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Sandra Lorenzano escribe con la urgencia y el goce doliente de quien, conociendo la distancia insalvable que separa del objeto añorado —país que se ha dejado atrás, infancia, cuerpo desaparecido, cuerpo erótico— sin embargo insiste en evocarlo a través de fragmentos, de pedazos rotos, de reliquias. O mejor sería decir que lo convoca ritualmente: las voces, la constante apelación a interlocutores fantasmales, los murmullos, la “palabra fracturada, desacomodada, estrangulada” interpelan al lector y lo fuerzan al recuerdo aunque ese recuerdo sea ajeno; lo desafían a que entienda una lengua que se ha vuelto extranjera y que a la vez es la única en que es posible narrar. —Silvia Molloy.

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