Lentejuelas y burkinis (en familia)

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2016.

Yo lo que quiero es que se puedan casar todos aquellos que quieran hacerlo: vestidos de blanco, de esmoquin, de charros, con jeans o como se les dé la gana. Y –sobre todo- con quien se les dé la gana. Foto: desdepuebla.com

Para Martina e Inés

Para Mariana y Nati

Alguien me pregunta: “¿No vas a escribir sobre la polémica en torno al uso del velo, el burkini, y –en última instancia- la laicidad en Francia? Sé que debería hacerlo. ¿Y sobre la muerte de Juan Gabriel? También debería hacerlo, claro. Son mis temas de siempre: la tolerancia, la discriminación, la memoria, los derechos humanos, las luchas de las minorías… Como cada semana me pregunto sobre qué voy a escribir, y especialmente sobre qué puede interesarles a ustedes leer; y cruzo los dedos esperando que en algún punto, por mínimo que sea, coincidamos.

“Lentejuelas contra burkinis”. No sería un mal cartel para algún espectáculo de lucha libre en la Arena México, ¿no? (aunque prefiero “lentejuelas Y burkinis”). Por hoy ganan las lentejuelas, y no porque vaya yo a escribir sobre “el divo de Juárez”, sino porque me gustaría hacer algunos comentarios sobre la brutal campaña en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo que algunas organizaciones han retomado con enjundia esta semana, y que culminará en la marcha a la que están convocando para el próximo 10 de septiembre (aunque ustedes seguramente están leyendo estas líneas el domingo 11, yo las estoy entregando el viernes 9 por lo que obviamente no puedo opinar sobre lo sucedido en la manifestación). Así que, aquí van estas notas pintadas de los colores del arcoíris.

Me pone la piel chinita decirlo, pero todos los datos parecen indicar que en este momento nuestro país ocupa el segundo lugar en el mundo en crímenes por homofobia. Estimando, además, que por cada crimen reportado hay tres o cuatro que no se reportan, según la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia (CCCOH). ¡El segundo lugar en el mundo!

Y dentro de nuestras fronteras, el número más elevado de asesinatos contra la comunidad LGBTTTI (lesbianas, gays, bisexuales, transgéneros, transexuales, travestis e intersexuales) se da en la Ciudad de México. Sí, en la ciudad más tolerante, abierta y diversa del país.

Por eso han generado tanta incomodidad las declaraciones homofóbicas y transfóbicas del Arzobispo Primado de México, el cardenal Norberto Rivera Carrera. Pongo sus títulos eclesiásticos porque él no habla como podríamos hablar ustedes o yo, es decir como una persona cualquiera, sino que lo hace siempre en su calidad de máxima autoridad de la iglesia católica. Y esas opiniones influyen en lo que piensan y dicen millones de compatriotas. En especial en aquellos que responden al llamado “Frente Nacional por la Familia”; movimiento que busca el retroceso de nuestra legislación en términos de derechos de la comunidad gay. Frente a ellos, frente a los prejuicios, frente a la estigmatización, frente a la presión social, somos muchos los que estamos alzando la voz a favor del respeto a las leyes que protegen el deseo y la orientación sexual de las personas.

(Un análisis aparte merecería la relación de Rivera Carrera con el Vaticano y el Papa Francisco, y cómo se está jugando políticamente ésta en el endurecimiento de las declaraciones del cardenal.)

No hace falta ser homosexual para saber que el matrimonio igualitario es una conquista en términos de derechos humanos. Como no hace falta ser negro para estar en contra del racismo, o ser judío para oponerse al antisemitismo. ¿O sí?

Los homosexuales, los judíos, los negros, las mujeres, los indígenas, queremos que se respeten nuestro derechos. ¿Por qué alguien podría querer marchar contra los derechos de los demás? ¿Por qué alguien podría querer negarles a otros el derecho a casarse con quien desee, a tener o no tener hijos, etcétera, etcétera? Los argumentos “científicos” que suelen esgrimir quienes se oponen a estos derechos ya han sido rebatidos por los principales centros de investigación del mundo. Recomiendo muchísimo el artículo publicado por Juan Ramón de la Fuente el 29 de agosto pasado, sobre la perspectiva médica de este tema.

Conozco muchos niños de familias diversas: la pequeña Inés vive feliz con sus dos papás en la colonia Juárez, la pequeña Martina vive feliz con sus dos mamás en Buenos Aires, el pequeño Joaquín espera ansioso cada domingo para ir a visitar a sus dos abuelas que llevan amándose más de veinte años…

Por otra parte, y para ser objetivos, digamos que las estadísticas de maltrato infantil muestran que la llamada “familia natural” no garantiza el bienestar de los niños. Van sólo unos pocos ejemplos:

La Red por los Derechos de la Infancia en México dice que en 2008, por ejemplo, existieron más de 20 mil denuncias ante el DIF, por maltrato infantil.

Oaxaca fue el segundo estado con el mayor número de denuncias por maltrato a la infancia en el entorno del hogar y la escuela. Y Chiapas reportó más de 60 mil niños y niñas víctimas de violencia física y abuso sexual.

Según la Encuesta Nacional de Violencia contra las Mujeres el 42% de las niñas fueron golpeadas por sus padres.

Y podríamos seguir documentando los horrores. Lo dicho: la “normalidad” y la “naturalidad” (como bien dice Sabina Berman: la familia “natural” no existe) no garantizan el bienestar. Lo único que garantiza ese bienestar es el AMOR. Punto.

En el extremo opuesto de la jerarquía católica y del Frente por la Familia está Juanga quien, con la libertad con la que asumió su propia sexualidad, hizo un trabajo profundo y absolutamente natural (ése sí) de apertura a la diversidad. Como escribiera el querido Cartujo, José Luis Martínez: al igual que Monsiváis, Juanga no tuvo que “salir del clóset” porque nunca estuvo dentro.

En lo personal, tengo que decidir si lo hago con traje de lentejuelas o con burkini.

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