Mi madre fue sabia

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 18 DE FEBRERO DE 2018.

Para Ricardo y Pablo Raphael de la Madrid,

amigos queridos, con un abrazo cariñoso. 

Sus huellas están dentro de mí, cuidadas, protegidas, acariciadas, como esas manos de Lo que olvidamos. Ésa es mi herencia. Portada del libro Lo que olvidamos.

 

“Tu madre fue sabia –me dicen-: supo cuándo tenía que morirse”.

O quizás sólo me lo dijeron una vez, pero a mí se me ha quedado grabado a fuego. ¿Supo su cuerpo adelantarse al horror? ¿Al borramiento total de la memoria? Mi abuela murió sin recordar nada: ni su nombre, ni el nuestro, ni el pasado, ni los sueños. A medida que la enfermedad avanzaba, la relación con el espacio y el tiempo se volvía confusa; a veces atemorizante –como cuando no reconocía su casa-, otras veces infinitamente conmovedora –como cuando salía en busca de su propia infancia-. ¿Adónde vas, mamá? Le preguntaba mi madre, asomándose a la puerta, al escuchar los pasos en el pasillo del cuarto piso (mis padres regresaron a Buenos Aires a vivir a un departamento junto al de mi abuela, justamente para acompañar su vejez). ¿Adónde vas, mamá? “Al negocio, a buscar a papá”, respondía ella, desde la niña de ocho años que alguna vez había sido. “Al negocio, a buscar a papá”, con un monedero deshilachado y las llaves de la casa en sus manos de viejita de noventa años. ¿Quién no querría salir una tarde cualquiera a buscar lo más querido del propio pasado?

Mi bisabuelo, León Paley, había fundado el restaurante “Internacional” en 1920, en Corrientes al 2300, frente al Idishe Zeitung,  y allí se reunían por la noche periodistas, escritores, actores, pintores… Ése era el mundo que mi abuela salía a buscar casi ochenta años después. En ese barrio caótico y vertiginoso en el que hoy se mezclan los descendientes de aquellos inmigrantes judíos, españoles, e italianos de la primera ola, con los nuevos migrantes: coreanos, chinos, bolivianos, peruanos y, claro, miles de argentinos que llegan del interior del país, increíblemente siempre algún vecino la reconocía y la llevaba de vuelta a la casa de mis padres.

“Aquí está doña Luisa. Andaba un poco perdida”.

A veces sus confusiones nos divertían, sobre todo a nosotros, los nietos. Como cuando pensaba que Pablo mi hermano era el hijo de un antiguo novio de mi madre.

Cuando fue mamá quien empezó a olvidarse de las cosas no quisimos aceptarlo. ¡No puede ser que no te acuerdes! ¿Cómo no te vas a acordar? ¡Vamos, inténtalo! Nos sentíamos traicionados. Quizás yo más que mis hermanos. Ella no podía estar haciéndonos esto. Con su fragilidad se caía un mundo de certezas, nos quedábamos a la intemperie, huérfanos antes de tiempo. Ella ya se había dado cuenta y tomaba ciertos recaudos para que la debacle no fuera total: anotaba en papelitos las llamadas que recibía, las compras que tenía que hacer, las reuniones de amigas a las que la invitaban. Había papeles por toda la casa, como en Macondo cuando olvidaron los nombres de las cosas, pero nunca aparecía el que hacía falta. Las estrategias eran cada vez menos eficaces. Sabía que el deterioro aumentaría, y ella no quería llegar a los noventa sin recuerdos, sin palabras, sin pasado ni presente. “Tu madre fue sabia –me dicen-: supo cuándo tenía que morirse”.

Leo el conmovedor libro de Paloma Díaz-Mas, Lo que olvidamos[1]Un homenaje a una madre lúcida, brillante, aguda, simpática, coqueta, que poco a poco fue quedando inmersa en un vacío de falta de recuerdos y de desconexión de la realidad. Se trata de un texto dulce y doloroso que habla también de la desmemoria de España. Escrito en primera persona narra el deterioro paulatino: desde los pequeños olvidos al gran vacío que transforma a la madre en hija que requiere de cuidados, de atención, de paciencia, como una niña pequeña. Y de muchísimo amor. Hay una conexión profunda a través del cuerpo. Las caricias, las sonrisas, los abrazos. ¿Cómo habitamos el cuerpo de nuestra madre? O quizás habría que preguntarse cómo somos habitadas por él.

“Sus dedos vagan, erráticos, sin plan establecido, sin un itinerario, buscando el contacto de mi piel con la suya, y eso también es una caricia, aunque no tenga orden ni concierto.” (p.139)

La memoria es también la memoria del cuerpo. ¿Qué queda en nosotros de la huella de la vida de quienes nos precedieron? ¿Son los miedos, las angustias, las alegrías vividas por ellos marcas que heredamos? A veces pienso que en esa abuela que salía a buscar su pasado por las calles del Once debía haber algo del terror de los pogromos de Odesa que vivió con apenas unos meses de nacida. ¿Estaba también esa marca en mi madre? ¿Está en mí o en mi hija?

La foto que la escritora nunca tomó de las manos de ambas entrelazadas me recuerda la tarde en que acompañé a mamá a recoger unos estudios; me tomó la mano y me dijo “Sólo pido cinco años más”.

Murió a los tres meses.

Hay películas y libros sobre el Alzheimer. Historias que nos llegan. Siempre desgarradoras. Nosotros no lo vivimos. Mamá era aún, en el momento de su muerte, una mujer activa, bella, inteligente, creativa (tengo aquí conmigo, como uno de mis talismanes de vida, la libreta cuyas hojas pintó con acuarelas pocos meses antes de morir). Fue sabia, me dicen. No vivimos su deterioro. No tuve que visitarla en una residencia de ancianos, como Díaz-Mas. No tuve que volverme su madre. Sus huellas están dentro de mí, cuidadas, protegidas, acariciadas, como esas manos de Lo que olvidamos. Ésa es mi herencia.

¿Heredaré también su sabiduría? ¿Sabré reconocer el momento preciso para mi muerte?


[1] Paloma Díaz-Mas, Lo que olvidamos, Anagrama. Barcelona, 2016.

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