Charlotte “Ésta soy. Ésta es mi historia”

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 21 DE ENERO DE 2018.

Para Angelina Muñiz-Huberman
Para Karen y Salo Amkie

No puedo dejar de mirar las pinturas de Charlotte Salomon. Hay algo en esas imágenes de colores fuertes y trazos que oscilan entre lo naif y lo violento que no me suelta. Aun sin conocer su vida, las obras dejan adivinar el dolor y el miedo, pero también las impresionantes ganas de vivir, la energía feroz de su creatividad, la luz de su mirada. Quizás porque La afirmación de la vida y la afirmación de la muerte se muestran como una sola cosa,  como le escribía Rilke a su editor quien le pedía pistas para comprender “Las elegías de Duino”. La afirmación de la vida y la afirmación de la muerte: eso es lo que pintó con desesperación ese “ángel terrible” que fue Charlotte. Marcada por un pasado doloroso, pudo ver el rostro del horror en un presente que cancelaba todo sueño de futuro.

Foto: Especial

“Ésta soy, ésta es mi historia”, parece gritar en un mundo que buscaba enmudecerla.
Charlotte Salomon murió en Auschwitz. “¿Vida? ¿O teatro?” le puso como título a esa obra desgarradamente autobiográfica formada por más de mil trescientas acuarelas pintadas sobre hojas de 25 por 35 centímetros. Nada. Apenas un poco más grandes que una hoja tamaño carta. “Ésta soy”.

Foto: Especial

Más de mil trescientas acuarelas acomodadas ordenadamente en una maleta son su grito de vida, el testimonio de quien se rebela contra la condena a muerte que pesa sobre sí. Una condena a muerte que parece tener dos orígenes: uno familiar (¿genético?) y otro social.
Charlotte nació el 16 de abril de 1917 en el seno de una acomodada familia judía berlinesa. El padre, Albert Salomon, era un reconocido médico cirujano, que había servido en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, y su madre, Franziska Grunwald, hija de una destacada familia de intelectuales, era enfermera. Se conocieron en el frente y se casaron en 1916.
Cuando nació la niña, Franziska quiso ponerle el mismo nombre de su hermana muerta. Por eso David Foenkinos empieza así su libro sobre la pintora –con una frase de una extraordinaria fuerza literaria- :
Charlotte aprendió a leer su nombre en una tumba.
Y continúa:

Así que no es la primera Charlotte.
Antes existió su tía, la hermana de su madre.
Las dos hermanas están muy unidas, hasta una tarde de noviembre de 1913. 

¿Qué sucedió esa tarde? La primera Charlotte se suicidó tirándose al río helado. La marca que esa muerte dejó en Franziska fue de tal fuerza que, a pesar de haber formado una familia, de tener una hija pequeña, de ser aparentemente feliz, trece años después también ella se mató.

La pequeña Charlotte creció convencida de que su madre había muerto de influenza. Cuando siendo joven conoció la verdad, descubrió también otras muertes por suicidio entre las mujeres de su familia. Siete muertes que antecedieron a aquella de la que fue testigo ella misma: su abuela, sumida durante años en una depresión profunda por la muerte de sus dos hijas, se tiró por la ventana cuando estaba al cuidado de la propia nieta.

La condena a muerte de las mujeres de la familia parecía cumplirse inexorablemente. A ella se sumaba el avance feroz del nazismo.
Albert Salomon se casó en segundas nupcias con una reconocida cantante lírica, Paula Lindberg, con la que Charlotte tuvo una relación sumamente amorosa. Su padre y su madrastra la ayudaron a cumplir su vocación artística cuando era apenas una adolescente. Un profesor que se dio cuenta de su talento la ayudó a entrar a la Academia de Bellas Artes de Berlín. Sin embargo, el cerco se iba cerrando en torno a los judíos. Albert y Paula vieron restringidos cada vez más sus derechos, fueron expulsados de sus lugares de trabajo, se les prohibió ejercer su profesión, no podían estar en lugares públicos… la situación se iba volviendo angustiante, dolorosa, insostenible.
En ese contexto, Charlotte ganó el premio anual de la Academia. No pudo recibirlo. Tampoco pudo regresar a clases.

Estamos tan acostumbrados a leer, escuchar o mirar historias sobre el nazismo que pensamos poco en el derrumbe interior absoluto que tiene que haber significado para los perseguidos: el miedo, la angustia, la incredulidad. Como tantos otros, Albert Salomon decía:

“Soy alemán. He servido en el ejército alemán. Mi familia lleva siglos viviendo en esta país. ¿Qué podría pasarme?”

Después de la terrible Kristallnacht (la Noche de los cristales rotos) del 9 de noviembre de 1938, decidieron enviar a la joven a vivir con sus abuelos en el sur de Francia donde ellos se habían refugiado.

En 1940, después de la muerte de la abuela, Charlotte y su abuelo fueron llevados al campo francés de Gurs en los Pirineos. Al llegar los separaron y a ella la mandaron al barracón de las mujeres. Se sabe que en la fila estaba también Hanna Arendt. Allí fueron sometidos todos a un régimen de terror. Cada noche un guardia elegía a la mujer que iba a violar. El pánico se apoderaba de cada una.
Finalmente los dejaron libres en julio.

Dos meses más tarde, Walter Benjamin se mata.
Del otro lado de la cadena montañosa.
Corre el rumor de que los apátridas ya no pueden cruzar la frontera.
Benjamin está convencido de que no tardarán en detenerlo.
Exhausto tras los años de vagabundeo y persecución, se derrumba.
Y se envenena con morfina.
Vienen a la mente estas palabras, que cobran la sonoridad de un adiós.
“Sólo podemos concebir la dicha
en el aire que respiramos,
entre los hombres que vivieron con nosotros”.

Fue quizás en ese camino de regreso, atravesando las montañas bajo el sol del verano, y con su abuelo enfermo a cuestas, donde nació la idea que se concretaría en el desesperado ejercicio autobiográfico que tituló “¿Vida? ¿O teatro?” Pintura, escritura, música conforman esta obra inigualable, menos conocida de lo que merece.

Foto: Especial

Ni el estigma familiar, ni el antisemitismo asesino, la borrarían de la faz de la tierra. Una vez terminadas las acuarelas, las colocó cuidadosamente en una maleta y pidió que fueran entregadas a la mujer que los había protegido a ella, a sus abuelos, y a varias decenas de niños judíos a los que logró llevar a Estados Unidos: Ottilie Moore.

En el momento de entregarla al doctor Moridis, quien la había animado casi dos años antes a que continuara pintando, le dijo: “Es toda mi vida”.
Poco tiempo después, Francia fue completamente ocupada. A pesar de eso Charlotte se casó con el hombre del que se había enamorado, Alexander Nagler, refugiado austríaco. ¿Habrá conseguido la plenitud del amor diluir o por lo menos esconder el terror?

Alguien los denunció. Y en septiembre de 1943 fueron llevados a Auschwitz. Ella murió asesinada en la cámara de gas el 10 de octubre. Tenía veintiséis años y estaba embarazada de cinco meses.

En lo alto del edificio se puede leer que se van a dar una ducha.
Antes de entrar en los baños, todas se desnudan.
Tienen que colgar la ropa en un gancho.
Una vigilante grita a todo pulmón.
Sobre todo, acordaos bien del número de la percha.
Las mujeres memorizan ese número postrero.
Y en entran en la sala inmensa.
Algunas van cogidas de la mano.
Entonces las puertas se cierran con dos vueltas, como en una cárcel.
La desnudez expuesta a la luz cruda demacra los cuerpos.
Charlotte, con su vientre, destaca entre las demás.
Se queda quieta ahí en medio.
Parece estar evadiéndose del momento.

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