodos y salgo a caminar por el bosque. A abrazar a los árboles. A encaramarme a los abedules. Cuanto más temprano, más delicioso es el aire. Es el segundo verano que paso dando clases en la Escuela Española de Middlebury College, en Vermont. Cada vez que entro a un salón de clases o que me reúno con los alumnos no puedo dejar de pensar en que acá estuvieron, entre otros, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Camila Henríquez Ureña, Gabriela Mistral. ¡Vaya responsabilidad! Leo, escribo, charlo con los colegas y con los estudiantes, participo en las muchas actividades que se organizan… pero mi verdadera vocación es caminar abrazando a los árboles. Es encaramarme a los abedules y subir hacia el cielo, y descubrir entonces que no hay nada, para el amor, como la tierra.

Internet me cuenta que los japoneses han creado una “terapia del bosque” o Shinrin-yoku. La gente se inscribe a algún grupo para caminar en la naturaleza un par de horas por semana y así combatir la tensión, el estrés, los “males de la sociedad contemporánea”.

“Con técnicas avanzadas de neurobiología han confirmado que  pasear o simplemente estar en un bosque disminuye la actividad del córtex prefrontal, la parte del cerebro donde residen las funciones cognitivas y ejecutivas como planificar, resolver problemas y tomar decisiones. En cambio, la actividad se desplaza a otras partes del cerebro relacionadas con la emoción, el placer y la empatía.”

Yo pienso en Robert Frost y en su refugio en este paisaje. ¿Será que los verdaderos poetas comparten con el budismo y con el sintoísmo la búsqueda de lo sagrado en la naturaleza? ¿Será que saben desde siempre que no hay nada, para el amor, como la tierra, como los árboles, como el horizonte abierto y límpido?

En el camino que lleva a la cabaña en la que pasó tantos años de sus vida, y que ahora se llama “Robert Frost Trail”, los árboles son abrazados por sus poemas; el primero, claro, es “The Road Not Taken”, un poema que durante décadas todos los habitantes de este país aprendían de memoria.

Comparto con ustedes la versión del poeta catalán Agustí Bartra:

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.

¿Será que siempre los verdaderos poetas toman el menos transitado? Hasta esa cabaña llegó Octavio Paz, con treinta y un años, a conversar con Frost . Paz estaba dando clases también en Middlebury. Cuando Victoria Ocampo y José Bianco lo supieron, le pidieron que le hiciera una entrevista a para publicarla en Sur.

Piso sin pulir, dos sillas, un sillón azul otro rojizo, un escritorio con unos cuantos libros, una mesita con papeles y cartas. En las paredes tres o cuatro grabados, nada notables. Nos sentamos.

– Hace calor, eh. ¿la gustaría tomar una cerveza?

– Si, creo que si. He caminado media hora y me siento fatigado.

Bebimos la cerveza despacio. Mientras bebía mi vaso lo contemplaba. Con su camisa blanca abierta – ¿hay algo mas limpio que una camisa blanca limpia? -, sus ojos azules inocentes, e irónicos, su cabeza de filósofo y sus manos de campesino, parecía un viejo sabio, de esos que prefieren ver el mundo desde su retiro, pero no había nada ascético en su apariencia sino una sobriedad viril. Estaba allí, en su cabaña, retirado del mundo, no para renunciar a él si no para contemplarlo mejor.

(“Visita a un poeta”, en Las peras del olmo)

Comienza entonces una entrañable conversación entre ambos; allí están la escritura, la tradición, las lecturas, la joven poesía…

Desconfío de la gente que no relee. De los que leen muchos libros. Me parece una locura esa manía moderna, que solo aumentará el número de los pedantes. Hay que leer bien y muchas veces unos cuantos libros. (…) El campo es, además, la experiencia de la soledad. (…) Es la experiencia de la libertad. Es como la poesía. La vida es como la poesía, cuando el poeta escribe un poema. Empieza por ser una invitación a lo desconocido: se escribe la primera línea y no se sabe lo que hay después. No se sabe si en el próximo verso no espera la poesía o si vamos a fracasar. Y esa sensación de peligro mortal acompaña al poeta en toda su aventura. 

La charla entre los dos poetas es una lección sobre el oficio de escribir que es en realidad una lección sobre el oficio de vivir, que es en realidad una lección sobre el oficio de trepar abedules y regresar a la tierra.

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