FLUIRÁ LIBREMENTE EL CANTO ENCARCELADO

PUBLICADO EN LITERAL MAGAZINE, EL 01 DE MAYO DE 2018.

 

 

Con los ojos de la despedida
os vi aquel día,
cosas de nuestra vida.
Con los ojos de la despedida,
la vida parecía
una cosa perdida.
La casa estaba vacía
en la hora de la despedida,
y sin embargo quedaban
las cosas de nuestra vida.

“Adiós” se llama este poema de Alaíde Foppa que me conmueve tanto. Como si sus versos hubieran sido premonitorios,  un día cualquiera ella se despidió de sus hijos y de su casa, y no regresó nunca más. Quedaron allí “las cosas de la vida”.  Eran fechas navideñas y viajó a Guatemala a pasar una semana con su madre, como lo hacía con cierta frecuencia. El ejército se encargó de que no volviera: la secuestró el 19 de diciembre de 1980, bajo la dictadura de Romeo Lucas García. Los principales intelectuales de América Latina y el mundo exigieron su aparición con vida. Fue inútil. Dicen que hacía frío esa mañana en que salió hacia el mercado. Dicen que murió a los tres días del secuestro. Torturada. Tenía 67 años. 

Como en tantos y tantos casos en este continente nuestro, su cuerpo jamás fue encontrado.

Guatemala, donde la violencia del Estado criminal ha dejado alrededor de cuarenta y cinco mil personas desaparecidas, es el primer país latinoamericano en que la desaparición forzada fue utilizada como herramienta de terror contra la población civil. Vaya honor.

Y Alaíde fue una de sus víctimas.

Poeta, ensayista, traductora, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, fundadora de la revista Fem, creadora y conductora del primer programa feminista de la radio mexicana (“Foro de la mujer” en Radio UNAM), Alaíde pasó de ser un símbolo de la fuerza y el compromiso social, intelectual y creativo de las mujeres del continente,  a ser uno de los símbolos del horror de esta tierra nuestra tan poblada de ausencias, tierra de huérfanos –hijas e hijos, madres y padres (“la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada”, escribió Javier Sicilia)–, tierra de Antígonas que buscan los cuerpos queridos que el poder les ha arrebatado. 

Una desaparecida más entre violencias y dolores. Su cuerpo no apareció en las fosas comunes; su figura elegante, esbelta, inquieta nunca fue huesos amados para que sus hijos los acariciaran y enterraran bajo alguno de los árboles que tanto le gustaban. Por eso tiene más fuerza la memoria: porque es el único espacio del reencuentro, el que nos habla de su voz y del brillo de sus ojos. Ésos a los que ella les había cantado en “Elogio de mi cuerpo” diciendo:

Mínimos lagos tranquilos
donde tiembla la chispa
de mis pupilas
y cabe todo
el esplendor del día.
Límpidos espejos
que enciende la alegría
de los colores.
Ventanas abiertas
ante el lento paisaje
del tiempo.
Lagos de lágrimas nutridos
y de remotos naufragios.
Nocturnos lagos dormidos
habitados por los sueños,
aún fulgurantes
bajo los párpados cerrados.

¿Pero quién era Alaíde? Así lo contaba ella misma:

“… Nací en Barcelona. Mi padre era argentino y mi madre guatemalteca. Viví poco en Argentina y después en Italia. Mi padre estaba en el servicio exterior. En Italia hice mis estudios hasta secundaria. Fui a Bélgica a cursar el bachillerato y de ahí regresé a Roma donde estudié letras e historia del arte. Mis primeros acercamientos al arte y a la literatura fueron en Italia. Escribí mis primeros poemas en italiano. Mis vinculaciones con América Latina eran muy tenues, por mi formación europea. Guatemala fue el encuentro con la realidad latinoamericana. En ese tiempo, el país estaba desgarrado. Llegué en vísperas de la revolución democrática de 1944; viví en pocos meses ese estado de angustia y opresión que ahora se ha renovado y está cada vez peor. Fue la primera vez que sentí a la gente, el miedo, la angustia, la enorme injusticia social, la pobreza, la explotación del indio. Para mí fue impactante. Comprendí que de alguna manera yo tenía que participar de todo aquello…

Aunque había vivido la segunda guerra en Europa, como extranjera no podía participar. Como mi padre era diplomático, me decía siempre: ‘¡tú no te metas!’.

Habiendo vivido los últimos años del fascismo entre amigos antifascistas, nunca había podido expresarme, mucho menos manifestar mis simpatías en alguna forma. En Guatemala fue diferente. Estuve ahí el 20 de octubre de 1944 cuando estalló la revuelta popular democrática. Hubo bombazos. Oía pasar las balas muy cerca, cosa que no había vivido en Europa. Esta vez no quise quedarme al margen. Fui a ofrecer mis servicios al hospital y la primera noche me la pasé metiendo enfermos debajo de las camas porque bombardearon el edificio. Ahí vi los primeros muertos de mi vida. Comprendí qué tan alejada había vivido de la realidad latinoamericana…”

En Guatemala se casó con Alfonso Solórzano, un hombre de buena posición que había estudiado derecho en Alemania, fundador del Partido Guatemalteco del Trabajo y diplomático, fue cercano a los gobiernos democráticos de Juan José Arévalo y de Jacobo Arbenz, y por esta razón tuvieron que exiliarse después del golpe militar de 1954. El compromiso marcó a la pareja y después a sus cinco hijos. “Cinco hijos tengo,/ cinco caminos abiertos,/ cinco juventudes,/ cinco florecimientos, los cinco dedos de mi mano.”

Un compromiso que nació en Guatemala y continuó México, y que fue sellado con sangre. Tres de sus hijos entraron a la guerrilla: Mario, Juan Pablo y Silvia. Los dos primeros murieron asesinados por la dictadura. Alaíde fue entonces Hécuba; fuego herido de muerte. Años antes había escrito “Propiciatoria”, el hermoso poema de la maternidad:

Señor aparta de mi lado las cosas que me hieren:
Lenta y plácida
sea la vida que corre por mis venas,
largos sueños y dulces despertares
me asistan,
escuchen mis oídos voces quedas,
mientras crece en secreto
la criatura.
¡Ay, que el llanto no empañe mi pupila!
Que por furtivo anhelo
no tiemblen mis pestañas,
ni perturbantes fantasmas me llamen,
mientras vive en mi seno
la criatura.
¿Cómo puedo estar triste
si la rama florece?
No empañe su mirada,
antes que se abra,
el velo de mis lágrimas.
El alma no me pertenece.
Mañana,
desprendida de mí
la criatura,
irá libre y ligero
mi imprudente paso,
y sin temores,
podré dejarme lastimar de nuevo.
Pero hoy, Señor,
aparta de mi lado
las cosas que me hieren:
tiende un camino de arena fina
bajo mi pie cansado,
defiende mi soledad tranquila
y pon sobre mi frente
una corona matinal
de pensamientos claros.

Después de enterarse de la muerte de Juan Pablo, dijo: “Pensar que yo, yo estaba viva, yo llevaba mi pequeña vida de todos los días, sin siquiera sospechar que mi hijo estaba allá muerto”.

Alaíde fue también la mujer del destierro, aunque les contara siempre riéndose a sus hijos que había cambiado de casa más de cincuenta veces en la vida, aunque fuera feliz en ese hogar de árboles altos y tierra siempre húmeda de la colonia Florida en la ciudad de México. Tenía a pesar de todo la herida del naufragio, del que no ha encontrado dónde plantar sus raíces:

Mi vida
es un destierro sin retorno.
No tuvo casa
mi errante infancia perdida,
no tiene tierra
mi destierro.
Mi vida navegó
en nave de nostalgia.
Viví a orillas del mar
mirando el horizonte:
hacia mi casa ignorada
pensaba zarpar un día,
y el presentido viaje
me dejó en otro puerto de partida.
¿Es el amor, acaso,
mi última rada?
Oh brazos que me hicieron prisionera,
sin darme abrigo…
También del cruel abrazo
quise escaparme.
Oh huyentes brazos,
que en vano buscaron mis manos…
Incesante fuga
y anhelo incesante
el amor no es puerto seguro.
Ya no hay tierra prometida
para mi esperanza.

Sus libros: La Sin Ventura, Los dedos de mi mano, Aunque es de noche, Guirnalda de Primavera, Elogio de mi cuerpo, y el último, publicado poco antes de su secuestro, Las palabras y el tiempo, muestran los caminos a través de los cuales buscó en las palabras el espacio de pertenencia, allí donde mirarse y reconocer su propio rostro.

Hoy recordamos sus escritos, sus poemas, su pasión por América Latina, su conversación siempre abierta y cálida, como la mesa familiar; hoy la recordamos y nos falta. Como decía una conmovedora campaña de H.I.J.O.S. México (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio): “Los desaparecidos nos faltan a todos”. Sabemos que frente a la ausencia, sólo la memoria que permanece alerta y activa se convierte en resistencia.

Quisiera cerrar estas líneas con la “Oración” escrita por la poeta, anhelando que fluya por siempre “libremente el canto encarcelado”:

Dame, señor
un silencio profundo
y un denso velo
sobre la mirada.
Así seré un mundo
cerrado:
una isla oscura;
cavaré en mí misma dolorosamente
como en tierra dura
Y cuando me haya desangrado
ágil y clara será mi vida
Entonces, como río sonoro y transparente,
fluirá libremente
el canto encarcelado.

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