Sed de tiempo y de pieles

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 23 DE ABRIL DE 2017.
…esa inalterable presencia ausente que se desgrana dolorosa en la cicatriz de la memoria, escribió Esther Seligson en una de las obras más poéticamente desgarradoras en la literatura mexicana, obra de amor y desamor, de erotismo y despedidas que es Sed de mar.

Esther Seligson se mueve en los espacios luminosos y dolientes del tiempo que fluye. Foto: Rogelio Cuéllar/Conaculta

Sed de mar. Sed de amar. Sed de tiempo y de pieles. Cicatrices. Nomadismo de los cuerpos y los sentidos. Urgencia de escritura. Porque vivir y escribir parten de un mismo puerto y siguen un mismo camino. Porque las palabras son modos de acercarse a lo sagrado, de presentirlo, de añorarlo. Porque la ausencia de los dioses marca la memoria. Porque la piel es también la que dibujan las caricias.

Por todo esto, Esther Seligson se mueve en los espacios luminosos y dolientes del tiempo que fluye, y desde ahí -desde lo perdido y lo siempre por venir- crea un mundo. Su mundo. Los sueños, el deseo y la búsqueda insaciable de una libertad que aun sabiéndose herida no abandona la marcha, marcan su obra. El silencio es en ella pregunta desgarrada y a la vez esperanza en la fusión con el todo; desierto en el que quizás algún día llegue a oírse “la voz de fino silencio” bíblica, de la que habla Edmond Jabès, y el grito primigenio del condenado a la vida que habitó a Emil Cioran. Sus dos maestros son cara y cruz presentes en la mirada de Esther; luz y sombra, plenitud y vacío. Las palabras que escribe son entonces costura amorosa del antiguo desgarramiento de su estirpe: huella en el polvo de los días. Exilio y raíz.

Por su sangre fluye también el aliento mítico de las divinidades arcaicas, tanto como los alucinados giros de los derviches y las heridas de los antiguos héroes. El deseo de contacto con lo sagrado.

“Todo lo que veía, todo lo que respiraba, todo lo que miraba, tenía que ver con algo que podríamos llamar una ebriedad por lo sagrado, era una ebria de Dios, realmente la intoxicaba, esa era la parte que verdaderamente la conectaba con la vida, con el deseo de entender lo que está oculto [1]”.

“Yo soy como Antígona, de los que plantean las preguntas hasta el fin”, dijo alguna vez. “Una rara raza de insumisas que hacen de la inconformidad una virtud vital e intelectual [2]”.

Insumisa, irreverente, cuestionadora. Y a la vez inmensamente melancólica. Mexicana y judía, budista y teatrera, amante de la cábala y el tarot, amante de la libertad y el viento: atrae, invita, seduce.

Su obra, profunda y diáfana, merece estar mucho más presente entre nosotros: en las librerías, en las universidades, en los medios, en las manos de los lectores. Seamos más generosos y propositivos con nuestro canon, queridos estudiosos de la literatura. Hace tiempo que las ventanas de la crítica casi no se abren; es imprescindible airear un poco nuestros “altares literarios” y dejar que la transgresión inteligente y sensible siente sus reales.

En el cuento “Nuestra Señora de la Choza”, escribió:

“Desciendo hacia lo divino, y paso a paso el corazón va encontrando su silencio, su luz, la certeza de hundirse, hundirse sin querer rescate alguno, nunca, nunca más, hasta la fusión en el alma de los mundos… [3]”

Sin querer rescate alguno: así me sumerjo yo también en sus palabras, como si fueran talismanes puestos en mi camino por esa maga, bruja, hechicera, alquimista que fue Esther Seligson.

 

[1] José Gordon citado en “Esther Seligson combinó la literatura con lo místico”, La Jornada, 27-10-2016

http://www.lja.mx/2016/10/esther-seligson-combino-la-literatura-lo-mistico/

[2]  Fabienne Bradu

http://www.letraslibres.com/mexico/todo-aqui-es-polvo-esther-seligson

[3] “Nuestra Señora de la Choza”

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