Sueños de cuerpos vacíos

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 21 DE MAYO DE 2017.

“Vivimos en el infierno. Un infierno con algunas burbujas de ¿tranquilidad?, ¿seguridad? Nos aferramos a nuestras burbujas con uñas y dientes. Es mejor no mirar más allá si uno quiere seguir respirando”. Foto: Cuartoscuro

Me llega un mensaje:

La carne llenará los sueños de cuerpos vacíos, dice.

Me estremezco.

La carne. Los cuerpos.

Vivimos en el infierno. Un infierno con algunas burbujas de ¿tranquilidad?, ¿seguridad? Nos aferramos a nuestras burbujas con uñas y dientes. Es mejor no mirar más allá si uno quiere seguir respirando.

Vivimos en el infierno pero lo callamos. Si no lo nombramos quizás logremos olvidarlo.

Los cuerpos vacíos: sin historia, sin nombre, sin memoria, sin rostro.

No dormir. No soñar.

La hipótesis del quinto autobús. Es muy fácil, dicen. Los estudiantes se llevaron un autobús que tenía otros destinatarios. Cargado de droga o de dinero, no era para ellos. No dormir. No soñar.

Cuarenta y tres nombres. Cuarenta y tres historias. Cuarenta y tres rostros.

Ayer un sombrero ensangrentado.

Una lapicera. Un tatuaje.

Anteayer la mujer que había reconocido a los asesinos de su hija.

La semana pasada la chica que estaba cerca de la cabina telefónica.

La carne llenará los sueños de cuerpos vacíos.

Me aferro a la burbuja.

La gente no quiere escuchar tanta tristeza, me dicen. Que no hablen ni el padre, ni el hijo, ni la hermana. Antígona González debe callar.

“Calladita te ves más bonita”. ¿No te lo enseñaron cuando eras niña?

La carne, dice el mensaje. ¿La carne de quién?, quisiera preguntar. La carne que se seca por la falta de agua. Vacas de ojos hundidos. ¿Has visto alguna vez al ganado morirse de sed? El cuero pegado a las costillas (cuerpos vacíos), la mirada enloquecida. A lo lejos, un incendio. La carne que se seca.

Un basurero, dicen. Un falso basurero.

Las cenizas son de otros. ¿Importa saber de quiénes?

Nadie quiere escuchar tanta tristeza.

Mejor cuento otra historia. Una de lluvias y risas y pieles húmedas. Una historia de deseo, de nombres amados. La historia de la sonrisa aquella que me regalaste sin saber que yo estaba esperándola.

Me aferro a la burbuja.

Hay quien pone botellones de agua en el desierto para los que pasen por ahí. El cuero pegado a las costillas, la mirada enloquecida. Desde Honduras, desde El Salvador, desde aquí nomás, seño. El desierto tatuado en la carne. Caliente el agua. A polvo sabe. Pero se vuelve lluvia y risa y pieles húmedas. Se vuelve deseo.

La carne llenará los sueños de cuerpos vacíos.

No dormir.

Vuelve la ceniza. Es de otros. ¿A qué temperatura se incinera un cuerpo?
En Varanasi las túnicas naranjas. Visnú encendió por primera vez la pira.

Trescientos kilos de leña. Imposible aquí.

Las llantas fueron puestas a último momento.

No todo el cuerpo se consume. En Varanasi.

Grité cuando vi el humo. Nunca tuve la cabeza rapada. Nunca tomé la llama en mis manos. Sólo recuerdo el grito. El humo.

Ahí nomás: Gardel y Alfonsina Storni y Berni y Tita Merello y el Mono Gatica. Y Bernardo Houssay con su nobel, y Paul Groussac (“El solo elogio no es iluminativo; precisamos una definición de Groussac”, escribió Borges, enterrado él tan lejos). Chacarita. Mi primo Ariel me abraza. Me sienta. Pide café para todos. Sé que están, pero no los recuerdo.

También allí Cátulo Castillo.

“El último café”: “Lo nuestro terminó / dijiste en una adiós / de azúcar y de hiel”.

No todo el cuerpo se consume. Tanto Celan para terminar gritando frente al humo.

(“Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” Génesis 3:19)

Podría tener frente a mí la pequeña urna con las cenizas de mi madre. Como San Jerónimo tenía una calavera. Memento mori. No la tengo. Ella eligió mezclarse con la tierra y el agua a la orilla del río.

Un sombrero ensangrentado. Una lapicera. Un tatuaje.

Ayer.

El mensaje dice: La carne llenará los sueños de cuerpos vacíos.

¿Has visto alguna vez al ganado morirse de sed? El cuerpo pegado a las costillas. La mirada enloquecida.

La caricia que no sabías que estaba esperando. Uñas y dientes para aferrarme a ella.

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