Hace mil años frente al mar

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 28 DE AGOSTO DE 2016.

Se puede entrar en la muerte de un ser querido como lo proponían los griegos: andando hacia atrás. Foto: Especial

Para Ix-Nic cariñosamente, con Nacho en el recuerdo

Miro esta foto que nos tomó papá. No es una clásica fotografía de playa; tal vez por eso me gusta más que otras. Estamos Pablo y yo de espaldas, tenemos alrededor de diez años, la piel oscurecida por el sol y el pelo algo desteñido. Miramos la vieja escollera como si fueran las ruinas de quién sabe qué antigua civilización. Ahí, en ese momento, me imagino heredera de una estirpe de navegantes, o de filibusteros. Imagino antepasados que se sumergían cotidianamente en el mar como quien comulga con el universo. Pero eso quizás no sea cierto. Quizás el único contacto verdadero que los abuelos y bisabuelos tuvieron con el océano fuera el barco que los trajo a América, con otros miles que escapaban del hambre o de la violencia soñando con espacios de libertad, en los que sus hijos pudieran tener una vida mejor que la que les había tocado a ellos. Pablo y yo frente al mar, sin saberlo del todo, intuimos que somos parte de esa historia de desarraigos y nomadismo, de esa historia de despedidas e imposibles reencuentros.

Miro la imagen y sé que allí está presente también la muerte, como en todas las fotos. Es ella la que aparece de manera absoluta en las fotografías, porque lo que éstas recogen es siempre una interrupción del tiempo. Lo que era en el instante de ser fotografiado, ya “no lo es más” en el momento en que se cierra el obturador. O, como dice Roland Barthes, es la evidencia de que “esto ha sido”.

Está presente en esta foto, pero también (¿sobre todo?) en lo que suscita en mí. En la aquello que la rodea y que es tan irrecuperable como nuestros diez años. Lo que éramos ya no lo fuimos más.

Una tarde de noviembre, poco tiempo después de la muerte de su madre, Barthes ordena algunas fotos. Esa escena da comienzo a la segunda parte de su libro Cámara lúcida. ¿Podría encontrarla realmente en aquellas imágenes? Ella se le escapa. En las fotos es “casi” ella: “el ‘casi’: régimen atroz del amor, pero también estatuto decepcionante del sueño -es la razón por la que odio los sueños-. Pues acostumbro soñar con ella (sólo sueño con ella), pero nunca es completamente ella”.

Se puede entrar en la muerte de un ser querido como lo proponían los griegos: andando hacia atrás, dice. En ese camino hacia el pasado llega a la única imagen en la que realmente la encuentra. La madre tiene cinco años y está con su hermano, dos años mayor, en un invernadero. Sólo en esa imagen, Roland Barthes siente que está ella. Por eso no la muestra: porque para nosotros sería una fotografía más. Su duelo es intransferible. También lo es la felicidad del encuentro.

Mar del Plata, 1969. Fui niña hace mil años frente al mar. El verano aparecía con olor a sal, a arena, a vacaciones. Pablo y yo miramos las ruinas de la escollera. Papá nos toma de espaldas. Junto a él está mamá. Lo sabemos. Somos esa familia de veranos en la playa, de nostalgias heredadas, de fotos extrañas.

La madre de Barthes murió en noviembre; la mía en agosto. Para mí siempre será el mes más cruel (no abril, querido Eliot). Sueño poco, nunca con ella (aun deseándolo con toda mi fuerza), y todavía no he encontrado en mi viaje al pasado esa foto que la traiga de regreso. Sé que algún día llegará.

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