Y usted ¿a qué le tiene miedo?

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 01 DE MAYO DE 2016.

El grito de Munch. Foto: Especial

Usted y yo sabemos que estamos viviendo en una sociedad del miedo. Usted y yo sabemos que el miedo se nos ha metido en el cuerpo y casi lo hemos “naturalizado”, pero si alguien mirara de verdad nuestro interior encontraría una imagen similar al grito de Munch. Usted y yo sabemos que todos los días tenemos que enfrentarnos al miedo para seguir viviendo: miedo a ser agredido, miedo a ser asaltado, miedo a ser secuestrado, miedo a ser perseguido, miedo a ser manoseado, miedo a ser observado, miedo a ser violado, miedo a ser controlado. Miedo a sentir miedo. Usted y yo sabemos que todos los días podemos ser Alicia ante los gritos de la Reina de Corazones: “¡Primero la sentencia. Después el juicio!”. “No se puede sentenciar antes del juicio”, intenta argumentar Alicia. “¡Que le corten la cabeza!”, grita la Reina con todas sus fuerzas. Usted y yo sabemos que todos los días podemos ser decapitados.

Se dice que el miedo está en la base de la condición humana por nuestro desamparo absoluto ante la muerte. Por eso Nietzsche pudo escribir “No miremos por mucho tiempo el abismo porque entonces éste se mira dentro de nosotros”. La muerte de los dioses nos deja solos ante ese abismo; si antes temíamos su ira, hoy tememos nuestra fragilidad.
Y sin embargo, los datos de la violencia en nuestro país muestran que el miedo que sentimos no es ontológico ni paranoico sino que responde a un puro sentido de realidad.

Recibí un muy interesante documento de la UNESCO llamado “Cómo desarrollar la seguridad digital para el periodismo”, y al mismo tiempo se publicó en todos los medios la noticia del asesinato de un periodista del Estado de Guerrero. Un crimen más de los muchos que se comenten. Y pensé en el miedo. En esta sociedad del miedo en la que vivimos. Usted y yo sabemos que tenemos miedo. Al leer el documento de la UNESCO pensé que esos crímenes también son producto del miedo (perdón por la obviedad). Me pregunté entonces: “¿A qué le temen los poderosos?”. No es otra cosa sino ese miedo, aunado al autoritarismo, la impunidad y la violencia, el que genera los ataques en contra de quienes buscan defender el derecho a la información y a la libertad de expresión. ¿Qué es aquello que ocultan los poderosos y que los periodistas tratan de sacar a la luz? ¿Qué negocios turbios, qué componendas, qué acuerdos, que vicios públicos y privados, qué debilidades, qué relaciones quieren esconder?

El sociólogo chileno Manuel Antonio Garretón explicaba el miedo que se sentía durante la dictadura de Pinochet a través de dos imágenes de temor infantil: la del perro y la de la habitación oscura. El niño sabe que el perro puede morderlo y por eso le teme. En cambio no sabe qué puede surgir de las sombras y por eso teme entrar a la habitación. El miedo a lo conocido y el miedo a lo desconocido.

Los poderosos saben a qué le tienen miedo; saben qué información, qué hechos, qué datos, los inculpan. Ése es su perro.

Usted y yo no tenemos información, ni hechos, ni datos, ni componendas, ni negocios. No sabemos de dónde ni por qué vivimos amenazados. Ésa es nuestra habitación oscura.

Lo familiar, lo conocido -nuestro país, nuestra ciudad, incluso nuestro barrio, nuestra calle- se nos ha vuelto amenazante. ¿Cuántas veces miramos a nuestro alrededor para comprobar que no hay nadie cerca antes de poner la llave en la cerradura de casa, cualquier noche? ¿Cuántas veces nos preguntamos si con esa falda o con esa blusa podremos subirnos al metro? ¿Cuántas veces quisiéramos impedir que nuestros hijos adolescentes salieran de casa? ¿Cuántas veces dudamos antes de aceptar una invitación a determinados lugares? ¿De verdad podemos ir a Iguala (o a Veracruz, o pongan el lugar que ustedes quieran)?, preguntamos intentando disimular nuestra aprehensión. Nuestro hogar, lo íntimo, Heimlich, djo Freud, se ha vuelto siniestro: Unheimlich. Lo familiar y lo ominoso están separados por una nada casi; un prefijo, Un, que convierte la cotidianeidad en pesadilla. Usted y yo lo sabemos. Por eso nos damos la mano, por eso marchamos juntos el domingo pasado, por eso seguimos hablando, escribiendo, encontrándonos, enamorándonos, riendo, bailando; porque no hay otra forma de enfrentar ese miedo que celebrar la vida. Lejaim!, brindaba siempre mi madre, que en hebreo significa “por la vida”. Lejaim, entonces. ¿Puede haber acaso un mejor brindis?

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