El margen es nuestro sur, escribiría

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 05 DE MARZO DE 2017.

Tierra de huérfanos la nuestra, piensa. Hijos huérfanos. Padres huérfanos. ¿O cómo se llama la orfandad de los padres, de las madres, cuando el hijo es un vacío que grita? Foto: Cuartoscuro

Alguien le pidió que escribiera algo sobre el poder transformador de la cultura. ¿Por dónde empezar? Vieja pregunta. Pregunta con larga historia, con memoria. Con cicatrices. Sabe que si tuviera que pensar palabras que resumieran lo que quiere decir, le vendrían a la mente las que la rondan desde hace ya un buen rato, años quizás. Escribiría entonces ruinas, escribiría cenizas, escribiría fronteras, nomadismo, miedo, cicatrices. Escribiría lengua y pasaría entonces del español a tu piel porque ése es el problema con las palabras: a veces buscan sus propios caminos. Y esos caminos pasan por el cuerpo. Tienen que pasar por el cuerpo, por su propio cuerpo, para que ella, por lo menos ella -no se atreve a hablar de nadie más- sienta que lo que dice es verdadero. Debería escribir poesía y bajo ese título guardar todas las palabras. Pero, está claro que no vivimos tiempos poéticos. Y sin embargo… “Para qué poetas en tiempos de penurias”, se preguntaba Hölderlin. Y ella escribiría penurias en su lista. Escribiría memoria. También olvido porque es necesario sobrevivir. Escribiría violencia y le dolerían el cuerpo y el alma, como cuando leyó El deshabitado, el libro de Javier Sicilia que alguien llamó novela. Si cada una de esas palabras fuera hilo de colores podría quizás hacer un bordado que nos llevara lejos de la violencia; un manto con el cual cubrirse y cubrir a tantos otros. ¿Puede la poesía, pueden las palabras ser un manto que protege, que cubre, que sana? Escribiría herida, y sanar. Y volvería a pensar en Javier Sicilia. En Juanelo, el hijo asesinado. En el padre desgarrado por el dolor de la pérdida.

También David Grossman teje un manto con la ausencia del hijo amado. Muerto frente a otro muro, en otra tierra. ¿Quién es culpable? ¿El arma del soldado palestino? ¿Nuestra complicidad? ¿Quién es culpable, Javier, David?

Dice manto y recuerda haber leído que el silencioso Coetzee, el premio Nobel menos protagónico de la historia de la literatura, el que ha dado tan pocas entrevistas a lo largo de su vida que hay quienes llegan a pensar que el verdadero escritor es otro, viaja siempre con una cobija. Era de su hijo. El chico tuvo un accidente y él viaja con ese olor de ausencia pegado al rostro. La escritura y el cuerpo.

En nuestra lengua tres mujeres tejen la pérdida con palabras. Chantal Maillard, Esther Seligson. Piedad Bonnet. Nombrarlas es como tocar madera, como persignarse si uno cree en algo, como no pisar las rayas que separaban una baldosa de otra en las banquetas de su infancia. Nombrarlas es un conjuro contra el horror. Escribiría horror pero el miedo gana. Maillard, Seligson, Bonet. España, México, Colombia tejen las pérdidas con palabras, las ausencias con silencios.

Tierra de huérfanos la nuestra, piensa. Hijos huérfanos. Padres huérfanos. ¿O cómo se llama la orfandad de los padres, de las madres, cuando el hijo es un vacío que grita? Escribiría orfandad. Dolor. Violencia.

Abuelas que buscan a los nietos. Madres que buscan a los hijos. Ante la más sangrienta de las dictaduras militares de la Argentina, la de los 30 mil desaparecidos, la de las torturas inimaginables, la de los vuelos de la muerte, ellas, las madres salieron a las calles. Con un pañuelo blanco en la cabeza, que no era pañuelo sino un pañal de sus hijos. Porque, dijo una, ¿qué madre no guarda un pañal de sus hijos? Han pasado cuarenta años. Cada jueves siguen dando vueltas a la plaza. “Con vida los llevaron, con vida los queremos.” ¿Qué madre no guarda un pañal de sus hijos? Pañal escribiría porque es cuerpo y memoria. Arrullo. “Con vida los llevaron, con vida los queremos”, dicen también las madres del norte del continente. ¿Cuál es el norte en este marasmo de cuerpos jóvenes arrancados a la vida? ¿Cuál es el norte? ¿Dónde está el sur? Y sabe que no habla de geografía, habla de versos y de dolores. “Los cuatro puntos cardinales son tres: el norte y el sur”, escribió Huidobro. Todos somos sur: los migrantes, los desplazados, los mutilados, los secuestrados, los que perdieron su tierra, los que perdieron hermanos, los que viven en chabolas, en ciudades perdidas, en villas miseria. Villa miseria también es América,[1] se llamaba una vieja novela. Somos el sur quienes hablamos español donde no se puede, donde no se debe, o náhuatl o purépecha, o tzotzil o aymara. Escribiría margen y lo volvería centro. Escribiría el margen es nuestro sur.

La caravana de madres de migrantes desaparecidos atraviesa su vida, su alma, su escritura. Recuerda cada uno de los rostros que ellas llevaban colgados como collares, como amuletos, como rosarios de cuentas perdidas, cuando las vio. Recuerda cada uno de sus nombres. Como Ana Ajmátova, ella también escribiría “yo quería mencionarlos a todos por su nombre”. Escribiría Antígona.

“Me llamo Antígona González y busco entre los muertos el cadáver de mi hermano”, dijo Sara Uribe.

Antígona Vélez, Leopoldo Marechal; Antígona furiosa, Griselda Gambaro; Antígonas, linaje de hembras, Jorge Huertas; Antígona (historia de objetos perdidos), Daniela Cápona Pérez; Antígona en el espejo,  Juan Carlos Villavicencio.

Tierra de huérfanos la nuestra, piensa. Huérfanos de madres, de padres, de hijos, de hermanos. La ley de la sangre frente a la ley del Estado. “es mi hermano y para mí eso basta”, le gritaba a Creonte la Antígona de Sófocles. “…busco entre los muertos el cadáver de mi hermano”, diría hoy ella junto a nuestras Antígonas, piensa.

Se dice que en la última década se han construido más 10 mil kilómetros de muros que rechazan, excluyen, dividen, segregan. Sin embargo, los migrantes de todo el mundo siguen caminando, siguen imaginando maneras de sortearlos, de burlar a quienes pretenden excluir de su realidad a los que menos tienen. Frente al hambre, frente a la violencia, cruzar las fronteras, atravesar las alambradas, es un mandato más fuerte que cualquier miedo.

¿Cuántos millones de pobres aquí hablando la misma lengua? ¿Cuántos millones intentando pasar a algún otro lado? América Latina lo llamaría. Continente desgarrado. Piensa en las vidas desperdiciadas de Bauman. Desperdicio escribiría. Excedente de una modernidad fallida. Los desclasados. Los miserables. Vidas precarias. Precariedad escribiría.. ¿Cuántos millones de jóvenes?

Desperdicio. Ruina. Piensa en el Ángel de la Historia de Walter Benjamin mirando aquello que se acumula delante de él: ruina sobre ruina. A eso, dice Benjamin, lo llamamos progreso. Ángel escribiría, como talismán. Como los ángeles de Wim Wenders que escuchan las historias de una ciudad en denso blanco y negro en “Der Himmel ueber Berlin” (“Las alas del deseo”).

Escuchar escribiría. Escuchar a los silenciados. ¿No tendría que ser ése el sentido de la política? “Hacer visible lo oculto. Escuchar a los silenciados”. Que hablen aquellos a los que se les ha negado el derecho a hablar. Es nuestro turno de escuchar. De aprender. De interpretar. De respetar. Piensa. Mencionarlos a todos por su nombre. “Hacer visible lo oculto. Escuchar a los silenciados.” ¿No tendría que ser ése el sentido de la política?, piensa. ¿No tendría que ser ése el sentido de la poesía?

Alguien le pidió que escribiera unas líneas sobre el poder transformador de la cultura. Desgarramientos, escribe. Vestigios de un futuro perdido para siempre. Y sin embargo… Debería escribir poesía y bajo ese título guardar todas las palabras: norte, sur, ruinas, lengua. Tu piel.

[1] Bernardo Verbitsky, Villa miseria también es América, 1957.

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