Toco una llaga: es mi memoria

PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2018

La memoria, la justicia, en la voz de una mujer poeta. Foto: Especial.

[1]

 

Cuando, después de la matanza del 2 de octubre, el silencio y el dolor cayeron sobre el movimiento estudiantil, la voz de la poetas fue de las pocas voces contrarias al gobierno que se hicieron escuchar. Ahí están los versos de José Emilio Pacheco y Octavio Paz, José Carlos Becerra y Juan Bañuelos, y por supuesto las palabras desgarradas de Rosario Castellanos (de quien hablamos en estas páginas hace pocas semanas):

La oscuridad engendra la violencia

y la violencia pide oscuridad

para cuajar el crimen.

(…) ¿Quién es el que mata?

¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?

¿Los que huyen sin zapatos?

¿Los que van a caer en el pozo de una cárcel?

¿Los que se pudren en el hospital?

¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?

 ¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

 La plaza amaneció barrida; los periódicos

dieron como noticia principal

el estado del tiempo.

(…) Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.

Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.

(…)  Recuerdo, recordemos

hasta que la justicia se siente entre nosotros.

La memoria, la justicia, en la voz de una mujer poeta. Una de nuestras más grandes escritoras: testigo del 2 de octubre. Uno de los pocos nombres de mujeres que conocemos vinculados al 68. La narrativa que ha construido la historia del movimiento estudiantil es una narrativa fundamentalmente masculina; no sólo por una cuestión lingüística en que “los estudiantes”, “los activistas”, “los dirigentes”, harían supuestamente alusión a hombres y mujeres por igual, sino porque se ha considerado la participación de las mujeres como un elemento menor junto al relato que sostiene la heroica presencia masculina. Salvo unas pocas excepciones por todos conocidas: Roberta Avendaño, “la Tita”, Ana Ignacia Rodríguez, “la Nacha”, Adela Castillejos, Myrthokleia González Gallardo, integrantes del Consejo General de Huelga, las tres primeras presas en Santa Marta Acatitla, y algunos testimonios como el de Marta Lamas, quien era en ese entonces una joven estudiante de la Escuela Nacional de Antropología, o de Ifigenia Martínez, directora de la Facultad de Economía, es muy poco lo que sabemos de ellas.

Ha dicho la Nacha: “La discriminación de la mujer en el 68, ¡en serio!, es enorme. Nuestra participación fue determinante (…) A pesar de todo, por el movimiento sólo hablan los compañeros.”[2]

Las mujeres no sólo cumplieron un papel determinante, como lo dice la frase de la Nacha, sino que podríamos situar en ese momento el inicio de un largo proceso de transformación de su lugar en la sociedad. Transformación que me gustaría vincular con ese comienzo impecable y conmovedor del libro de Carlos Monsiváis, escrito a 40 años del movimiento, El 68. La tradición de la resistencia[3]: “…a la distancia, lo innegable a los largo de esos meses y el mensaje esencial del Movimiento es la defensa de los derechos humanos” (p.11). En este sentido, más que de un movimiento político valdría la pena destacarlo como un movimiento ético.

Quisiera ir entretejiendo con ustedes, en este sentido, dos elementos: el primero es la importancia de lo sucedido hace 50 años para entender los cambios en el país en torno a la agenda de derechos de las mujeres. Y a través de éste, pensar en el momento actual, 2018, en el que, por primera vez en nuestra historia, el tema de la violencia en contra de las mujeres es puesto por las propias estudiantes entre los tres puntos principales cuya solución demandan al Rector de la UNAM.

Me detengo en esta imagen de la mano del libro de Emiliano Ruiz Parra llamado El 68. Una historia oral más allá de la masacre de Tlatelolco, que acaba de publicar el Instituto Belisario Domínguez del Senado de la República[4]; un libro no sólo informadísimo y profundo sino además absolutamente delicioso, que empieza con una declaración que, tal vez sin buscarlo, da luz sobre el papel de las mujeres en el Movimiento Estudiantil:

“Escribo desde mi propio lugar en la historia, no como hijo sino como nieto del Movimiento Estudiantil. En 1968 mi abuela, Ana Ortiz Angulo, era empleada de la UNAM –clasificaba fotografías en la biblioteca de la Escuela de Arquitectura- y participaba a su manera en el Movimiento: cuando le tocaban los semáforos en rojo, se abrían las puertas de su Opel rojo y salían mis tías y mi papá, de 12 años. A repartir los volantes del Consejo Nacional de Huelga. Mi abuela y sus hijos eran una brigada sesentayochera: una mamá y sus escuincles que se solidarizaban con los jóvenes de la UNAM, el Poli, Chapingo y tantas escuelas públicas y privadas que se jugaron la vida (varios la perdieron) en un desafío al autoritarismo del PRI” (p.4)

Esa abuela guardó un archivo con más de 300 volantes, grabados y carteles del Movimiento que fueron el germen del libro de Ruiz Parra. Así que, casi sin quererlo, nos pasa uno de los testimonios más recientes de la presencia femenina en el 68, testimonios no de los líderes sino de la gente que a ras de calle sostuvo la lucha de los estudiantes: brigadistas, amas de casa, hermanas, madres, paso a paso sumándose a una lucha que era al mismo tiempo fiesta y búsqueda de libertades. Algo intolerable para uno de los gobiernos priistas más retrógrados, autoritarios y paranoicos que hemos tenido, como bien lo han documentado tantos especialistas (ver Sergio Aguayo, Monsiváis, entre otros).

Al ritmo del mayo francés, de Elvis Presley, de la revolución cubana, de “seamos realistas, pidamos lo imposible”, del Che Guevara, y el descubrimiento de la píldora anticonceptiva, las mujeres fuimos haciendo conciencia de nuestra situación, de nuestras desigualdades, y  ganando palmo a palmo terreno y libertad.

Hay momentos, como lo fue el 68, en los que el tiempo parece concentrarse y en algunos días transformar la historia. Retomo del texto de Emiliano este pequeño relato que, cine mediante, nos da la medida de la realidad que se vivía. En julio del 68, dice una de las protagonistas:

“pensarás que la revolución está a la vuelta de la esquina; para entonces habrás cambiado la falda por los pantalones y, si acaso usas tacones serán solamente para ocultar en ellos recados y cartas que le llevas a los presos políticos que visitas en la cárcel de Lecumberri. Ya no querrás tener marido sino un compañero, una pareja que comparta tu deseo de transformar el mundo. Nueve semanas y media, que van del 23 de julio al 2 de octubre, serán suficientes para darte cuenta que puedes cambiar el rumbo de tu vida. Desde entonces te sentirás ciudadana de un país que tú misma construiste: un país que se llama Movimiento Estudiantil de 1968.” (p. 7)

Me interesan estos testimonios, basados sobre todo en dos estudiantes de la Escuela de Economía de la UNAM, dirigida en ese momento por una mujer, porque van mostrando justamente esas transformaciones que se dan a nivel de la vida cotidiana. Dos estudiantes que se hicieron cargo de un mimeógrafo sabiendo que era un arma clave en la lucha de los estudiantes.

En este sentido, quiero recuperar también un libro paradigmático, La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, quien con ese fino oído para captar las voces de la sociedad es la primera en poner en escena la numerosa presencia femenina en el movimiento, incluyendo el testimonio de más de cien mujeres de distintas edades y condiciones sociales.

 

Mujeres 68-2. Foto: Tomada de internet.

Como lo cuenta Marta Lamas en su imprescindible artículo “Del 68 a hoy. La participación política de las mujeres”, Elena “registra palabras llenas de dolor, como las de Celia Castillo de Chávez, quien en la explanada de la Ciudad Universitaria, el 31 de octubre declara:

‘Me han matado a mi hijo, pero ahora todos ustedes son mis hijos’, y también transmite participaciones geniales, como las de la actriz Margarita Isabel, quien armaba sketches teatrales en los mercados para hacer que los espectadores se involucraran y discutieran.”[5]

Los cuerpos femeninos entablan entonces una batalla cultural (que por supuesto se inscribe en un contexto internacional en el que estos temas empiezan a estar presentes) contra el autoritarismo del gobierno, pero también de la familia y de las propias relaciones entre hombres y mujeres. Lo que queda claro es que aun sin llamarse feministas las mujeres comienzan a saber en el 68 que tienen que luchar por sus derechos.

¿Y hoy? Nunca como en este momento el aniversario del movimiento estudiantil resulta tan cercano, tan vívido, tan vinculado a nuestros derechos, pero también a nuestro infierno cotidiano. Hace cuatro años, un grupo de cuarenta y tres chicos que estudiaba en la Escuela Normal Isidro Burgos salió a buscar camiones para estar en la ciudad de México en la conmemoración de la matanza de Tlatelolco. Jamás llegaron. Y su desaparición, el horror que rodeó la noche de Iguala, y que no es más que el símbolo de una cotidianeidad sembrada de espanto, marca indefectiblemente lo que hoy podamos decir sobre el movimiento estudiantil de entonces. 170 mil muertos, más de 35 mil desaparecidos, dicen las cifras oficiales de nuestro México de 2018. Miles de fosas clandestinas, tráilers que dan vueltas durante semanas, meses, años, transportando cientos de cadáveres, madres, padres, hermanas, que como nuevas y desgarradas Antígonas buscan enterrar a sus seres queridos más allá de la sentencia implacable del Estado: “Dejarle insepulto, presa expuesta al azar de las aves y los perros, miserable despojo para los que le vean.”, grita Creonte. Frente a esto, Antígona responde, mientras cubre el cadáver de Polinices, “Es mi hermano y para mí eso basta”.

Es cierto que el 68 abre ciclos de movilización ciudadana que amplían nuestros derechos, y nuestras libertades democráticas. Y sin embargo “toco una llaga… duele… sangra con sangre”, como escribe Castellanos.

Viendo y escuchando estos días a las madres de Ayotzinapa dialogar con las Abuelas de Plaza de Mayo –es decir madres que están buscando a sus hijos desde hace cuatro años con otras, ejemplo de las luchas de América Latina, que llevan más de cuarenta años buscando a sus hijos y a sus nietos nacidos en cautiverio, porque la maldad y la crueldad no sabe de fronteras en nuestro continente-, decía que viendo y escuchando a las madres de Ayotzinapa pensaba que tenemos un pendiente democrático que ha sido postergado durante siglos, y que nuestra modernidad que encuentra en la fiesta de cambio político y  cultural que fue el 68 (antes del baño de sangre del 2 de octubre) uno de los puntos de fuerza y transformación más potentes de la historia del país, no ha sabido construir un estado de derecho para todos los Méxicos que es México. Ya nos lo habían recordado los zapatistas en el 94, imposible no recordarlo hoy viendo a estas mujeres excluidas de todos los beneficios de la modernidad democrática –ni trabajo, ni educación, ni atención de salud. ¿Dónde están sus derechos?-. El “parto de la modernidad”, como lo llama Federico Reyes Heroles[6], que representa el 68, ha significado para una parte enorme de nuestra sociedad, sólo aquello que Adorno y Horkheimer llamaban “el lado oscuro del iluminismo”, el rostro no feliz de la modernidad: es decir las repercusiones de la máquina de la muerte, precariedad y despojo, prácticamente sin derechos.

E pur si muove… allí está el 68 con “la aparición de los cuerpos en el espacio público” (p.28), cuerpos que se rebelan ante el mandato de obediencia y disciplina, transformando los cuerpos “súbditos, de los que han nacido para obedecer” en cuerpos de rebeldía (como lo analiza Fabrizio Mejía Madrid en su texto “Ciudadanos cero”[7]). Cuerpos jóvenes, entusiastas, fuertes, comprometidos, cuerpos politizados, cuerpos diversos. Cuerpos en que el goce acompaña la exigencia de derechos.

Quizás sea éste el elemento que con mayor claridad convoque hoy una celebración: una nueva puesta en la plaza pública de los cuerpos jóvenes exigiendo derechos para todos. Resulta clarísimo en los tres puntos que los estudiantes de nuestra universidad reclaman. Me detengo en el que con mayor fuerza me compete: el alto a la violencia de género. En un país donde se han cometido por lo menos 26 mil feminicidios en los últimos diez años (según cifras de ONU Mujeres), las mujeres jóvenes, acompañadas por una generación de hombres que ha entendido que el tema de la violencia de género es un tema que nos compete a todas y a todos salen a las calles a exigir respeto y justicia. De la casi ausencia de mujeres en los relatos hegemónicos sobre el 68, a la trascendencia de su lucha hoy, el camino da algunas señales de optimismo. ¿Qué quieren que les diga? Como me pasa con las madres de desaparecidos, también a estas chicas, quisiera abrazarlas: a unas para compartir el dolor, a las otras para contagiarme de su energía, su optimismo y su deseo de transformar el mundo.

Nos queda acompañarlas, acompañarlos de una manera profunda, comprometida, crítica, solidaria, “hasta que –como decían los versos de Rosario- la justicia se siente entre nosotros”.

 

 

[1] Mi agradecimiento a quienes me invitaron a escribir sobre el papel de las mujeres en el 68 (el presente artículo retoma algunas de las ideas expuestas en los textos que escribí durante este año): Guadalupe Nettel para la Revista de la Universidad de México; Rosa Beltrán para Memorial del 68. Ciudadanía y movimientos (UNAM), Leticia Bonifaz para el Coloquio “El 68 y su impacto en materia de derechos humanos” de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

*Un texto fundamental es Cohen, Deborah; Jo Frazier, Lessie, “México 68: hacia una definición del espacio del movimiento. La masculinidad heroica en la cárcel y las mujeres en las calles” Estudios Sociológicos, vol. XXII, núm. 3, septiembre-diciembre, 2004, pp. 591-623

[2] Citado en http://www.jornada.unam.mx/2002/07/22/0 09n1pol.php?origen=politica.html

[3] Carlos Monsiváis, El 68. La tradición de la resistencia, México, Ediciones Era, 2008.

[4] El libro fue editado en versión electrónica:

http://bibliodigitalibd.senado.gob.mx/handle/123456789/4141?platform=hootsuite

[5] En la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, Nueva época, Año lxiii, núm. 234 ⎥ septiembre-diciembre de 2018 ⎥ pp. 265-286⎥ ISSN-2448-492X doi: http://dx.doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2018.234.65427

[6] En Memorial del 68. Ciudadanía y movimientos, Dirección de Literatura, Coordinación de Difusión Cultural, UNAM, 2018.

[7] En Memorial del 68. Ciudadanía y movimientos, Dirección de Literatura, Coordinación de Difusión Cultural, UNAM, 2018.

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