“Secretaría de la defensa de la luz, poesía en armas”

Publicado en SINEMBARGO, el 19 de agosto de 2018

Fue como entrar al túnel del tiempo. De pronto ya no era agosto de 2018, sino septiembre de 1979 y yo estaba en la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras, nerviosísima y emocionada a punto de empezar mi primer día de clases en la UNAM. Me sentía orgullosa de mi nueva identidad “puma”, aunque estaba lejos aún de imaginar el modo en que esa identidad marcaría mi vida. Ese lunes escuché a tres de los profesores cuyas voces aún me acompañan: María del Carmen Millán, Angelina Muñiz y Luis Rius. ¡Un lujo! La última clase era justamente la de Rius y yo salí del salón casi corriendo para ir a conseguir la Flor nueva de romances viejos de Menéndez Pidal de donde él acababa de leernos aquello de “Un sueño soñaba anoche / soñito de alma mía / soñaba con mis amores / que en mi brazos los tenía…”, enamorándonos a todos. La puerta de la Facultad era ya el entrañable caos que sigue siendo tantos años después, con gente que entraba y salía, que charlaba, que fumaba, que se besaba… y entre todos ellos me topé de frente con una mujer alta de pelo rubio entrecano y ojos claros, vestida con jeans y huipil blanco, que me dio una hoja con un poema escrito a máquina mientras me decía con inconfundible acento rioplatense: ¡Bienvenida, nena! Era, por supuesto, Alcira Soust Scaffo.

Ayer en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, vi la enorme foto suya que abre la exposición Escribir poesía ¿vivir dónde?, y fue como entrar al túnel del tiempo: 1979 y mi primer día en Filos.

 

Alcira(1. Foto: Sandra Lorenzano

Alcira era ya en ese momento un personaje mítico al que mirábamos con una mezcla de admiración y miedo. No había nadie por aquellos lares que no conociera la historia de su encierro de casi dos semanas en los baños de la Facultad durante la presencia del Ejército en Ciudad Universitaria en 1968. Al mismo tiempo no había nadie que se quedara sin recibir alguna de sus hojas, a veces escritas a mano, a veces mecanografiadas, que lo mismo tenían alguno de sus propios poemas (Tú no has muerto (Che) / Está muerto Franco / lo cegó la luz / lo dispuso el viento / el mar hilo mar / tu pueblo-mi pueblo) que los versos de su poetas favoritos -León Felipe, Pedro Garfias, Rosario Castellanos, José Emilio Pacheco-, o sus traducciones de Paul Éluard, o Lautréamont. A cambio eran bienvenidos un café, un par de galletas, o un guiño cariñoso. Alcira no buscaba dinero sino complicidades poéticas. Al pie de cada página aparecía la frase “Amigos del jardín cerrado ‘Emiliano Zapata’, Secretaría de la defensa de la luz, poesía en armas”.

Ayyyy qué nostalgia tengo desde ayer galopándome en la sangre y en las letras… Tanta que no sólo me he zambullido en cuanto texto he encontrado sobre ella en internet, sino que he releído de un tirón esa joyita que es Amuleto, la novela que en 1999 le dedicara Roberto Bolaño, convirtiéndola en Auxilio Lacouture, “la madre de la poesía mexicana”.

“Mi aspecto, para los que recién me conocían, era el de una conspiradora mitad sulamita y mitad murciélago albino. Pero eso a mí no me importaba. Allí está Auxilio, decían los poetas, y allí estaba yo sentada a la mesa de un novelista con delírium tremens o de un periodista suicida”2.

¿Pero quién era Alcira? ¿Cómo terminó convirtiéndose en un símbolo de la defensa de la autonomía universitaria y de la resistencia ante el autoritarismo del gobierno de Díaz Ordaz?
Alcira Soust Scaffo llegó a México en 1952 con una beca para estudiar en el Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe (CREFAL), en Pátzcuaro. Había nacido el 4 de marzo de 1924 en Durazno, Uruguay, pero se sentía profundamente mexicana. Como dice su sobrino Agustín Fernández Gabard, quien hizo un documental sobre esa tía extraña y fascinante, “México se convirtió en su patria. Alcira se erigió en una mexicana nacida en Uruguay, por más que llega a México siendo una mujer formada, una destacada maestra, México la adopta y ella adopta a México”3. O como decía Chavela Vargas (y Alcira y yo suscribimos), “los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana”.

Algunas épocas de su vida las conocemos con enorme detalle –como los años en que conoció a los jóvenes infrarrealistas, Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro, Bruno Montané -, otras siguen resultando un misterio, en especial los últimos años de la década del cincuenta. En los sesenta la UNAM se convirtió en su hogar y refugio. Allí estaba el 18 de septiembre de 1968, en un baño de la Facultad, en el momento en que el Ejército entró a Ciudad Universitaria, violando la autonomía. Hay quienes dicen que mientras los soldados iban a sacando a punta de bayoneta a estudiantes, profesores y trabajadores, ella hizo sonar las grabaciones de León Felipe leyendo sus poemas. Lo cierto es que para evitar ir presa, se quedó encerrada alimentándose de poesía y papel de baño. Dicen que al salir de su encierro tenía escorbuto y dañada la dentadura. Para algunos también tenía dañado el equilibrio psíquico. Y sin embargo, escribía sin parar, pintaba, traducía, transformaba palabras en afiches y jardines en fiestas poéticas. Vivía donde la invitaban a quedarse, y compartía libros y noches con los más jóvenes. Cultivaba jardines que se transformaron en espacios de paz y memoria. Era, sin duda, una parte entrañable de la variopinta fauna de Filos.

Pero un día –un mal día- no estuvo más allí. El deterioro físico y psíquico hizo que sus amigos más cercanos la enviaran a Uruguay, con su familia. Pasó los últimos años haciendo, a pesar de las continuas crisis, lo que siempre había amado hacer: leer, escribir, pintar.

Amanda de la Garza, curadora junto con Antonio Santos (el querido Toño, dirigente estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras), de la muestra del MUAC dice: ‘‘Éste es un homenaje a Alcira, pero también es una parte de la historia de la UNAM, un reconocimiento a las posibilidades que ofreció y ofrece la institución al libre pensamiento y a la creación”.
Por eso es allí, en nuestra Universidad Nacional, donde a partir de ahora permanecerá resguardado el archivo -que muestra su militancia a la vez política y poética- conformado para la exposición.

En este viaje al pasado recupero el final de la novela de Bolaño, en voz de Alcira / Auxilio: “Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer. Y ese canto es nuestro amuleto”.
Aferrándonos a él atravesamos ya medio siglo desde aquel luminoso y a la vez sangriento y despiadado 1968. Aferrándonos a él construimos memoria para buscar que se haga justicia. Aquéllos fuimos. Éstos somos. Los que aún nos conmovemos cuando entramos al túnel del tiempo.

1. “Alcira Soust Scaffo. Escribir poesía, ¿vivir dónde?”, exposición del MUAC en el marco de las conmemoraciones por los 50 años del movimiento estudiantil de 1968
http://muac.unam.mx/expo-detalle-140-alcira-soust-scaffo-conociste-a-alcira-
2.Roberto Bolaño, Amuleto, México, DeBolsillo (Penguin Random House), 2017, p.32
3.”En La Jornada Cultura, 15 de junio de 2017 http://jornada.unam.mx/2017/06/15/cultura/a04n1cul

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