Soy maestra

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 15 DE MAYO DE 2016.

Pensando en los 43 que también soñaban con ser maestros…

La herencia es una cosa curiosa, sin duda; bastante inasible y no siempre fácil de rastrear en la propia historia. Pero yo tengo claro que fue mi abuela Mamina -Pampita, como la llamaron sus padres, inmigrantes italianos, en agradecimiento al país que los había recibido-, quien me heredó el amor por la tiza, el pizarrón y el salón de clases, junto con la convicción de que se puede hacer algo por los demás desde ese espacio.  Será por eso que empecé a dar clases hace casi treinta y cinco años, y que un aula es quizás el único lugar en el que me siento verdaderamente en casa.

Ella, que había sido maestra en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, me enseñó a leer y a escribir cuando yo tenía cinco años recién cumplidos y acababa de fracturarme la muñeca izquierda. Como tenía más ganas de aprender que de esperar a que me quitaran el yeso, preferí abandonar mi ya declarada zurdez (¿se dice así?) y empecé a tomar el lápiz con la derecha. La zurdez se me pasó, la tosudez, como bien lo saben muchos de ustedes, nunca.

Lo que se fortaleció ahí no fue solamente una intensísima relación abuela-nieta, sino además un amor absoluto por la figura y el trabajo de la gente que dedica su vida a la docencia. Tanto que puedo recordar los nombres y apellidos, el color de tinta que usaban y – si me esfuerzo un poco – hasta la voz, de todas mis maestras y maestros desde el jardín de infantes hasta el último día del doctorado.

Muchos, muchísimos de ellos contribuyeron a reforzar la herencia de mi abuela: la “señorita Lidia” en primer grado (la que aparece en la foto), la “señorita Beatriz” de tercero que me parecía la mujer más bella del mundo, Gloria en quinto, pelirroja, pecosa y divertida. El matrimonio de Ludueña y Gigena en secundaria (él nos daba matemáticas y hacía que me gustaran tanto que en algún momento hasta pensé estudiar ciencias exactas en la universidad; ella nos enseñaba música, y dirigía el coro de la escuela en el que me aceptó sospecho más por caridad o cariño que por mi oído. La verdad es que siempre he cantado pésimo. Eso sí: a entusiasta no me gana nadie). O Luz Fernández Gordillo, al llegar a México, con la que leíamos los mismos poemas de la generación del 27 que mi madre nos recitó toda la vida; Raquel Bárcena en la Nacional de Educadoras que me enseñó que el arte puede cambiar la realidad de los niños; Luis Rius en la Facultad y su dulzura para leer poesía, y tantos y tantos otros.

También suelo recordar a la mayor parte de mis alumnos. Tengo pésima memoria para casi todo, pero no para lo que sucede en el salón de clases. Muchos de mis lazos de amistad más fuertes nacieron ahí. En el aula y siendo ya profesora aprendí a hablar pensando en los demás, a plantear lo más claramente posible lo que quería transmitir, a buscarle palabras a las sensaciones, a las emociones; pero sobre todo aprendí a escuchar. Los estudiantes me han enseñado a lo largo de los años que no hay nada mejor que el diálogo que tiende puentes y construye complicidades solidarias.

Es cierto, quise ser Makarenko, y después Paulo Freire, y todavía lloro con todos los libros y todas las películas que hablan de ese extraño y maravilloso vínculo que se crea en el aula. Desde “Al maestro con cariño” hasta “La sociedad de los poetas muertos”, desde “El profesor Lazhar” hasta “Los chicos del coro”, tengo debilidad por este género. Y “debilidad” en este caso quiere decir que se me salen las lágrimas a la primera oportunidad. Para que me entiendan, me conmuevo viendo incluso la antigua y pésima telenovela infantil argentina que se llamaba “Jacinta Pichimahuida” (¡Mea culpa! Tal vez yo debería ocultar semejantes debilidades, ¿no?).

Hoy sigo pensando que allí, entre los chicos, intentando analizar juntos una metáfora, o disfrutando de la lectura de un cuento, o discutiendo sobre una hecho histórico, o intentando desentrañar una fórmula química, o memorizando la tabla del 9, o los nombres de los faraones egipcios, o imaginando travesías por los ríos de África, o simplemente aspirando el olor a madera, a tinta fresca, a cuadernos, a ganas de escuchar y de aprender, de dialogar y de compartir, que hay siempre que más de dos se juntan para seguir jugando a la escuelita como cuando éramos chicos -finalmente siempre es un juego-, allí, decía, está uno de los más entrañables y apasionantes regalos que me ha hecho la vida.

Por eso hoy 15 de mayo quiero darles las gracias -de verdad, de verdad- a quienes me contagiaron este amor y este entusiasmo, y a quienes me han permitido que yo intente transmitirles un poquito de todo esto.

Y sí: sigo pensando que la tiza y el pizarrón son dos de los mejores inventos de la tecnología.

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